Tras tomar una decisión firme sobre entrenar mientras ejercía su oficio, Ferran dio un paso adelante hacia su destino, pero no de la manera en que este hubiera querido. Él no lo sabía, pero en el Templo que había visitado la magia se movía a un compás invisible. Allí, los sacerdotes podían notar cada pequeño cambio que el joven experimentaba en su interior. La espada antigua, pese a que Ferran no se la había llevado y continuaba confinada en su celda de cristal, palpitaba con fuerza ante las emociones de su legítimo amo.
Cuando Aiden asestó aquel golpe en el pasado, en el metal no solo entró la energía de los hechizos; las emociones tanto de Tsukigane como de Aiden se mezclaron de forma permanente en la hoja. Ahora, esos sentimientos tenían un efecto espejo directo en Ferran. Cada vez que el chico tomaba una determinación, la espada reaccionaba con palpitaciones salvajes y un sonido fuera de lo común que resonaba en las paredes blancas del santuario. Aunque los sacerdotes solo podían ver la magia pura y no la contaminación parásita que acechaba al mundo, el fenómeno los dejó sin aliento: ante la fuerza de esos sentimientos, la espada fragmentada empezó a unirse sola con el resto de sus pedazos.
—Este chico ha tomado una decisión, sí… pero no quiere abandonar la forja —comentó uno de los monjes, mirando el cristal con asombro.
El hermano Felipe sonrió levemente en la penumbra.
—No creo que la haya abandonado —respondió el Sumo Sacerdote con calma—. Una determinación así habría sido débil y fácil de consumir por la calamidad. La verdadera fuerza no está en huir de lo que eres, sino en integrarlo.
—Pero Sumo Sacerdote… ¿no debía escoger obligatoriamente si seguir su destino o no? —insistió otro de los presentes, contrariado.
Felipe miró en silencio el metal que se recomponía y soltó una pequeña risa sabia. El otro sacerdote lo observó fijamente durante unos segundos hasta que abrió los ojos con sorpresa.
—Así que es eso… —comprendió al fin. Una voluntad que flaquea es fácil de derrotar, y más si para cumplir un deber debes renunciar a algo que es parte de tu propia alma, como lo es la herrería para él.
—Pero el chico tiene tendinitis, según tengo entendido —apuntó el monje más joven, preocupado por el estado físico del elegido.
—Ay, muchachos, aún son jóvenes —suspiró Felipe con la mirada perdida en las hiedras del Templo—. Algún día entenderán que el cuerpo y el alma tienen memorias que traspasan por completo los confines del tiempo.
Mientras tanto, ajenos a lo que ocurría en el Templo, Tsukigane y Ferran mantenían una tensa conversación en la intimidad de su conciencia. El dragón le había estado hablando sobre su larga estancia en el metal y la expiación de sus pecados, pero Ferran, con su curiosidad innata, quería ir más allá. Quería saber en profundidad el verdadero anhelo de Tsukigane.
«Vale, has expiado tus pecados durante siglos… ¿pero para qué?», le cuestionó Ferran mentalmente mientras caminaba. «¿Para vivir en soledad de nuevo si logras salir? Si ya no quieres ir contra los humanos, entonces tu meta es ir contra la calamidad… ¿pero estando solo realmente vale la pena? ¿No estabas más seguro quieto tal y como estás ahora?».
En ese mismo instante, un rugido ensordecedor y furioso retumbó directamente en el centro de su cerebro. Ferran se detuvo en seco en mitad del sendero, asustado, llevándose las manos a la cabeza con el ritmo cardíaco desbocado.
—¡Pero qué haces! Me has dejado con el corazón a mil… —reprochó el joven en un susurro, tratando de recuperar el aliento.
—Es que te perdiste en tus pensamientos —replicó la voz metalizada del dragón, cortante.
—¿Cómo lo sabes? ¿Es que acaso entras en mi cabeza cuando quieres?
—Precisamente porque no soy lo suficientemente estúpido para no darme cuenta de que no me estabas contestando —sentenció Tsukigane con severidad.
Ferran resopló, intentando aliviar la tensión de sus brazos.
—Ahh, bueno, entonces… Mira, Tsukigane, me parece bien que me cuentes tu historia, pero en realidad ¿tú qué quieres? ¿Vengar a tu familia? Pero si ellos ya no están… ¿o es que queda algo de tu estirpe en este mundo?
Al mencionar a su familia, el gran dragón plateado se sumergió en un rotundo e incómodo silencio. El vacío en la mente de Ferran se volvió casi pesado.
—¿Tsukigane? —insistió el herrero.
—Eso es algo que más adelante te contaré —respondió la criatura con una solemnidad que helaba la sangre.
—¿Oh, en serio? ¿Ahora resulta que no confías tú en mí?
—No es eso —admitió el metal con un tono profundamente triste—. La verdad detrás de esa pregunta es mucho más dolorosa de lo que crees. Prometo contártelo todo, pero ahora no es el momento adecuado. Solo debes saber una cosa: mi única intención actual es destruir por completo a ese ser.
—Bueno, de acuerdo, de todos modos…
Antes de que Ferran pudiera terminar la frase, un silencio absoluto barrió su mente. Tsukigane no volvió a emitir un solo sonido, retirándose a lo más profundo de su letargo.
—¿Tsukigane? ¿Dónde estás, Tsukigane? —llamó el chico mentalmente, pero no obtuvo réplica. «Vaya, hombre… yo que ahora quería hablar sobre cómo deberíamos proceder para el entrenamiento… En fin, vayamos a casa. Creo que un buen descanso aclarará todo esto y mañana trazaremos un plan con calma».
Ferran apretó el paso bajo la noche, ignorando los calambres de sus muñecas y concentrado únicamente en llegar a su cama. Lo que el joven herrero no sabía mientras cruzaba las calles oscuras de la ciudad, es que el tablero del destino ya se estaba moviendo en su contra.
La Calamidad, aquella energía parásita que había detectado el despertar de su sangre y se negaba a ser desterrada, no se había quedado de brazos cruzados tras el último ataque. Sabía que no tenía la fuerza suficiente para manifestarse por completo, pero su malicia era paciente. Aprovechando las sombras de la tormenta, esa oscuridad sutil empezó a filtrarse silenciosamente en los corazones de la gente más débil, de aquellos ciudadanos con menos fuerza de voluntad o carcomidos por el miedo.