La gran sacudida que llegó al continente vino acompañada de una lluvia intensa y relámpagos, pero no unos cualquiera; tenían tonos rojos, amarillos y otros plateados. Era un fenómeno que solo ocurría cuando el mar se agitaba y la primavera estaba cerca, pero en esta ocasión el mar estaba en calma, lo que preocupó a los ciudadanos de cada rincón. Los más antiguos y creyentes afirmaban que era un presagio de una calamidad.
Mientras tanto, Ferran estaba en casa, mirando el cielo multicolor a la vez que sentía un calambre en todo su ser.
«¿Por qué será que tengo un mal presentimiento?... Primero me habla un metal con una voz triste y metalizada, a los pocos días el cielo se pone así... No soy cobarde ni supersticioso, pero este presentimiento me hace mantenerme en guardia ante algo que no conozco. Quizás es el estrés con tantas cosas».
Además, estaba lo que comentó el jefe... Debería ir a la Biblioteca Nacional, pero claro, si todo está borrado o distorsionado, solo le quedaba el templo, a expensas de que intentaran engañarlo o engatusarlo; ya sabían todos que, al perder el poder que tenían en su época, buscaban cualquier adepto.
Esta indecisión no lo dejaba pensar en paz, así que tomó un chubasquero y, aun con el temporal, salió directo al templo guiado por un pálpito. En el camino, otro temblor más fuerte surgió, pero no de la tierra, sino del mar, y una energía misteriosa cayó en forma de lanza hacia él. A duras penas pudo esquivarla.
«¿Qué ha sido eso?», pensó Ferran. «Es como si el cielo hubiera apuntado hacia mí».
Lo que no sabía Ferran es que la mismísima calamidad, que dormía hasta poder recuperar su auténtico poder, había detectado la sangre de aquel que casi la mató.