La forma de elegirnos

Capitulo 1: Una distracción interesante

Capitulo 1: Una distracción interesante

El salón del hotel estaba lleno de conversaciones cruzadas, música suave y el tintineo ocasional de las copas. A su alrededor, los invitados hablaban de inversiones, proyectos y acuerdos comerciales con un entusiasmo que a Alejandro Valenti le resultaba cada vez más difícil fingir. Llevaba casi una hora allí y había agotado las respuestas corteses que exigía la ocasión.

Sostenía una copa mientras uno de los empresarios exponía una oportunidad de negocios. Alejandro asentía en los momentos adecuados, intervenía cuando era necesario y mantenía la expresión segura que solía acompañarlo en reuniones como aquella. Sin embargo, el cuello ligeramente desabrochado de su camisa delataba que su paciencia comenzaba a agotarse.

Buscaba una excusa para marcharse cuando reparó en una mujer junto a la barra.

No fue únicamente su apariencia lo que llamó su atención. Había algo en la tranquilidad con que observaba el salón, ajena al entusiasmo algo artificial de los demás invitados, que contrastaba con el ambiente. Alejandro terminó la conversación que mantenía, dejó la copa y se acercó.

—Espero que no estés disfrutando demasiado de esta reunión —comentó al llegar a su lado—. Empezaría a sospechar que tenemos gustos incompatibles.

La mujer volvió el rostro hacia él. Una sonrisa breve apareció en sus labios, aunque no parecía especialmente impresionada por su acercamiento.

Alejandro le tendió la mano.

—Alejandro Valenti. Y, antes de que preguntes, sí, también estoy buscando una excusa para escapar de aquí. La diferencia es que ahora tengo una razón bastante más interesante para quedarme.

Ella aceptó su mano.

—María José. Aunque todavía no decido si eres la distracción más interesante de esta noche o simplemente un hombre demasiado acostumbrado a salirse con la suya. ¿Cuál de las dos opciones vas a demostrarme?

Alejandro soltó una carcajada. No estaba acostumbrado a que alguien respondiera a su presentación con semejante naturalidad. La mayoría reconocía su apellido, su posición y el peso que tenía en el mundo empresarial. María José, en cambio, parecía más interesada en averiguar cuánto había de cierto detrás de aquella seguridad.

—María José… —repitió, pronunciando su nombre despacio—. Me gusta. Y me gusta todavía más tu honestidad.

Apoyó un codo en la barra y la observó con curiosidad.

—Voy a decirte la verdad: probablemente soy ambas cosas. Me gusta salirme con la mía porque suelo saber lo que quiero, pero también creo que las mejores distracciones son las que aparecen sin haberlas buscado. Así que no voy a prometerte que sea una distracción tranquila.

—Que me sorprendan, que me hagan reír y que me den motivos para olvidar que mañana existe —respondió ella después de beber un sorbo—. No necesito promesas, Alejandro. Prefiero a los hombres que saben convertir sus palabras en hechos. ¿Vas a seguir entrevistándome o piensas demostrarme de qué eres capaz?

Él arqueó una ceja. La franqueza de María José le resultaba tan inesperada como atractiva.

—Vaya. Me gusta que seas directa. Me ahorras bastante tiempo.

Se acercó apenas, cuidando de no invadir su espacio.

—Conozco un lugar aquí en Santiago. Tiene una terraza y una vista que vale la pena compartir. Mi auto está afuera y, si aceptas, podemos dejar de hablar de negocios durante el resto de la noche.

Le tendió la mano.

—¿Vienes conmigo o vas a dejar que me quede con la duda de si eres tan valiente como pareces?

María José miró su mano antes de volver a sus ojos. Después entrelazó los dedos con los de él y tiró suavemente hacia sí.

—Voy contigo, Alejandro. Pero te advierto algo: si esta noche termina siendo tan interesante como prometes, mañana podrías descubrir que no soy una mujer fácil de olvidar.

Se inclinó hacia su oído.

—Y tengo debilidad por los hombres que, después de desearme, descubren que quieren mucho más que una noche. ¿Te atreves a averiguarlo?

La respuesta lo tomó por sorpresa. Alejandro estaba acostumbrado a encontrar las palabras adecuadas, incluso cuando una negociación se complicaba. Esta vez, en cambio, necesitó un instante para reaccionar.

—¿Que si me atrevo? María José, si supieras cuánto me gusta jugar con fuego, no me harías esa pregunta.

Salieron del salón sin prestar demasiada atención a las miradas de los invitados. Afuera, el aire fresco de la noche santiaguina los recibió. Alejandro caminó hasta un sedán oscuro y elegante, abrió la puerta para ella y luego ocupó el asiento del conductor.

Antes de poner el automóvil en marcha, se volvió hacia María José.

—Me has advertido que no serás fácil de olvidar. Te aviso yo: no soy un hombre que se conforme con lo fácil. Si quieres que descubra qué hay más allá de una noche, vas a tener que tenerme un poco de paciencia. Cuando algo me interesa, no suelo abandonarlo a la primera dificultad.

—Qué curioso —respondió ella, acomodándose en el asiento—. Hablas de conquistar como si todo fuera cuestión de perseverancia.

Apoyó una mano sobre su muslo y se inclinó ligeramente hacia él.




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