La expedición médica avanzaba con una cautela que rayaba en el pánico silencioso. El ambiente en la zona meridional, que debería haber sido de esperanza tras la alianza pactada entre humanos y dragones, se sentía inusualmente denso, como si el propio aire pesara toneladas. Aiden, siguiendo a hurtadillas los pasos de su padre Draco y del equipo de Augusto, ajustó el artefacto solar en su cintura. El zumbido del aparato, que antes le resultaba reconfortante, ahora parecía sincronizarse con el latido acelerado y errático de su corazón. No buscaba desobedecer por un simple capricho de juventud; sentía en la boca un sabor metálico, una corazonada que le advertía que el destino de su vínculo con Faren pendía de un hilo finísimo a punto de quebrarse.
De repente, el aire se volvió gélido, un frío antinatural que no bajaba de las nubes, sino que parecía brotar de la misma tierra. Tulo, el guerrero sensible a la naturaleza, se detuvo en seco con los ojos desorbitados y la piel lívida. —El bosque... está gritando —susurró con voz temblorosa, casi inaudible—. Los dos corazones de la gran madre están latiendo en un desorden violento. Algo está devorando la paz de este lugar desde dentro.
En el centro del claro, Tsukigane esperaba junto a los dragones enfermos. Pero el sabio y majestuoso Rey de Metal ya no era él mismo. Sus ojos, que antes reflejaban la calma de la plata pulida, se habían tornado en pozos de una sombra viscosa y rojiza, una oscuridad que parecía latir. Un mal antiguo, una energía parásita que escapó durante la creación de las Mil Estrellas Llameantes cuando la diosa Hestia dio forma al mundo, había regresado tras milenios de exilio. Este mal había vagado por otros continentes, infectando corazones humanos para alimentar su sed de dominio militar y estructuras de poder, despreciando a los dragones por considerarlos herramientas primitivas. Sin embargo, al descubrir la "Convergencia" en el archipiélago, entendió que ese vínculo sagrado entre humano, dragón y naturaleza era un festín de energía pura que lo haría invencible.
—¡Algo no va bien! ¡Formación de defensa ahora! —gritó Draco, desenvainando su acero al notar cómo la musculatura de Tsukigane se tensaba en una postura depredadora.
El parásito no introdujo una maldad ajena, sino que tomó los deseos más puros de Tsukigane y los retorció hasta la locura. Su antiguo anhelo de libertad y el amor protector por su especie se convirtieron, bajo el influjo de la sombra, en una convicción letal: los humanos eran una plaga y la única forma de liberar a los dragones era el exterminio total. En un estallido de furia incontrolable, Tsukigane lanzó una llamarada de fuego plateado directamente contra la unidad médica.
El caos fue instantáneo y sangriento. Los humanos, aterrados y sintiéndose traicionados, empezaron a atacar con todo lo que tenían para sobrevivir, disparando proyectiles y magia contra cualquier criatura que tuviera escamas. Tsukigane, en su delirio paranoico, comenzó a masacrar incluso a su propia estirpe, convencido de que la muerte era el único refugio contra la "debilidad" de la alianza.
Faren, desesperado, se lanzó al frente para intentar razonar con su padre, pero fue recibido por un zarpazo brutal que desgarró sus costamas laterales y lo lanzó violentamente contra las rocas. Aiden corrió hacia él, ignorando los gritos de su padre y el silbido de las flechas. —¡Faren! ¡Por favor, mírame! —exclamó Aiden, sosteniendo la cabeza del joven dragón mientras la sangre dorada se derramaba sobre la ceniza fría del suelo.
—Aiden... ya es tarde... —jadeó Faren, con la mirada empañada—. Es el sueño oscuro... esa energía renegada de la creación lo ha convertido en un recipiente de odio. Escucha bien... toma tu espada. No es suficiente tu fuerza. Báñala en mi sangre ahora mismo. Solo un acero ungido por el sacrificio de nuestra unión podrá partir su alma por la mitad y expulsar esa sombra antes de que consuma todo el archipiélago.
—¡No puedo hacerlo! —replicó Aiden con el rostro bañado en lágrimas—. Si parto su alma, se romperá en mil pedazos. ¡Tu padre dejará de existir, su esencia se desvanecerá para siempre! ¡No quedará nada de él!
—Ya no es él, Aiden... —Faren soltó un quejido que desgarró el alma del chico—. Es preferible que su alma vuele en mil fragmentos de luz a que siga siendo el instrumento de esta carnicería. Hazlo por el futuro, por el vínculo que nos une. No dejes que la oscuridad gane.
—Pero morirás... —Aiden temblaba, sintiendo el calor de la sangre de su amigo en sus manos—. Si me das tu esencia ahora, tu cuerpo se convertirá en ceniza. No estoy listo para esto.
Faren mostró una sonrisa débil, llena de una paz ancestral. —Nosotros no morimos realmente, compañero. Volvemos a la tierra, a dormir en la ceniza hasta que el maná nos despierte en otro tiempo, en otro ciclo. Pero tú... prométeme que tu sangre continuará. Tu hermana pequeña... esa a la que nunca presentaste a los míos para mantenerla a salvo... ¿está en el refugio?
—Sí —asintió Aiden, quebrando su voz—. Ella está a salvo. Mi linaje no se extinguirá hoy, te lo juro.
—Entonces... no habrá final para nosotros. Solo es un "hasta luego".
Con un último aliento cargado de voluntad, Faren dejó que su esencia vital fluyera sobre la hoja de la espada de Aiden. El metal comenzó a vibrar con un fulgor blanco tan intenso que dispersó las sombras gélidas que rodeaban el claro. Tsukigane, al percibir la luz de la Convergencia, se abalanzó sobre Aiden con las fauces cargadas de fuego oscuro. El joven humano, impulsado por el sacrificio de su mejor amigo y la fuerza de un vínculo que trascendía la carne, se lanzó hacia adelante en un movimiento preciso, veloz y suicida.
El acero bendecido por la sangre del hijo atravesó el corazón del Rey de Metal.
Un lamento espiritual, un grito que no pertenecía a este mundo, desgarró el aire de todo el archipiélago. El alma de Tsukigane, tensada hasta el límite por la infección parásita y golpeada por la pureza absoluta del vínculo humano-dragón, no resistió la presión y estalló en una supernova de luz pura. Miles de fragmentos de cristal plateado salieron disparados hacia el horizonte como estrellas fugaces, perdiéndose en los rincones más remotos del mundo.