Ferran se encontraba atrapado en un profundo dilema. Había sellado un pacto con Tsukigane para fortalecerse mientras pulía su técnica de forja, y la idea inicial era planificar juntos su entrenamiento. Sin embargo, al despertar, Tsukigane había sido contaminado por el aura maligna, obligando a la diosa de la naturaleza a intervenir para rescatarlo una vez más.
«¿Cómo voy a entrenar ahora?», se preguntó Ferran con desesperación. «¿Acaso debo quedarme a vivir en este bosque hasta que despierte?».
El caos se apoderó de su mente mientras su cuerpo temblaba. Sentía que todo el esfuerzo y las vivencias pasadas, por amargas que hubieran sido, amenazaban con volverse inútiles. Volver a su rutina anterior ya no era una opción; sin darse cuenta, su doble misión se había impregnado en lo más profundo de su corazón.
Frustrado, decidió dirigirse directamente a la diosa.
—Yo hice un pacto con Tsukigane —expuso en voz alta—. No puedo darte muchos detalles, solo quiero que sepas que él iba a guiar mi entrenamiento. Si se queda aquí dormido no podremos avanzar, y yo no tengo ni idea de esgrima ni de manejo de energía. Apenas me enteré de que soy descendiente de Aiden... ¡Ah, no me gusta nada esto! —gritó Ferran mirando hacia el cielo—. ¡Yo no me como tanto el coco! Debido a mis dolencias, que por lo visto insinuáis que se deben a otra cosa, siempre voy a lo funcional y a lo práctico, sin rodeos, buscando la mejor alternativa. Pero esto afecta a alguien más y me siento como un estúpido por no saber qué camino tomar.
Sin más, se dejó caer al suelo y se sentó lleno de impotencia.
Se hizo un denso silencio en el claro hasta que la Gran Madre volvió a hablar:
—Ahora entiendo por qué su sangre resonó contigo. Eres terco, honesto y decidido, muy parecido a aquel muchacho, aunque él era algo más temerario y tú eres más recto.
Ferran tuvo un leve espasmo y le pareció percibir una calidez semejante a una sonrisa en aquella voz ancestral.
—No me digas que ahora te burlas de mí... —murmuró.
—En absoluto, pequeño. Reconocer tu situación y expresar tus emociones te hace noble.
—Pero sigo atrapado —suspiró Ferran—. Por mucho que me disguste, ahora dependo de él. Si buscase otra forma por mi cuenta me llevaría años, y según me dijeron en el templo, esta oscuridad ya ha despertado.
La diosa guardó reposo unos instantes.
—Entiendo... Ah, no debería hacer esto, pero levantaré su castigo. Sin embargo, muchacho, tendrás que regresar aquí cuando sea el momento y, sobre todo, asegurarte de que la calamidad no te detecte.
—¿Cómo sabes que esa cosa va a por mí? Yo nunca me doy cuenta de nada.
—Porque aún no estás en consonancia con tu propia energía. Pero descuida, te daré una solución temporal.
Un tenue polvo dorado comenzó a flotar en el aire y a descender despacio sobre la palma de Ferran.
—Guarda esta esencia en una bolsa. Cuando la oscuridad esté cerca, la esencia reaccionará levantándose. En ese preciso instante debes ocultarte y esconder muy bien la bolsa, pues al ser mi esencia interior, representa a su vez un enorme riesgo para mí si la calamidad llega a detectarla.