El hermano Felipe y los demás sacerdotes se mantuvieron en un respetuoso silencio tras revelar lo que los textos antiguos habían ocultado durante milenios. No hubo presiones, solo el peso de una verdad que se sentía como una sentencia
—Muchacho, no es nuestra labor presionarte —dijo Felipe con voz cansada—. Pero la rueda del tiempo está en marcha. La espada esperará a su auténtico amo; solo si decides empuñarla podrás reconstruirla y liberar esa contaminación. Hasta entonces, seguiremos preservándola aquí
Ferran asintió, sintiendo que el aire en la sala pesaba menos, aunque su cabeza era un torbellino
—Gracias por desvelar este misterio —respondió Ferran con firmeza—. No busco ser un héroe, como comprenderán. Solo buscaba respuestas, pues de repente una voz de un dragón me habla y luego recibo ataques de una misteriosa aura que solo yo puedo ver
—Nuestra labor siempre fue proteger este secreto —añadió otro sacerdote—. Nacimos en comunión con el bosque, donde la diosa que lo protege venera todo ser vivo existente, incluso nosotros los humanos
Ferran se marchó del templo con el eco de sus palabras resonando. Apenas cruzó el umbral, el silencio del exterior fue invadido por la voz de Tsukigane, clara y sin rodeos
—Joven, no tienes por qué decidir algo que no quieres, pero el destino te está poniendo a prueba. Eres el único que podrá enfrentar la Calamidad, pero esta solo se mostrará, como en mi caso, cuando tenga suficiente fuerza para apoderarse de un cuerpo fuerte y desatar todo su poder. Ellos seguramente querrán que te conviertas en un guerrero entonces, pero… ¿qué tal escoger el camino del medio?
—¿El camino del medio? —preguntó Ferran, deteniéndose en medio del sendero
—Puedes convertirte en el mejor herrero del mundo —continuó el dragón—, pero para eso necesitarás practicar con tus armas para asegurarte de que sean funcionales, ¿no es así?
Ferran recordó de repente a su maestro en la forja, quien a menudo se perdía en el campo de entrenamiento, probando con una precisión quirúrgica cada espada o lanza que salía de sus yunques. Pero una punzada aguda en sus brazos le devolvió a su realidad
—Tsukigane… —dijo Ferran, apretando los dientes por el dolor—, tengo tendinitis en ambos brazos. Mi sueño es la herrería, pero no podré blandir nada. Me duele incluso con cada martillazo. ¿Cómo voy a ser un guerrero si mi propio cuerpo me detiene antes de empezar?
La voz del dragón se tornó más profunda, casi vibrando en el pecho del joven
—¿Estás seguro de que esa tendiditis es lo que tú crees que es?
Ferran se quedó inmóvil, con la mirada perdida en sus manos callosas
—¿Qué quieres decir, Tsukigane?