Ferran regresaba del Templo tras descubrir el misterio del poder que lo atacó recientemente y la existencia de los dragones, aquellos seres que antaño fueron aliados de los humanos.
Por si fuera poco, un poder dormido en su interior decidió despertar justo cuando el destino comenzaba a rodar, antes incluso de que él pudiera asimilar la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Entonces, el dragón que habitaba en su conciencia a través del metal le sugirió una verdad que hizo que su corazón diera un vuelco.
La tendinitis que llevaba padeciendo durante años podía ser algo muy distinto. ¿Qué era, realmente? Había visitado a médicos y probado todo tipo de ejercicios, pero, negándose a que aquella molestia dominara su día a día, decidió acomodarla a su vida. Aprendió a crear con el metal todo tipo de objetos, dotándolos de vida, identidad y poder con sus propias manos.
La voz de Tsukigane no regresaba. No sabía si era debido al enorme gasto energético de maná o si, simplemente, el dragón quería dejarle meditar.
Pero una cosa era segura: si para perfeccionar sus creaciones debía aprender el arte de la lucha, pues bienvenido fuera. Lo pensó con total determinación.
El joven se dirigió a casa mientras era ajeno a que su aura estaba conectada a su voluntad; esta reaccionaba a sus sentimientos y, finalmente, había despertado de su letargo.
—Hoy han sucedido mil cosas. Sé que mis manos, pese a los callos y la punzada, son armas incluso más poderosas que cualquier otra. Sin ellas, ni los más valientes guerreros podrían enfrentarse a la adversidad.
Duele, y sé que va a seguir doliendo; esto es algo que he aprendido incluso a querer.
Gracias a ellas, mi cuerpo está siempre alerta. De ahí que sea más perceptivo ante las enfermedades, aunque a veces me hayan llamado tiquismiquis o quisquilloso. Sin embargo, también me han dotado de una capacidad de observación que nadie en el taller posee: cuando alguien se hiere, le tiembla el pulso o está agotado, me doy cuenta con un vistazo. Su cuerpo habla antes que sus palabras.
Por muy hombretones que sean, no dejan de ser seres humanos. Seres vivos.
El dolor formará siempre parte de nuestras vidas. Solo que algunos estamos destinados a tenerlo como una extensión más de nuestro cuerpo.
Por eso mismo, ya que el destino se empeña en ponerme en jaque contra una maldad presuntuosa que se niega a ser domada o a retirarse, yo me fortaleceré mientras disfruto de lo que más amo.
Pero, un momento. Ahora que lo pienso… ¿Cómo voy a entrenar? Me perdí en mis pensamientos. Yo no sé esgrima. El jefe sabe de lucha porque sus antepasados fueron caballeros y transmitieron sus conocimientos de generación en generación, pero yo…
En ese instante pensó en el dragón. No sabía por qué evitaba pedirle ayuda, pero comprendió algo muy serio.
Quiera o no, Tsukigane y yo tendremos que ayudarnos mutuamente. Él seguro sabrá enseñarme; tiene conocimientos y, además, quiere recuperar su cuerpo, ¿no? Así que me necesita. Pero, claro, es peligroso; cuando lo recupere…
Entonces, se dio dos palmadas en la cara y soltó:
—¡Ferran, desde cuándo piensas en el futuro cuando siempre miras el presente!
Pero claro, ¿cómo me comunico con él? Normalmente lo hace cuando quiere, y la única vez que fue directo fue a través de mi sangre. Tendré que herirme.
En el momento en que iba a hacerlo…
—Detente, chico —dijo Tsukigane.
—¡Eh, Tsukigane! ¿Estabas aquí todo el tiempo? ¿Qué ibas a hacerte? ¿Querías hablar conmigo?
—Bueno… Esto… A ver, te voy a ser sincero. No me fío de ti del todo, pero todo ha pasado muy rápido. Si mi destino es luchar mientras forjo, no puedo hacerlo solo. No ahora, es lo que hay. En el templo no me dieron más datos ni instrucciones sobre cómo fortalecerme. Está claro que ellos son una entidad que busca mostrar imparcialidad, pero yo… No niego mi autoconocimiento; podría buscar libros o preguntar al jefe, ¿pero eso no ocuparía mucho tiempo? Además, esta calamidad hay que sellarla, ¿no? Pero para eso debería aprender hechicería… Madre mía, qué follón.
—Chico… Respira… Detente un momento. A ver, entiendo que no te quieras fiar de mí. Pero, siendo francos, te necesito. Mi propósito no es castigar al humano, sino darle el golpe final a la calamidad que destruyó a los míos, al mundo e incluso mi cuerpo.
—¿Pero tu cuerpo no lo destruyó Aiden?
—Sí, pero por mi culpa. Mis deseos oscuros fueron profanados por la calamidad y esta tomó el control. Me condenaron y expié mis pecados. No sé por qué tu sangre reacciona; aunque digan que es porque eres un descendiente de Aiden, creo que es porque, para vencer a un gran adversario, se necesitan aliados. Así que, muchacho, pensabas bien. Tengo conocimientos que ni siquiera compartí con Aiden, pues los dragones vivimos miles de años, observamos y aprendemos de la madre naturaleza. Además, piensa que lo que no sabemos lo podemos crear, ¿no?
Ferran escuchó con atención mientras una sonrisa comenzaba a dibujarse, sin que él mismo lo supiera.
—Tienes razón, Tsukigane. ¿Entonces aliados?
Un silencio solemne se apoderó del aire a su alrededor, como si el propio entorno contuviera el aliento ante la unión de dos fuerzas tan distintas. No hubo apretones de manos ni gestos físicos, solo la resonancia de una verdad compartida que vibró en lo más profundo del pecho de Ferran. En aquel instante, sellaron un pacto entre almas que perduraría hasta que el propio destino, o algo mayor, decidiera separarlos.