La forma insensata (no apta para los que tienen miedo)

PRÓLOGO

Prólogo.

La lengua se estiraba, se hacía más ágil, más oscura. Se le asomaba por la boca abierta, donde ahora había otros dientes, pequeños, y afilados. Los brazos y las piernas se doblaban, cambiaban su forma de articularse, se retorcían espantosamente sobre el asiento de aquel auto en movimiento. La nariz se alargaba bastante, la punta se volvía negra y mucho más sensible. Millones de pelitos blancos comenzaban a brotarle por el cuerpo, a cubrirle por completo la piel. Se hacían puntiagudas las orejas, agudizando también el sentido de la escucha. Los ojos se agrandaban detrás de los párpados cerrados, brotaban de sus cuencas, perdían su color y se ponían colorados. Y finalmente el cráneo se encogía, se aplanaba, desfigurando ese rostro que ya no existiría para nadie más.

Entonces aquel muchacho que secuestraban de un hospital de Buenos Aires dejaba de ser quien era. Parecía no tener más de treinta años, había llegado al país apenas unas semanas atrás escondido en un barco que había partido desde el puerto de Montevideo, donde había llegado subiéndose a los camiones que venían desde el sur del Brasil. Si hablaba castellano nadie lo sabía. Si tenía familiares aquí tampoco. Su suerte dependía de los deseos que tuviera aquella noche el doctor Sopa.

El viaje duraba algunas horas. Cuando lo bajaban de ese auto que los traía hasta la clínica, el muchacho ya se había vuelto ese ratón de laboratorio, o ese mono, o en el mejor de los casos un conejo.

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