En la tierra de los dragones, situada en el otro lado de la isla, humanos y dragones llegaron a un acuerdo mutuamente beneficioso, pues unos evitan más desastres y otros que su especie perezca en las sombras.
Al poder fijar un lugar y fecha, sin darse cuenta, protagonizaron un logro histórico pues, aunque desde tiempos inmemoriales ambas razas coexisten en una misma isla, nunca tuvieron un acercamiento sincero. Y así, ambas razas dan paso a una nueva era, algo infortunada, sin mirar atrás.
Situándonos en el corazón del bosque, los guerreros humanos recogían sus bártulos para dirigirse de nuevo a su hogar.
—Jefe… ¿Por qué será que siento un escalofrío en la espalda? —Nosotros también. Algo creo que nos está acechando… —Jefe…
Draco suspiró en silencio; entendía sus pesares, pues en un momento miró de reojo y vio pequeñas criaturas escondiéndose en las sombras. Eran los propios dragones, pero especies más pequeñas que por miedo no se atrevieron a acercarse lo suficiente antes, pero la curiosidad los intrigaba.
—A ver chicos, centremos, recojamos todo y partamos. Aunque estamos en una misma isla, el camino dentro del bosque sabéis que es más complicado y no sabemos si ya es de noche. —Pero jefe, ¿no dijo usted que era una misión de acercamiento primero y ya? Yo pensé que sería tipo de reconocimiento. —A ver chicos, cuando se nos presenta una oportunidad debemos dar la cara con todos nuestros ases. —Jefe, usted siempre piensa mil cosas; con razón le llaman el hombre de los mil hilos. Siempre tiene algo de lo que tirar.
Mientras hablaban, uno de los dragones percibió algo que olía muy bien. Era comida de emergencia que, con el traqueteo, se abrió un poco. Y el más atrevido se puso encima de uno de ellos.
—¡Jefe! —dijo Miler, uno de los caballeros más sensibles. Aunque la gente lo percibía como débil, era uno de los más importantes, pues siempre presentía el peligro o cualquier cosa antes que los demás—. ¡¡Jefe!! —¿Qué sucede? —Creo que algo subió encima mío… —Ah… déjalo estar… No harán daño… —Pero jefe, ¿cómo sabe usted si es un animal venenoso o los dragones? La luz aquí apenas llega, hay que chequearlo…
El dragón saltó a otro lado para intentar coger la barrita energética de Miler con la boca, pero…
—¡Ahhhh! Algo me ha mordido en la espalda. —¿Y ustedes son caballeros? ¿Por qué se asustan así? —dijo Aiden mientras se mofaba. —Nosotros no tememos a nadie, pero esto es territorio desconocido… —¿Y qué? Son un ser vivo como otro. Solo nos diferenciamos porque ellos son una especie diferente a nosotros. —Joven amo, ¿pero cómo sabe usted que no es una serpiente venenosa o un escorpión de veneno cegador? —No estáis atando cabos: uno siente que le saltan y otro siente que le muerden… Y mira… ¿Que no ves que se te abrió este paquete? —Ah, bueno, entonces…
—Chicos, entiendo que esta interacción os ha sacudido, no olviden a quién sirven. Todos pertenecen a una gloriosa casa de guerreros, cada uno con su escudo, pues cada parte de ellos forma el que tenemos. —Tiene razón, comandante; usted siempre devuelve todo a su lugar. —Recuerden algo muy importante: los dragones tienen la capacidad de ver a través del corazón. Si se comportan así, la tregua que hemos conseguido se irá al traste. Además, ¿no ven que los han asustado? Solo tienen curiosidad, como niños, como mi hijo.
—Oye papá, ¿a quién llamas niño? Yo soy un noble guerrero. —Pero eres joven, apenas eres aprendiz. Te permití unirte porque sé que eres el más habilidoso para escaparse, ¿o es que crees que no sé cuántas veces te has ido de casa? —Vale… bueno yo… Tú siempre te lanzas a por todas, yo no deseo quedarme en casa…
Draco tocó la parte de arriba de Aiden; su espíritu era noble pero su ímpetu provocó algo que todavía no sabía si era peligroso: despertar la curiosidad de los dragones.
—Vamos chicos, tenemos que seguir el mismo camino. Recuerden que cuanto más pronto salgamos, más pronto llegaremos a casa y más rápido irá todo. —¡Sí, mi comandante! —gritaron al unísono.
Así, todos empezaron a caminar rumbo a la salida. Estaban en lo más profundo, así que tendrían bastante trozo que recorrer. Y aunque esas miradas persistieron, entre colegas de Draco y Aiden que con un palo los chinchaba… el camino se estaba haciendo largo.
—Cuidado, hemos pisado una rama. —Seguro que es Aiden de nuevo. —Yo no fui. —Doy fe, chicos; justamente le estoy sujetando el brazo. —Señor… creo que si caminamos más… —A ver chicos, estamos siguiendo la ruta, no hay peligro. ¿No ven las marcas? —Nosotros lo seguimos a usted, no a las marcas.
Pese a que sí habían marcado la ruta de salida, Draco notó algo extraño, como si el paisaje se hubiera modificado a voluntad. Entonces, empezó a pensar… ¿Andaríamos en círculos o es que el lugar cambia al atardecer? No podía ser, los dragones habrían advertido. No les interesa quebrar el pacto.
Dio dos pasos más y cayeron todos en un hoyo. Un rugido extraño combinado con pitidos surgía de los alrededores…
—Capitán… nos centramos en los dragones pero, ¿no cree usted que hay más especies viviendo aquí? —Como siempre, Miler, eres perspicaz. Quizás caímos en una trampa o un socavón originado por ellos.
Draco hizo luz con su maná y vislumbró bestias con el pico puntiagudo, un tanto albinas, que se ocultaban en la oscuridad.
—Chicos, creo que son una especie de aves, seguro es un nido oculto. —¿Está seguro? —¿Dudan de su comandante?
Cuando, de repente, algo empezó a intentar arrastrar a uno de los guerreros… —¡Capitán, cuidado!
El capitán conjuró un conjuro de fuego pero sin tocar nada. —Oh, de nuevo son ustedes, ¿pequeños? ¿Nos intentabais ayudar?
Draco volvió a pensar… «Me parece que esos animales son hostiles. Todavía no estamos ni en la mitad del bosque, no sé cómo pero lo presiento. Quizás montaron su nido por algo de la época de apareamiento, pero claro, en nuestro hogar es en primavera y estamos en invierno…».