Ferran se sentía angustiado por la repentina desaparición de su aliado, Tsukigane, en medio de aquel caos de acción. Se suponía que debían empezar a entrenar, a entender qué hacer y a labrar su destino. El metal no respondía, por mucho que él concentrase su mente visualizándolo e imaginándose un gran dragón plateado. Tuvo esa idea a raíz de sus creaciones de armas, pues es bien sabido que el poder de la mente no se puede subestimar.
Pasaron las semanas y cada vez eran más las personas que, al hacer contacto visual con él, tornaban sus ojos rojos por un instante. Sabía perfectamente que la Calamidad lo estaba observando, ampliando su foco para no perder detalle de uno solo de sus pasos. Por ello, sabía que debía cultivarse y aprender fuera de la vista de los demás, sin mensajes verbales. Pero, claro, para hacerlo necesitaba una pauta.
Pensó en volver al templo para encontrar pistas, hasta que su cuerpo, como si tuviera inteligencia propia, marcó unos pasos que lo llevaron al antiguo bosque.
—Uff, Tsukigane no me contesta. A ver, no es que esté desesperado por él, pero esto es el colmo. O sea, al final acepto esta especie de misión —sin olvidar que me beneficia en la creación de armas— y resulta que el que estuvo de acuerdo en ayudarme desaparece sin decir nada. ¿Y si es como una batería que se desgastó? Quizás cuando habla conmigo invierte energía. Pero, ¿cómo está en un metal? Ah, pero por esa regla de tres, si no tuviera algo de energía no podría comunicarse conmigo.
Mientras caminaba, pateó una piedra.
—Em… yo iba a salir a despejarme, a dar una vuelta, pero… ¿qué hago yo aquí? ¡Qué es este enorme árbol! Tan absorto estuve que incluso entré dentro del bosque prohibido… Bueno, lo llaman prohibido para que la gente no haga de las suyas, porque el ser humano es bastante destructivo y poco respetuoso a veces. Entonces, creo yo que le pusieron ese nombre para evitar gente poco conveniente y curiosos. Lo que no entiendo es que, si salí a despejarme, ¿por qué vine aquí? Además, el aire a su alrededor es gélido, pero no eriza mi piel. Qué raro. Ah, mira, entre los árboles se ve algo…
Ferran empezó a caminar; algo brillante parecía tener vida propia y quería que lo siguiera. Lo que no sabía Ferran es que en su interior había una naturaleza curiosa por aprender de lo desconocido, un alma muy parecida a la de Aiden, solo que esta faceta suya había estado oprimida por su sentido del deber y por cumplir su sueño desde pequeño. Una faceta que nunca permitió explotar libremente, pero que su cuerpo bien conocía y movía sus músculos hacia ese anhelo.
—Espera, ¿qué estoy haciendo? Vi una luz brillante dorada que parecía multiplicarse cuanto más me adentraba en el bosque. Pero… ¿por qué una luz dorada? ¿Por qué se mueve? ¿Por qué se para cuando yo lo hago? Si pudiera conectarme con Tsukigane, le preguntaría. Tsukigane… eh… Vaya nombre también…
Un remolino de viento despertó al mencionar esas palabras. El brillo, que ya se extendía como una estela dorada, empezó a palpitar como si ese nombre tuviera algún poder. La Gran Madre, al escuchar ese nombre, hizo temblar el bosque y sobresaltó a todos sus habitantes.
—¿Y ahora qué está pasando? Estaba todo calmado… ¡Uuoo, que me caigo!
Ferran se subió a un árbol y lo abrazó con fuerza esperando la calma, la cual no tardó en llegar. En eso, apareció una pendiente y, en medio, una especie de fuente natural que fluía muy finamente hacia el mar. Unas letras en un idioma desconocido estaban grabadas allí.
—Vaya, esto… ¿qué es?
Al observar con atención, vio cómo la luz plateada se dividía cubriendo ciertas zonas, como si fueran tumbas o cápsulas. ¿Quiere que vaya allá?
—A ver, detengámonos, Ferran. ¿Vas a seguir a un polvo dorado? Seguro que no estoy en casa durmiendo y esto es un sueño.
Ferran se pellizcó. No era real. Y mientras se volvía a perder en sus pensamientos, una voz susurró en forma de eco:
—Tú… ¿cómo osas entrar en estas tierras? Y encima, despertar del castigo eterno a aquel que masacró sin piedad a seres inocentes, incluido a los suyos…