La forja del Dragón

Capítulo 23: Ecos de la tierra y distancias mundanas

Tras guardar la esencia de la diosa en la bolsa, Ferran deseaba que el castigo de Tsukigane fuera levantado en ese mismo instante para poder organizarse con él. Sin embargo, no había podido evitar notar, a lo largo de toda la conversación, que la voz de aquella entidad magnánima, que antes hablaba con tal seguridad, parecía quebrarse con cada frase. Era como si solo pudiera permitirse interactuar durante un corto periodo de tiempo; como si ese pedazo de alma estuviera agotada por proteger el bosque y a los suyos. Un cansancio lleno de amor, pero que se sentía como una cadena. Pese a lo poderosa que ella era y es, cargaba con un peso que demostraba que el amor sin medida puede ser la mejor espada para la vida, pero también la peor condena.

Ferran se giró, la miró y habló en voz alta:

—Bueno, Gran Madre, noto que sus palabras tintinean como una melodía que ansía llegar a su final. No le voy a engañar, quería que despertase a Tsukigane ahora mismo para volver a casa, hacer los preparativos y organizarme con él. De hecho, no dije nada antes, pero creo que ya ha pasado el fin de semana... Seguro que me están buscando.

Hizo una pequeña pausa, sopesando sus palabras, y continuó:

—Pero siento que si usted dice una sola palabra más, dormirá por mucho más tiempo. Y para ser sinceros, necesito que usted se mantenga fuerte hasta que yo pueda darle el respaldo que es debido, para que entonces pueda permitirse dormir por largo tiempo y sin culpa.

En ese instante, una brisa cálida envolvió a Ferran, obligándolo a cerrar los ojos por reflejo. Una voz suave resonó en su mente:

—Gracias, joven. No iba a agotar mi existencia, solo que mi energía se desgastó al entregarte parte de mi esencia. Es cierto que llevo un largo tiempo sin descansar por completo, sin poder estar en silencio. Mi cometido nunca desaparecerá, haya guerra o no, acontezca la calamidad o el fin del mundo. Pero mi conciencia debe volver a la tierra, pues yo no soy un ser de este mundo; no pertenezco al reino de los mortales.

La brisa acarició su rostro con suavidad antes de continuar:

—Eres el segundo humano capaz de interactuar conmigo. Quizás sea coincidencia por estos malos augurios, o quizás sea que lograste tocar mi fibra sensible. Pero algo te puedo asegurar: veo en ti algo que nunca había visto en otros humanos. Veo a mi yo interior.

—¿Su yo interior? —preguntó Ferran, extrañado.

—Sí, humano. No siempre fui así. Fui joven y, como tú, nací con dolencias que creía maldiciones.

—¿Dolencias? Pero... si dijo que no era de este mundo. Yo tenía entendido que los seres como usted eran perfectos en cuerpo y forma.

Una risa cristalina resonó en el claro.

—Jaja, chico... Cuando quieras te explicaré quién fui. Por ahora, solo te diré que mi herida, conforme crecía, también se convirtió en mi mayor poder.

—Es usted muy peculiar, Gran Madre —murmuró él.

En ese momento, el ruido cesó por completo, dando paso al eco del silencio.

—Te veré aquí pronto, quieras o no. Es aquí donde ese polvo se puede recargar de nuevo; de lo contrario, solo será mero polvo de decoración... En el tercer día claro...

Otra pausa repentina agitó a un ya intranquilo Ferran.

—¡Pero espere...!

—Muchacho, ya te lo dije. Mi conciencia está aquí, pero necesito reposar un poco, como te mencioné antes. Nos vemos pronto... Adiós, Ferran.

La brisa se dispersó por completo, dejando un calor residual en su pecho y una incertidumbre cargada de curiosidad.

Ferran se quedó solo en el claro. Se llevó una mano a la cabeza, tratando de procesar la locura que acababa de vivir.

—A ver... que yo recuerde bien... —empezó a enumerar mentalmente—. Tengo que volver aquí en tres días. Una cosa maligna va a por mí. Resulta que tengo sangre de un guerrero ancestral. Lo de mi tendinitis por fin puede tener una explicación. Y, por si fuera poco, un dragón parlanchín me contactó en la forja cuando me hice daño por accidente... ¡¿Algo más me puede pasar?! —gritó Ferran, frustrado, desafiando al eco del bosque.

En ese mismo instante, una hoja desprendida de una rama cayó directamente sobre su cara.

Ferran la sopló, indignado.

—Vaya, parece una respuesta burlesca... En fin... Tengo que cerrar mis asuntos en la ciudad, dar explicaciones y volver aquí. ¿Y si no encuentro el camino de vuelta? ¡¿Por qué no le pregunté antes de que se fuera?! Claro, se marchó de golpe... ¡Seré tonto!

Se llevó las manos a la cara, respirando hondo para calmar los latidos de su corazón.

—Respira, Ferran. Recuerda cómo llegaste aquí. ¿Seguro que no te percataste de nada en el camino? —se autopreguntó en voz alta.

Empezó a mirar hacia la copa de los árboles, analizando el entorno.

—Claro... ¡Solo debo dejar una señal en los troncos que solo yo conozca! Pero... un momento —Ferran se congeló a mitad del pensamiento, y sus ojos se abrieron de par en par—. ¡¿Tengo que forjar mis armas, cargar con la espada y traer todo el equipo a cuestas hasta este bosque?!

Se llevó las manos a la cabeza, asimilando la realidad geográfica de su situación.

—A ver... El bosque no está precisamente al lado de mi casa. Está en la otra punta de la ciudad, y yo vivo en el extremo opuesto... En serio... ¿Qué demonios he hecho?



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En el texto hay: superacion, magia, magia aventura dragones

Editado: 15.08.2026

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