La forja del Dragón

Capítulo 21: El abrazo de la naturaleza y la prueba de Tsukigane

Nuestro intrépido protagonista aún se encontraba en el bosque, pero ya en donde duermen los restos de los antiguos dragones junto a donde vive el espíritu de una fuerza que ampara a todos los seres vivos, los dragones la llaman la gran madre, los humanos lágrimas de Hestia.

Ferran frunció el ceño y guardó silencio, escuchando con atención. Sabía que los libros de historia mentían, pero la verdad que emanaba de la Gran Madre era infinitamente más profunda.

—La maldad no nació de mí —reveló la diosa con voz serena—. Surgió de los deseos jamás cumplidos de los dioses caídos. Poseidón custodiaba el mar y, aunque correspondía a mis sentimientos, me rechazó para no ponerme en peligro ante esa amenaza. Pero la sombra vio mi anhelo hacia él... Vio un cuerpo joven, rebosante de un poder del que ni yo misma era consciente, y lo codició para obtener una forma propia y definitiva.

El aura dorada vaciló, recordando aquel momento ancestral.

—La oscuridad se abalanzó sobre mí e intentó consumirme por dentro, pero no pudo. Yo amaba a todos los seres vivos, sin excepción. En lugar de luchar, al sentir la desesperación de esa maldad, la abracé e intenté aceptarla. Aquella masa pura de rencor no comprendió el amor; comenzó a cambiar de tono, aterradas sus entrañas, y huyó.

—Entonces... ¿aceptaste a un ser que hacía daño a los demás? —interrumprió Ferran, perplejo.

—Sí —respondió la diosa suavemente—. Pues en el fondo surgió de los anhelos corrompidos de los demás; un deseo egoísta por albergar algo que no pudieron alcanzar, en vez de buscar otra alternativa para cumplirlo. Aquella maldad se sentía sola... y la abracé como se abraza a un niño.

Ferran apretó los puños y bajó la mirada. Algo dentro de él resonó con esas palabras. Él también se había sentido así en más de una ocasión, cuando el dolor de su tendinitis le jugaba malas pasadas, bloqueándolo y aislándolo del mundo.

—No pongas esa cara, joven —dijo la Gran Madre con calidez—. Ningún ser es perfecto. Pero tú has demostrado que, pese al dolor, buscas otras alternativas sin renunciar jamás a tu sueño.

—¿Cómo sabías eso? —preguntó Ferran, sorprendido.

—Porque habito en el corazón de todo ser vivo... incluso en el de aquellos que están bajo castigo.

Ferran respiró hondo, mirando fijamente el haz de luz dorada.

—Bueno... creo que estoy aquí por Tsukigane.

El silencio se apoderó del bosque sagrado. Las hojas dejaron de susurrar.

—Joven... —la voz de la diosa se volvió solemnemente grave—. Tsukigane, al entrar en contacto contigo, fue severamente contaminado por el aura maligna del exterior. Solo cuando tu propio espíritu se vuelva más fuerte, él podrá manifestarse sin ser consumido por esa oscuridad. Pero él tiene una misión que cumplir conmigo... y no permitiré que salga de aquí en su estado actual. Así que tú decides: o te fortaleces a mi alrededor, o renuncias a volverte a encontrar con él.

La Gran Madre hizo una pausa y su voz resonó como un eco ancestral:

—Piensa que la humanidad depende de sí misma. Eso es lo que ha quedado del legado distorsionado... Antes de que yo existiera, ya había guerreros que sobrevivían por sus propios medios, pero siempre buscaban a un compañero. Y lo mismo ocurre con los dragones.

Las palabras de la diosa cayeron como piedras sobre los hombros de Ferran. Una batalla encarnizada estalló en su interior, un conflicto violento entre su conciencia y sus miedos. ¿Estaría realmente dispuesto a someterse a ese proceso, a romper sus propios límites físicos y mentales para liberar a Tsukigane, o terminaría dando un paso atrás? Ferran se quedó inmóvil en el claro, atrapado en el laberinto de sus propios pensamientos mientras el viento del bosque soplaba en un tenso silencio.



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En el texto hay: superacion, magia, magia aventura dragones

Editado: 01.08.2026

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