La frecuencia de tu ausencia

Parte 1

Episodio 1: El ruido blanco
Mi habitación es un búnker de color hueso. Elian, mi padre, siempre dice que el silencio es un regalo, pero lo dice porque él todavía puede escuchar el eco de las cosas que lo atormentaron de niño. Para mí, el silencio es una jaula.
Desde el accidente, el mundo suena como si estuviera sumergido en leche. Mis padres, Elian y Clara, me miran con una lástima que intento ignorar. Papá me compró una radio vieja, una reliquia de madera y bulbos, con la esperanza de que encontrara frecuencias que mis audífonos sí pudieran captar.
—Es para que no te sientas tan sola en tu cabeza, Elena —me dijo él, con esas cicatrices grises en sus manos que siempre intenta ocultar.
Esa noche, giré la perilla. Solo había estática. Un siseo constante que me arrullaba. Hasta que, entre el caos del ruido blanco, escuché una respiración. No era la mía.
Episodio 2: 1974
"¿Hola? ¿Hay alguien en esta frecuencia?"
La voz era clara, demasiado nítida para mis oídos dañados. Era una voz joven, vibrante, llena de una energía que yo ya no poseía. Me quedé helada. Ajusté el sintonizador, con el corazón golpeando mis costillas.
—¿Quién eres? —susurré, pegando los labios al micrófono oxidado.
"Me llamo Julián. Estoy... bueno, estoy aburrido. Mi padre dice que esta radio puede llegar hasta el otro lado del mundo si hay buena atmósfera. Por cierto, ¿qué música ponen hoy en la radio? Aquí solo pasan las mismas tres canciones de siempre".
Miré el calendario en mi pared: 2026.
—Julián... ¿qué año es para ti? —pregunté, sintiendo un escalofrío.
"Pues 1974, obviamente. ¿Acaso el pegamento de tus tareas te pegó fuerte?".
Apagué la radio de golpe. El silencio regresó, pero esta vez se sentía pesado, como si alguien más estuviera en el cuarto conmigo.
Episodio 3: Herencia de sombras
A la mañana siguiente, bajé a desayunar. Mi madre, Clara, servía café mientras mi padre leía algo en su tablet. Los miré e intenté ver en ellos alguna señal de locura.
—Papá —dije, mi voz sonando extraña en mis propios oídos—, ¿esta casa siempre perteneció a la familia?
Elian dejó la tablet. Sus ojos, esos ojos que a veces parecen mirar a través de las paredes, se posaron en mí.
—La compramos porque era barata, Elena. Dicen que perteneció a un ingeniero de radio en los años setenta. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. La radio captó algo anoche. Una interferencia.
Mi padre se tensó. Vi cómo sus dedos se cerraban alrededor de la taza.
—Ten cuidado con lo que escuchas, hija. A veces, las frecuencias traen ecos que es mejor no responder.
Él sabía algo. Mi padre, el hombre que sobrevivió a la tinta y a los niños de papel, tenía miedo de una simple radio de madera.
Episodio 4: El cuaderno bajo la tabla
Pasé el día inspeccionando mi cuarto. Si Julián vivía aquí en el 74, debía haber dejado una marca. Moví la cama, el armario, hasta que encontré una tabla suelta cerca de la ventana. Debajo, envuelto en un paño amarillento, había un cuaderno de dibujo.
Al abrirlo, se me cortó el aliento. Eran dibujos del pueblo, pero se veía diferente. Menos edificios, más árboles. Y en la última página, una nota escrita a mano:
"Si alguien escucha esto en el futuro, por favor, no me olviden. El tiempo aquí se siente como si se estuviera agotando".
Esa noche, encendí la radio antes de que oscureciera.
—Julián, encontré tu cuaderno —dije sin preámbulos.
Hubo un silencio largo, lleno de estática.
"¿Cómo es posible? Lo acabo de esconder hace diez minutos porque mi madre venía a regañarme".
Episodio 5: El puente de estática
Julián y yo hablamos durante horas. Él me describió el olor del mar en los setenta, un olor que, según él, era más puro. Yo le conté sobre el silencio de mi mundo y sobre mis padres, Elian y Clara.
"Tu padre... Elian... ese nombre me suena" —dijo Julián—. "Hubo una historia aquí, un niño que se perdió en la oscuridad de una casa vieja hace mucho tiempo. Decían que su familia estaba maldita".
Me estremecí. Julián hablaba de la infancia de mi padre como si fuera una leyenda local de su tiempo.
—Julián, necesito que hagas algo por mí. Sal a la ventana de tu cuarto y mira hacia el gran roble del jardín. Voy a encender una linterna ahora mismo.
Caminé hacia la ventana y encendí la luz de mi teléfono, apuntando al viejo árbol.
"No veo nada, Elena... solo oscuridad. Pero espera... el árbol... el árbol está empezando a brillar con una luz blanca muy pequeña, como una luciérnaga".
En ese momento entendí la verdad: no estábamos hablando a través del espacio, sino a través de una herida en el tiempo que mi familia, de alguna manera, había ayudado a abrir.



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En el texto hay: joven, romance

Editado: 16.03.2026

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