Ferran se encontraba en la sala junto al hermano Felipe y el resto. Sus pies golpeaban el suelo al compás de su impaciencia, sintiendo que estaba ante una historia que podría marcar el comienzo de un nuevo destino.
Así que tomó aire y empezó a escuchar.
—¿Estás listo, joven?
—Sí, proceda. Total, hoy es sábado y tengo todo el tiempo del mundo…
Y así, el hermano Felipe empezó:
—Hace miles de años, en este continente, existieron unos humanos que nacieron con una bendición de la diosa Hera que les permitía tener maná.
—¿Maná? —interrumpió Ferran.
—Joven, escucha atentamente; al final de la historia lo comprenderás.
Ferran frunció el ceño. Pensó que aquello tenía pinta de ser algo surrealista, pero, visto lo experimentado últimamente, todo podía ser posible. Así que asintió con la cabeza y dijo:
—Disculpe, proceda. No volveré a interrumpirle.
—Bueno, en fin, por donde íbamos… ah, el maná. Pues todo humano tenía maná y, con el paso del tiempo, aprendió a dominarlo, convirtiéndose aquello en una era de prosperidad. Pero no estaban solos; con ellos estaba una raza de seres majestuosos con una inteligencia que rivalizaba con la de los humanos: los dragones.
Estos habitaban el bosque, protegidos por su propia deidad: la Madre Naturaleza. Pero lo que ellos no sabían —y que nosotros descubrimos más tarde— es que el bosque contenía fragmentos del alma de la diosa Hera. Nadie sabe por qué, pero esa esencia dorada nunca fue normal.
Pese a ser vecinos en el mismo territorio, las cosas iban bien hasta que estos dragones, por una especie de evolución forzada o a saber, empezaron a desarrollar los mismos poderes que sus vecinos humanos, causando estragos con incendios y ataques; algunos incluso se debilitaban. Fue entonces cuando el líder de los humanos decidió reunirse con el líder de los dragones, porque el descontrol de estos ponía en peligro a todos. El nombre de aquel líder era Tsukigane.
Al mencionar este nombre, Ferran sufrió un terrible dolor de cabeza y cayó al suelo. En ese momento, el hermano Felipe vio un brillo intenso en el pecho del joven.
—¡Oh, no! Heredó también la marca de los antiguos… —exclamó Felipe.
—Pero el chico dijo que había hablado con el dragón y que se habían presentado —apuntó otro sacerdote.
—Sí, es cierto… —respondió Felipe, preocupado—. Chico, ¿estás bien? ¡Reacciona!
Ferran abrió los ojos y dijo:
—Por un momento vi un dragón plateado y a alguien que lo apuñalaba en el corazón. Quería preguntar qué pasaba, pero algo se distorsionó —dijo, mientras se llevaba la mano a la cabeza—. No entiendo nada. Ya había escuchado ese nombre de aquel ser… ¿Por qué ahora, que usted me lo explica, yo…? ¿Y por qué mataron a esa criatura? No lo comprendo.
Los sacerdotes suspiraron y tomaron aire.
—¿Estás preparado para que acabe la historia? Así todas tus piezas encajarán.
En el momento en que el sacerdote se disponía a hablar, el pecho de Ferran, que latía como si algo se hubiera grabado a fuego, quedó en paz y le permitió escuchar el resto del relato.
—Se dice que una criatura nacida de la oscuridad de los mismos dioses se ocultó en los grandes mares, buscando la manera de apoderarse de un huésped para gobernar el mundo. Unos dijeron que era como una energía roja cuya sola presencia lo contaminaba todo, pero, para poder gobernar, necesitaba un huésped fuerte. Se apoderó primero del corazón de los humanos, pero no era suficiente, hasta que descubrió a los dragones. Ninguno era lo suficientemente fuerte para él y, cada vez que contaminaba a un ser, dejaba parte de su esencia para no perder el control. Hasta que encontró un cuerpo formidable que captó su atención: Tsukigane.
Al ser contaminado, Tsukigane intentó mantener el control con todas sus fuerzas, pero empezó a arrasar sin fin a todo ser viviente, incluso a los suyos propios. Entonces, para salvar a ambos, el hijo de los guerreros, Aiden, con su último aliento, asestó su espada en el corazón de aquel, quebrando no solo el arma, sino también su alma. Para proteger a la humanidad, se decretó el silencio absoluto; se destruyeron todos los registros y la información se transmitía únicamente mediante algunas imágenes, como las que te estoy enseñando, o vía oral.
—Pero entonces, ¿por qué yo…? ¿Cómo…? Entonces, lo que está pasando… —Ferran estaba en shock, con idas y venidas de flashes de recuerdos y un nuevo peso en el pecho—. Entonces… yo… ¿no soy Ferran? Yo… ¿quién soy?
En ese instante, la espada fragmentada volvió a latir.
—¡Cuidado, hermanos! Esa espada reconoce a su dueño, pero la energía sigue allí. Menos mal que este chico lo descubrió; si alguno de nosotros la hubiera tocado, habríamos anticipado el regreso de aquel ser… —advirtió Felipe.
—Chico, recobra el sentido —dijo el hermano Felipe, dándole un tortazo.
—¡Pero qué hace! ¡Eso es pecado! ¿Está loco? —exclamó Ferran, confundido.
—Uf, menos mal, pensamos que…
—¿Que era un débil asustado? —preguntó Ferran indignado—. ¿Y qué si lo soy? No me gusta presumir, pero tengo tendinitis en mis dos brazos; soy un herrero, el más joven y con más dificultades para ello. Ahora, ¿debo renunciar a mi sueño, que tanto me costó construir?
El hermano Felipe no respondió, solo lo observó mientras la espada fragmentada emitía un leve latido. El destino de aquel joven se estaba decidiendo en ese mismo instante, justo cuando él por fin se había labrado el suyo propio. Pero una cosa era clara: debería tomar una decisión y actuar, quisiera o no.