La Fuente de la Vida.

Capitulo 1.

El susurro de la decadencia.
​El aire de Erion, una vez tan claro y vivificante como el rocío matinal sobre los campos de lavanda de La Mancha, se había vuelto pesado. Un olor a tierra seca y a hojas marchitas flotaba en el ambiente, un perfume amargo y ajeno en un mundo que solo conocía la fragancia de la vida. Desde el centro de la gran ciudad, Vesta, se podía ver la majestuosa silueta del Árbol de la Vida, su corteza una vez resplandeciente ahora opaca, sus hojas antes de un verde esmeralda, ahora teñidas con un preocupante tono ocre. El latido del planeta, un pulso rítmico que resonaba en el corazón de cada ser vivo, se estaba volviendo débil e irregular, como el corazón de un anciano en su lecho de muerte.
​Kaelen, la bióloga, sentía el cambio más que nadie. Era la guardiana del Árbol, su vida entera dedicada a estudiar y a proteger la vasta red biológica que de él emanaba. Sus manos, finas y acostumbradas a las delicadas herramientas de laboratorio, se posaron sobre la corteza agrietada del gran tronco. Sentía la energía que se desvanecía, como un río que se seca, dejando solo un lecho de piedras áridas. Sus ojos, del color de la miel, se llenaron de una profunda preocupación.
​"No responde a nada", murmuró para sí misma. Había probado con cada extracto, cada compuesto, cada técnica de regeneración que conocía. Pero el Árbol permanecía inmutable en su decadencia, como un enfermo que rechaza toda medicina.
​De repente, una voz firme y grave la sacó de sus pensamientos. "Kaelen, ¿qué has encontrado?"
​Liran, el guerrero, se acercó a ella con su andar seguro. Su rostro, marcado por las batallas y el sol, mostraba una inusual mezcla de fuerza y vulnerabilidad. No era un científico, pero podía sentir la desesperación en el aire, el pánico silencioso que comenzaba a apoderarse de la gente. El Árbol de la Vida era su hogar, su protector, el guardián de su paz. Verlo marchitarse era como ver a un padre en sus últimos días.
​"La enfermedad no es superficial, Liran. No es un parásito, ni una plaga. La raíz del problema es mucho más profunda." Kaelen señaló un punto brillante y pulsante en el centro del tronco, donde la energía del Árbol solía ser más fuerte. Ahora, esa luz parpadeaba intermitentemente, como una lámpara a la que se le acaba el combustible.
​"El núcleo del Árbol... está fallando. Su energía se está agotando", continuó.
​Liran frunció el ceño. "¿Cómo es eso posible? El Árbol ha existido por miles de años. Es la fuente de todo lo que conocemos."
​"Esa es la pregunta que me atormenta", respondió Kaelen. "Me he sumergido en los registros antiguos, en los textos que guardan las leyendas de nuestros ancestros. Y he encontrado algo que nadie ha querido creer. Algo que dice que el Árbol no es natural, que es una creación. Y que su energía tiene un límite."
​Liran se quedó en silencio, con la mirada perdida en la inmensidad del Árbol. La idea era tan extraña que su mente se negaba a aceptarla. Una creación... ¿por quién? La historia de Erion era la historia del Árbol. ¿Cómo podía ser una mentira?
​"¿Y qué dicen esos textos sobre la solución?" preguntó Liran, su voz un eco de la esperanza que aún albergaba.
​Kaelen levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de él. "Dicen que el creador del Árbol tenía una Fuente. Un lugar del que extrajo la energía para darle vida. Un lugar escondido, olvidado en las Ruinas, más allá de la Ciudad Olvidada."
​El corazón de Liran dio un vuelco. Las Ruinas Olvidadas eran el lugar más peligroso de Erion, un laberinto de secretos y trampas mortales. Pero el Árbol era su hogar. Y no había otro camino.
​"Entonces, debemos ir", dijo Liran, con la firmeza de un general. "Juntos. Tú con tu conocimiento, yo con mi fuerza. Si la Fuente de la Vida es lo que puede salvar nuestro mundo, la encontraremos."
