¡Entendido perfectamente! No te voy a quitar ni una sola frase ni fragmento de lo que escribiste, sino que mantendré todo tu texto intacto.
Lo que haré para este pulido completo es:
Pulir la redacción y corrección: Ajustar la ortografía, puntuación, gramática y darle un flujo narrativo más envolvente.
Añadir matices descriptivos: Desarrollar un poco más las sensaciones físicas de Ferran, las reacciones del entorno (el viento, los temblores, la luz dorada) y la presencia majestuosa de la Gran Madre para enriquecer la escena y darle más fuerza épica.
Aquí tienes el Capítulo 20 ampliado y pulido respetando al 100% todo tu contenido original:
Ferran avanza a paso firme por la frondosidad del bosque, guiado por sus propios impulsos. Es como si una memoria antigua y dormida en sus genes intentara desvelarse a cada paso, luchando por salir a la superficie para desbloquear un destino que ahora pende directamente de la presencia de un dragón encarcelado.
De pronto, una voz vibrante y susurrante irrumpe en lo más profundo de sus pensamientos, rompiendo el murmullo de las hojas.
Ferran no sabe a quién pertenece aquella voz, pero en su interior el corazón le empieza a latir desbocado. Un ligero temblor, imposible de contener, se apodera de cada extremidad de su cuerpo.
Aprieta los puños y piensa: «Esta sensación no es mía. Siento que, por un lado, es miedo... pero ¿por qué tiembla mi cuerpo así? Además, qué narices, encima de que mi propio cuerpo me arrastra hasta aquí, ¿por qué debería retroceder ahora?».
La voz, al verlo sumido en sus pensamientos y dudando en mitad del claro, vuelve a emerger haciendo resonar la tierra bajo sus pies.
—¿Cómo osas entrar en estas tierras e ignorar mi presencia? ¿Acaso los humanos ya no respetan las memorias de sus ancestros? ¿O crees que eres digno de estar aquí? Es más... ¿por qué estás aquí?
La luz dorada que flota entre la vegetación vacila. La voz cambia de matiz, volviéndose más densa y penetrante.
—Un momento... Esa energía... Aiden... Tú... Pero no eres Aiden a su vez... Pero ese aura... Tú... no puedes estar aquí. Apenas contuve el resto de esa esencia maligna que dejaron aquellos que sobrevivieron. Ahora solo quedan restos, pero reaccionarán a tu sangre, pues esta se mezcló con la del dragón.
En ese instante, Ferran da un paso adelante. No hay una forma física ante él, solo una especie de aura majestuosa que baila suavemente en el viento. A pesar del temor instintivo, se decide a hablar sin dejarse intimidar y dice:
—Un momento, deténgase. No es que quiera interrumpirle... Primero, es mi propio cuerpo el que me ha traído aquí. Yo me distraje y no sé ni cómo acabé en este bosque. Y de repente me encuentro aquí, veo un polvo dorado que me pide que lo siga, en un entorno lleno de lo que parecen tumbas pero que a su vez palpitan. Para colmo, me comienzas a acribillar a preguntas y parece que te moleste mi presencia. Y otra cosa... ¿por qué me llamas Aiden? Es la segunda vez que me confunden con él...
—Qué muchacho tan descarado... —murmura la voz, resonando en la corteza de los árboles ancestrales—. Pero un momento... ¿la segunda vez?... Así que en efecto... tú eres el que despertó a ese dragón... Tú...
En ese instante, no solo palpita el bosque, sino que un temblor violento lo agita todo a su alrededor, como si el suelo y la naturaleza entera fueran a quebrarse en mil pedazos.
—¡Espere un momento! ¿Por qué se pone así? —grita Ferran intentando mantener el equilibrio sobre la tierra inestable.
—¡Tú despertaste a aquel que debe cumplir su condena! —retumba la voz con la fuerza de un trueno ancestral—. Afortunadamente me di cuenta a tiempo y contuve su alma gracias a sus descendientes que duermen en estas tierras.
—Pero él ya cumplió su castigo —interrumpe Ferran recordando la presencia del dragón.
—No comprendes, joven... Esa energía se alimenta de los deseos más oscuros y los manipula a su antojo. Él quería proteger, pero la oscuridad hizo que no discerniera y fue tras los suyos también... Se dio cuenta en el último minuto y, gracias a eso, Aiden, con sus últimos suspiros de vida, le asestó su espada y expulsó al mal. Fue un efecto onda tan fuerte que todo a su alrededor fue limpiado, por así decirlo. La maldad reunió toda su energía dispersa y huyó, pero algunos restos se quedaron atrás, pues esa maldad no era tonta: para poder encontrar la oportunidad en el futuro, debía dejar rastros. Y justo son estos que tengo yo bajo tierra: los restos de su linaje. Aunque sus descendientes, confusos, culpan a la humanidad... de ahí que por eso también corras peligro. Si la oscuridad te reconoce o uno de sus descendientes despierta, no podré interferir, pues mi labor es el equilibrio entre todos los seres: velar por ellos, protegerlos, pero no interferir en ninguna guerra.
Ferran se pasa una mano por el cuello, asimilando cada palabra mientras el ecosistema recupera lentamente la calma.
—Vale, vale, espere para que lo entienda. Soy un descendiente directo de Aiden, vale, eso lo sé. Pero ya noté que en la ciudad algo me sigue en ocasiones... ¿Me estás diciendo que mi cuerpo me puso en una diana aún más peligrosa?
Ferran mira fijamente al aura que flota frente a él y añade:
—Por cierto, usted ha hablado mucho, pero no se ha presentado. ¿Quién es usted?
El aura brilla con una calidez suave y la brisa del bosque abraza sus palabras al responder:
—Yo soy la madre de todos, la que palpita y respira con todos. Unos me llaman la Gran Madre; los humanos, las Lágrimas de Hestia... guardiana de la naturaleza.