Ferran se encuentra en casa, con unas vacaciones obligadas impuestas por su jefe.
Lleva unos días un poco ido. Cada vez que forjaba un metal, instintivamente se quedaba mirándolo, como esperando que le hablasen. Bueno, para los demás era cada metal; para él, eran esos extractos de ese metal plateado brillante que tenían alrededor.
La voz de Tsukigane, desde aquel día, permaneció en rotundo silencio, sin volverse a manifestar, ni dar señales de querer hacerlo.
Estaba preocupado porque habían hecho un trato: le ayudaría a entrenarse con el arte de la espada a cambio de ayudarle a reunir todos los fragmentos restantes. Pero claro, quedaban varios puntos a hablar; uno de ellos, cómo se supone que sería ese entrenamiento que harían y cómo iba un dragón atrapado en metal a hacer siquiera una observación. Le parecía raro, pero claro, ¿a quién más iba a acudir? ¿A su jefe? Si ya por hacer estos despistes se preocupó a tal punto de darle vacaciones, imagínate si le llega a pedir que le ayude a entrenar —no por el hecho de entrenar, ya que conocían que Ferran no era un fanático de las artes, sino precisamente por su dolencia crónica de la tendinitis—, sería hasta absurdo; y si le explicase que es porque tiene un destino, aún sería peor.
Ferran tenía pocos amigos, pues ya por su naturaleza reservada y adicto al trabajo con esa dolencia, su entorno no lo comprendía; solo veían a una persona incapaz de vivir la vida, solo siendo esclavo de sí mismo. Además, como no era un gran orador, algunas palabras sonaban más a un ataque que a un relato normal.
Pero para él no tenía importancia, y para un entorno de herreros como aquel, era un lenguaje que encajaba perfectamente.
Pero claro, volviendo al quid de la cuestión, ¿qué iba a hacer? La gente del Templo eran más agentes celestiales, emisarios y protectores del secreto que unos entrenadores. Y en ningún momento hablaron de un entrenamiento por parte de ellos, ya que desde milenios, el Templo se ha llegado a mantener neutral pero favoreciendo indirectamente a la madre naturaleza que reina en el bosque; por eso se les ve hoy en día como monjes de la naturaleza.
Volviendo al punto, Ferran así se encontraba, en punto muerto, pero extrañamente, cada vez que salía a la calle notaba como si algo lo observase. Al principio pensó que era una paranoia; luego empezó a observar su entorno, pero no encontraba nada. Decidió al final simplemente aceptarlo porque quizás era una secuela de esta nueva vida.
Pero lo que más le preocupaba era el silencio de su supuesto socio, Tsukigane.
—Tsukigane, quedaste en completo silencio sin previo aviso, sin más. Llevas casi una semana sin manifestarte.
—¿Te repensaste?
—Pero me parece raro… Sí, yo tengo mucho que ganar, pero si yo no gano, seguirás en tu prisión, que por cierto ni siquiera me hablaste de cómo íbamos a fusionar todos los metales… Ni el tema de los hechizos, porque claro, ¿era una era de magia, no?
¿Dónde quedó todo? Si yo tengo magia en mí, ¿cómo es que nunca lo noté?
No sé siquiera si tengo alguna marca…
Y así, Ferran se empezó a desesperar cuando lo que no sabía es que Tsukigane estaba también ligado a la madre naturaleza del bosque pese a su encierro en el metal.
Y despertó de forma involuntaria la ira de una dama que nunca debió ser perturbada.