​Kaelen asintió, una determinación naciente reemplazando la desesperación en sus ojos. No sabía qué les esperaba en las Ruinas, pero sabía que no tenían otra opción. El destino de Erion estaba en sus manos, y estaban dispuestos a arriesgarlo todo para recuperarlo.
El camino de las sombras.
​El viaje hacia las Ruinas Olvidadas comenzó al amanecer. Kaelen y Liran abandonaron la ciudad de Vesta, dejando atrás las calles que alguna vez rebosaron de vida y ahora se sentían vacías. La luz del sol, filtrándose a través de las ramas marchitas del Árbol de la Vida, proyectaba sombras largas y ominosas. El aire se sentía más frío, el canto de los pájaros se había silenciado, y solo el crujido de las hojas secas bajo sus pies rompía el silencio.
​Liran, con su armadura de cuero y una espada larga ceñida a la cintura, avanzaba delante, sus sentidos agudizados por la amenaza inminente. Él conocía el camino, o al menos, la ruta que la sabiduría popular marcaba como la menos peligrosa. Kaelen lo seguía de cerca, su túnica de bióloga un contraste extraño con el entorno salvaje. Llevaba una mochila llena de herramientas, mapas y un diario de notas, su única armadura era su intelecto.
​Mientras se adentraban en el bosque, el paisaje comenzó a cambiar. Los árboles se volvieron más retorcidos, sus ramas formaban un dosel tan denso que la luz apenas podía penetrar. El suelo se volvió fangoso y pegajoso, cubierto de musgo y hongos bioluminiscentes que emitían un brillo inquietante en la penumbra. Kaelen sintió una punzada de excitación a pesar del peligro. El bosque no era natural, era una extensión del Árbol, pero en este lugar, la conexión se sentía distorsionada, como una melodía desafinada.
​"Esto no es normal", susurró Kaelen, señalando unas enredaderas que parecían moverse por sí mismas.
​Liran asintió sin dejar de mirar a su alrededor. "Los viejos cuentan que las Ruinas tienen su propia magia. Que las plantas y los animales allí no responden a las leyes de Erion, sino a una fuerza más antigua y oscura."
​De repente, un crujido rompió el tenso silencio. Un arbusto cercano se agitó violentamente, y Liran desenfundó su espada en un movimiento fluido. De la maleza emergió una criatura pequeña y peluda, con ojos rojos brillantes. No era un animal salvaje común, su piel parecía compuesta de raíces y su aliento era un soplo de vapor frío.
​"Es una criatura del Abismo", dijo Kaelen, con la voz temblorosa. "Se alimenta de la energía vital. La decadencia del Árbol debe haberlos hecho salir de sus guaridas."
​Liran se interpuso entre la criatura y Kaelen. "Retrocede", ordenó.
​La criatura emitió un chirrido agudo y saltó hacia Liran, quien la esquivó con la gracia de un felino. La espada de Liran brilló al cortar el aire, pero la criatura se desintegró en una nube de polvo antes de ser alcanzada. El polvo se esparció y cayó sobre las plantas circundantes, que instantáneamente se marchitaron.
​Kaelen observó el rastro de muerte con horror. "No podemos luchar contra ellos con la espada. Su esencia es pura corrupción."
​Liran envainó su arma, su rostro se volvió sombrío. "Entonces, ¿cómo los enfrentamos?"
​"Quizás no tengamos que hacerlo", respondió Kaelen. "Los textos dicen que los antiguos protegían su camino con acertijos, no solo con fuerza. Tal vez el camino a la Fuente no está destinado a los guerreros, sino a los sabios."
​Liran miró a Kaelen, una nueva chispa de respeto en sus ojos. Ella no era una guerrera, pero tenía una fuerza diferente. "Entonces, lidera el camino, bióloga. Muéstrame cómo se lucha con el conocimiento."
