El aire en el corazón del Bosque Vivo no se respiraba, se masticaba. Tenía un sabor metálico, agrio, como si el oxígeno estuviera cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara bajo las armaduras. Los guerreros de Draco finalmente habían alcanzado el medio del bosque, el punto exacto donde la vegetación parecía detener su crecimiento vertical para entrelazarse en una cúpula asfixiante de raíces, hiedra y sombras perpetuas.
El deseo de Draco era firme y claro: completar el reconocimiento del terreno, asegurar que el entorno era apto para cumplir lo pactado con Tsukigane y salir de allí antes de que la isla mostrase su cara más amarga. Quería demostrar que los humanos podían ser guardianes dignos del bienestar de los dragones, pero para lograrlo, primero debían sobrevivir a las leyes no escritas de aquel lugar.
Al llegar a este epicentro, los pequeños dragones que los escoltaban desde las sombras frenaron en seco. Sus ojos amarillos, brillantes como monedas bajo la luz mortecina, parpadearon con un aviso mudo. Sin un solo ruido, con una coordinación que helaba la sangre, las criaturas dieron media vuelta y se retiraron hacia la oscuridad, abandonando al grupo a su suerte. No estaban dispuestos a dar un solo paso más allá del límite neutral.
—Se han ido —dijo Miler, apretando el mango de su espada mientras sentía cómo el vacío de la protección lo envolvía—. Jefe, si los propios dueños de la isla no cruzan este punto, nosotros no deberíamos estar aquí.
—Nuestro deber es salir por el otro extremo y cartografiar la ruta —sentenció Draco, aunque su propio instinto le enviaba señales de alerta que retumbaban en su pecho—. No podemos acampar en el corazón del bosque. Seguidme.
La dificultad se manifestó de forma brutal en cuanto el grupo reinició la marcha para intentar salir del todo. En cuestión de minutos, la noche les cayó encima con una violencia física, casi sólida. No fue un atardecer lento ni una transición natural; fue como si una mano gigante hubiera apagado una vela, sumergiéndolos en una penumbra donde el olfato se llenaba de un aroma a ozono y flores en descomposición.
Súbitamente, unas luces extrañas empezaron a brotar de las grietas de los troncos milenarios. Eran esferas de maná puro, llamas vivas que volaban a través de ellos con una trayectoria errática, rozando sus rostros con un zumbido eléctrico que hacía vibrar los dientes y los huesos.
—¡Papá, cuidado! ¡No son animales! —gritó Aiden, agachándose cuando una de esas luces pasó a milímetros de su frente—. ¡Es energía pura! ¡Tienen maná propio!
El suelo, que antes era una mezcla de barro y hojarasca, comenzó a transformarse bajo sus botas. Emitía un resplandor propio, convirtiéndose en un lecho de piedras preciosas y joyas que palpitaban con el ritmo de un corazón subterráneo. El tacto de la luz en la piel se sentía como agujas de hielo atravesando el cuero de sus botas.
Fue entonces cuando la codicia, ese viejo fantasma que acecha en el corazón de los hombres, rompió el equilibrio. Borja, un caballero cuya ambición solía nublar su juicio, se dejó seducir por el brillo de una piedra azulada. Creyendo que aquel tesoro le daría una vida de lujos, se agachó para arrancarla del suelo.
En el instante en que sus dedos rozaron la superficie enjoyada, las luces de maná que flotaban pacíficamente cambiaron de color y de intención. Como un enjambre de avispas furiosas, se lanzaron con una violencia salvaje contra el guerrero. No se sabía si estaban atraídas por la vibración de las piedras o si castigaban al intruso por su falta de respeto, pero el ataque fue despiadado.
Draco tuvo que tomar una decisión en milésimas de segundo: ¿quedarse a luchar contra una fuerza que no comprendían o huir hacia lo desconocido?
—¡Nadie toca nada! ¡Es una trampa! —rugió Draco, agarrando a Borja por el cuello de la armadura y levantándolo del suelo con una fuerza bruta—. ¡Corred hacia el espesor de las hojas! ¡No miréis atrás!
Ignorando cualquier sentido lógico de la orientación, Draco empujó a sus hombres a través de una pared de vegetación tan cerrada que parecía una muralla de escamas. El bosque bajo sus pies se sentía inestable, como si la tierra estuviera girando, una plataforma móvil que los desorientaba con cada zancada. El comandante decidió confiar en el flujo de aire y en su instinto, guiando al grupo por un túnel de raíces que exhalaba un viento gélido.
La consecuencia de aquella huida desesperada fue un choque frontal contra la realidad. Al atravesar la última barrera de hojas espinosas, el grupo no salió al sendero de regreso que habían marcado con señales en los troncos. Tropezaron y cayeron sobre una arena blanca y fina, frente a un mar oscuro que rugía con suavidad.
Se hicieron el silencio más absoluto. Estaban en la otra punta de la isla.
—Esto es físicamente imposible… —murmuró Eidan, revisando los troncos cercanos buscando las señales que él mismo había tallado—. Estábamos en el medio hace apenas cinco minutos. Deberíamos haber tardado horas en llegar a la costa opuesta.
—La isla se ha movido… o el bosque nos ha hecho girar —añadió Aiden, mirando las estrellas desconocidas que colgaban sobre el horizonte—. Es como si el espacio se hubiera plegado para expulsarnos.
Draco, con el pecho agitándose por el esfuerzo y la mano aún apretada en el pomo de su espada, guardó el acero. Miró hacia la espesura que acababan de abandonar, sintiendo que el bosque aún los observaba desde la oscuridad. Sabía que los exámenes para asegurar el bienestar de los dragones y el cumplimiento de lo acordado con Tsukigane pendían de un hilo si no lograban dominar aquel entorno.
—La revisión y el reconocimiento se harán estrictamente de día a partir de ahora —sentenció Draco con una voz que no admitía réplica—. No sé si ha sido una desorientación magistral causada por la noche o si este lugar tiene voluntad propia, pero no volveremos a permitir que la oscuridad nos dicte el camino. Mañana mismo idearemos un sistema de marcas que ni la magia de este bosque pueda borrar.