El sol de mediodía caía como un mazo sobre el reino, convirtiendo las calles en un horno donde la sombra era un lujo reservado para los pocos afortunados. En el interior de la fragua, el aire era una mezcla densa de hollín y calor seco que asfixiaba los pulmones. Ferran, un joven herrero de cabello plateado que parecía brillar bajo la luz del fuego, trabajaba a un ritmo frenético. Sus ojos azules como el mar estaban fijos en el metal incandescente, mientras su cuerpo esbelto se movía con una precisión técnica que compensaba el esfuerzo de sus brazos fuertes.
A pesar de su juventud, sus manos estaban llenas de marcas de guerra: cicatrices de antiguas quemaduras y cortes que narraban su lucha diaria por alcanzar la perfección. Su ambición no era terminar rápido, sino convertirse en el mejor herrero del reino; sin embargo, el calor a esa hora se volvía una barrera física insoportable que le obligaba a apresurar la entrega para no desfallecer. La tendinitis crónica le recordaba con cada latido que sus tendones estaban al límite de su resistencia, pero Ferran, cegado por la fatiga, decidió ignorar el umbral de su propio dolor.
De repente, mientras amartillaba una pieza sobre el yunque, un pinchazo agudo en sus antebrazos provocó un fallo en la coordinación. El martillo no golpeó en el ángulo correcto y una barra de metal grisáceo que estaba apoyada cerca salió despedida hacia el suelo. Al intentar recuperarla con torpeza, una esquirla de metal vivo le rasgó profundamente la palma de la mano.
—¡Maldita sea! —exclamó Ferran apretando los dientes mientras su sangre caía sobre el metal que yacía entre el polvo y la ceniza del suelo
En cuanto el líquido vital tocó la superficie fría de la barra, una voz antigua y quebrada resonó directamente en el centro de su mente, deteniendo el tiempo.
—Ayúdame a salir de aquí... —susurró la voz mental
Ferran sintió un escalofrío que le heló la sangre, ignorando por un momento el ambiente asfixiante de la estancia. Estaba solo en la forja; sus compañeros habían terminado su labor mucho antes que él. El silencio de las herramientas era ahora el escenario de esa voz que sonaba profundamente triste, pero que al mismo tiempo cargaba un matiz terrorífico.
—¿Es fruto de mi cansancio? —se preguntó Ferran en un susurro mientras miraba su mano herida—. ¿Tan profunda ha sido la herida?
Pero la voz no se desvaneció. Al contrario, reiteró su súplica con una claridad que le taladró el alma.
—¿Hay alguien allí? Lo siento... por favor, no era yo...