​Kaelen asintió. Se arrodilló junto a una piedra cubierta de musgo que tenía extraños símbolos tallados. Los reconoció de los registros antiguos. Eran marcas de una civilización que, en lugar de luchar, entendía el lenguaje de la vida misma. Su verdadero viaje acababa de empezar, y el desafío no sería con la espada, sino con la mente. La paradoja de la verdad.
​Kaelen pasó sus dedos sobre los símbolos tallados en la roca. No eran letras, sino representaciones estilizadas de flujos de energía y ciclos de vida. Reconoció un patrón: un espiral que se abría y se cerraba, una serpiente que devoraba su propia cola, un círculo que se dividía en dos mitades, una luminosa y otra oscura. Era un mapa, pero no de tierra y ríos, sino de conceptos.
​"Este no es un camino de fuerza, Liran", dijo Kaelen, levantándose. "Es un camino de equilibrio. Los creadores del Árbol entendieron que la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda. Para avanzar, debemos reconocer y honrar la decadencia, no solo luchar contra ella".
​Mientras Kaelen hablaba, los musgos bioluminiscentes comenzaron a parpadear a su alrededor, siguiendo un ritmo inusual. Los hongos del suelo se encogieron y las raíces del árbol cercano se movieron, abriendo un hueco en la tierra. Un túnel oscuro y estrecho se reveló ante ellos, el aire que emanaba de él era frío y cargado de una quietud ancestral.
​Liran se acercó, la mano en la empuñadura de su espada. "Una trampa, o la entrada. ¿Cómo lo sabes?"
​"Mira la roca", respondió Kaelen. "Ahora que he activado el patrón, los símbolos del espiral brillan. El espiral simboliza el viaje al interior, la búsqueda del origen". Kaelen se agachó y recogió un puñado de tierra del túnel. "Y esta tierra... es pura. No tiene la corrupción de las criaturas del Abismo".
​Tomando una respiración profunda, Liran asintió. "Entonces, el conocimiento nos abrió el camino. Ahora mi fuerza nos protegerá".
​Se adentraron en el túnel, la oscuridad era casi absoluta, solo rota por los destellos de luz que emanaban de la túnica de Kaelen, que se había teñido con una sutil luminiscencia. Pronto, llegaron a una cámara subterránea. Era un espacio vasto, con techos abovedados y columnas talladas con los mismos símbolos que Kaelen había visto en el exterior. En el centro de la cámara, flotaba una esfera de cristal, dentro de la cual un líquido plateado giraba lentamente. Su brillo no era el de una luz, sino el de una energía contenida, pulsante y viva. Era la Fuente.
​Pero la Fuente no estaba sola. A su alrededor, flotaban fragmentos de cristal oscuro, como esquirlas de una estrella rota. Un aura de corrupción emanaba de ellos, y las sombras de las criaturas del Abismo se deslizaban por las paredes de la cámara, observándolos con sus ojos carmesí.
​"La Fuente... está dañada", murmuró Kaelen con un hilo de voz. "Los símbolos en la roca... el círculo que se divide en dos. La Fuente no es solo vida, Liran, también es su opuesto".
​Uno de los fragmentos de cristal oscuro se desprendió y se lanzó hacia ellos. Liran lo interceptó con su espada, pero el cristal no se rompió. En cambio, su esencia oscura se adhirió a la hoja, volviéndola pesada y opaca, como si estuviera absorbiendo su energía.
​"No podemos destruirlos", dijo Liran, forcejeando para soltar el cristal de su arma. "Son parte de la Fuente".
​Kaelen miró el espiral en su mente. Comprendió. "No hay que destruirlos. Hay que reintegrarlos. La Fuente se está muriendo porque se ha fragmentado. Se ha dividido en vida y muerte, en creación y corrupción. La luz se ha aislado de la sombra, y el equilibrio se ha perdido".
