En el corazón de la península ibérica, donde el sol besa las tierras de Castilla y el aire susurra viejas leyendas, se cuenta una historia que pocos conocen, pero que ha perdurado a través de los siglos en el eco de los viejos molinos y en el murmullo de los ríos. Una historia de un mundo más allá de los Pirineos, de un lugar llamado Erion, tan utópico y sereno como los campos de lavanda que florecen en La Alcarria.
Imagina un planeta donde cada hoja, cada criatura, cada latido de vida está entrelazado con la magia de un ser colosal, el Árbol de la Vida. Un árbol que no solo da fruto y sombra, sino que es el aliento mismo de Erion, la fuente de su eterna prosperidad. Bajo su sombra, los habitantes viven en una armonía que envidiarían hasta los más sabios ermitaños de la Sierra Nevada. No hay enfermedad, no hay escasez, solo una existencia apacible, bañada en la luz de una salud inquebrantable y una abundancia sin fin.
Pero hasta los paraísos más bellos guardan sus secretos y sus vulnerabilidades. Y así fue que, sin aviso, el gigante verde empezó a enfermar. Sus hojas, antes vibrantes como la esmeralda, se tornaron mustias, sus ramas, antes robustas como los olivos milenarios de Jaén, comenzaron a encogerse. El Árbol de la Vida, la columna vertebral de Erion, se marchitaba, y con cada fibra que se secaba, una sombra de incertidumbre se cernía sobre el pueblo.
Fue entonces cuando Kaelen, con la mente tan aguda como una navaja de Albacete y el corazón de una botánica, sintió el llamado del deber. A su lado, Liran, un guerrero tan valiente como los caballeros medievales de Toledo, prometió protegerla en el viaje. Juntos, como el Guadiana y el Tajo que buscan su camino hacia el mar, se embarcarían en una odisea que los llevaría más allá de los confines de su mundo conocido, hacia los ecos de una civilización olvidada, tan antigua como las cuevas de Altamira.
Su destino: las enigmáticas Ruinas Olvidadas. Un lugar donde el tiempo se había detenido, donde los secretos esperaban ser desenterrados. Allí, entre los escombros de una grandeza pasada, descubrirían una verdad que sacudiría los cimientos de su existencia: el Árbol de la Vida no era un regalo de la naturaleza, sino una maravilla tecnológica, una creación de una civilización que, al igual que los imperios romanos y visigodos, había sucumbido a los límites de su propio ingenio. Habían extraído poder de una fuente interdimensional, un pozo de energía inagotable, pero que, paradójicamente, era finito. Cuando se agotaba, el árbol perecía, y con él, la civilización entera.
Ahora, Kaelen y Liran se enfrentan a un dilema tan profundo como el abismo de las gargantas del Tajo. Tienen el poder de salvar Erion, de devolverle su esplendor, pero al hacerlo, se verán obligados a tomar la energía de esa misma fuente, una acción que podría significar la ruina de otros mundos, de otros "Erion" que existan más allá de su comprensión.
¿Podrán renunciar a su utopía, a la paz y la prosperidad que han conocido, por el bien del vasto e inexplorado universo? ¿O prevalecerá el amor por su hogar, sin importar el precio que otros deban pagar?