Ferran se encontraba ya en el otro extremo de la ciudad, con el aliento entrecortado, mientras sus piernas, que no eran precisamente atléticas, hacían un esfuerzo supremo para equilibrarse con el instinto que le provocaba impulsos desde el corazón.
—Esto… esto no tiene sentido. Yo hace nada estaba tranquilo en la herrería, trabajando, hasta que me hice una herida y toqué aquel metal.
—Algo me dice que no es culpa de ese ser, pero… ¿por qué algo que solo puedo ver yo me ataca? Siento una hostilidad sin límites.
—En fin, recuperémonos. Vamos a entrar.
Cuando Ferran dio un paso hacia el Templo, un ruido sordo hizo eco en el bosque. En ese instante, el sacerdote del Templo salió en su dirección.
—Así que tú eres el que está despertando el bosque.
—¿Disculpe? Yo no hice nada —dijo Ferran mientras el agua corría por su rostro.
—Entra, será mejor que hablemos.
Al mirar alrededor, vio paredes desgastadas cubiertas por hiedra y un gran portón de madera que chirriaba al darle paso al interior.
—Esto… ¿cómo debo dirigirme a usted? —preguntó Ferran.
—Llámame hermano Felipe, si te resulta más cómodo.
—Entonces… ¿a dónde vamos?.
—Sígueme, pronto lo sabrás. Aquello que desea ser encontrado ha decidido dar el gran paso.
—¿Qué significa eso?.
—Lo entenderás cuando lo veas.
Así, Ferran lo siguió sin poder evitar observar todo a su alrededor. Pensó que lo primero que vería serían estatuas e imágenes religiosas por ser un Templo, pero este no era un lugar común. Era un sitio vinculado a la madre naturaleza, protectora de todos los seres vivos, conectado a la diosa Hestia. Imágenes llenas de seres naturales colonizaban su interior junto a frases que invitaban a la reflexión, y garras de un tamaño inigualable marcaban algunas columnas del lugar. Pese a estar en total sintonía con el entorno, tenía unas paredes interiores blancas como la nieve que se negaban a deteriorarse con el paso del tiempo.
—Hermano Felipe, ¿por qué hay marcas de reptiles alrededor?.
El sacerdote no pronunció palabra y abrió la sala que cambiaría el destino de Ferran.
—Esto… ¿qué es este lugar?.
En ese instante, un latido recorrió todo su cuerpo y una esencia desconocida lo obligó a agacharse. En sus muñecas, donde la tendinitis punzaba, sintió una resonancia con algo en la sala. Cuando levantó la vista, vio una espada quebrada.
—¿Una espada? ¿Aquí? ¿Y por qué tiene marcas rojas en su filo?.
Los sacerdotes susurraron y aquello desconcertó aún más a Ferran.
—¡Eh! Digan algo. Vine aquí a buscar respuestas sobre un ser que me habla desde un metal. No sé si estoy loco ni cómo acabé aquí. Y encima me llevan ante una espada confinada en una celda con marcas rojas… No vine aquí a matar a nadie. ¿Qué está sucediendo?.
Un segundo latido surgió de su tendinitis, provocándole un dolor más intenso de lo normal. Entonces, uno de los sacerdotes intervino:
—Como pensábamos, eres descendiente de aquel que derrotó el mal de estas tierras.
—¿Descendiente?.
En ese instante, una voz que conocía gritó en la mente de Ferran:
—¡No toques esa espada o acabarás con el mismo destino que yo!.
Ferran no se había dado cuenta, pero el eco que sentía en su tendinitis lo estaba impulsando inconscientemente hacia la espada que estaba tras la celda de cristal.
—¿Eres el ser que vive en el metal? Pero… yo estaba de cuclillas y ahora… ¿me he movido?.
En ese momento, la cólera invadió a Ferran; se levantó y se dirigió a los sacerdotes:
—¡Díganme ya qué está sucediendo aquí! ¡Por qué me habla una voz de un metal que está en mi forja y por qué me estoy moviendo en contra de mi voluntad!.
—Joven, ¿dices que ves unas marcas rojas alrededor de la espada, cierto?.
—Sí, donde se supone que va un corte.
—Para empezar, aquí no hay ninguna espada, solo fragmentos de un arma de antaño —explicó el sacerdote. Creemos que es una espada porque son finos y tienen forma rectangular. Segundo, no hay nada rojo alrededor. Tercero, dices que una voz te habló dentro de un metal.
Ferran se quedó en silencio, asimilando con contrariedad lo que acababan de afirmar.
—¿Solo yo veo una espada fragmentada? Y ese color… Seguro que me he vuelto loco. Pero cuando la miro o pienso en ella, mi tendinitis duele como el infierno. Esta sensación… mis manos… siento un abrir y cerrar… ¿Qué le sucede a mis músculos?.
—¿Joven?.
—Ah, sí, disculpe, ¿qué decía? —contestó Ferran mientras abría y cerraba la mano.
—Decía que hablas con un metal… Entre ellos hubo un silencio sepulcral. Esto… ¿te dijo su nombre?.
—Sí, algo que sonaba como metal… y me llamó Aiden.
—Ah, ya recuerdo. Tsukigane.
En ese instante, el bosque resonó con furia y la barrera impuesta por el propio bosque vibró con toda la tierra.
—Joven, estás hablando con un dragón, no con uno cualquiera….
—Pero… ¿qué me están contando?.
—Es una larga historia que no está en ningún libro, pues se borró todo registro —explicó el sacerdote. Pero viendo todo lo que está sucediendo, mereces saberlo.
—Pero díganme, ¿qué me está sucediendo?.
—Solo siéntate, joven. Cuando la escuches, lo entenderás todo.