​Se acercó lentamente a la esfera de cristal, extendiendo sus manos. Las sombras de las criaturas del Abismo se agitaban a su alrededor, el aire se volvió frío y el pulso de la Fuente se debilitó. Kaelen cerró los ojos y se concentró en la energía que fluía a través de ella, la misma energía que una vez fue parte del Árbol. Sintonizó con el espiral, con la serpiente que se come la cola, con el ciclo que lo es todo.
​Liran, viendo el peligro, gritó: "¡Kaelen, no lo hagas!"
​Pero era demasiado tarde. El aura luminosa de la bióloga se extendió y se conectó con la esfera de cristal. Con un esfuerzo mental colosal, Kaelen forzó a los fragmentos de cristal oscuro a moverse, a volver a su lugar de origen. Las esquirlas se movieron como mariposas nocturnas atraídas por una luz, dirigiéndose al centro de la cámara. Las sombras de las criaturas se disiparon con un gemido de dolor y rabia.
​La luz de Kaelen y la oscuridad de los fragmentos chocaron en el centro de la cámara, creando una explosión de energía y color. El líquido plateado de la Fuente se agitó violentamente, y las grietas en el cristal de la esfera comenzaron a cerrarse. La luz y la oscuridad se entrelazaron, formando un nuevo patrón, un equilibrio perfecto.
​El Árbol de la Vida, de vuelta en la superficie, sintió la restauración del equilibrio. Sus hojas, antes marchitas, se enderezaron y recuperaron su color esmeralda. El aire de Erion, una vez pesado y agrio, se volvió fresco y dulce, como el de la primavera.
​Kaelen abrió los ojos, agotada pero llena de una profunda paz. La Fuente brillaba con una luz estable y pura, una luz que era a la vez vida y muerte, creación y decadencia. Había salvado a Erion, no luchando contra la decadencia, sino aceptándola. El Árbol de la Vida no era inmortal, sino cíclico, y su verdadera fuerza residía en la danza eterna del renacimiento.
​El conocimiento de Kaelen había revelado la paradoja de la vida, y la fuerza de Liran había protegido su búsqueda. Juntos, habían demostrado que la verdadera salvación no se encuentra en evitar las sombras, sino en comprender que son una parte esencial de la luz. El susurro de la decadencia no había sido una advertencia de muerte, sino un recordatorio de que un nuevo ciclo de vida estaba a punto de comenzar. Tras la restauración de la Fuente, el aire de Erion, una vez estancado por la enfermedad, ahora vibraba con una energía renovada. La gente de Vesta, que había visto con horror cómo el Árbol de la Vida se marchitaba, ahora celebraba su renacimiento. Sus hojas, antes marchitas, se movían con una brisa suave y el Árbol irradiaba un brillo que no se había visto en generaciones. Pero a pesar de la alegría, Kaelen y Liran sabían que el Árbol, al igual que la vida misma, era ahora un recordatorio constante de la fragilidad del equilibrio.
​Kaelen, con el corazón lleno de una nueva sabiduría, comenzó a reformular los registros antiguos, reescribiendo la historia de Erion no como una era de inmortalidad y estasis, sino como una de cambio y ciclos. Los textos no hablarían más de un Árbol que duraría para siempre, sino de un guardián que, como el sol al amanecer, volvería a nacer cada vez que la oscuridad amenazara con consumirlo. Los biólogos de su gremio, que una vez habían enfocado su investigación en la inmortalidad, ahora estudiaban las mutaciones y las nuevas formas de vida que surgían del Árbol, comprendiendo que el cambio no era el enemigo, sino el motor de la vida.
​Liran, por su parte, se vio forzado a confrontar el propósito de su existencia como guerrero. La fuerza no había sido suficiente para salvar el mundo. La espada no había podido curar la herida del Árbol. En cambio, su fuerza se había convertido en un medio para la protección, para resguardar a los más vulnerables, para abrir caminos. Se dio cuenta de que su papel no era destruir, sino construir, y que la verdadera fuerza residía en la capacidad de proteger y guiar, no en aniquilar. Él, y todos los guerreros de Erion, comenzaron a entrenar con un nuevo enfoque. En lugar de aprender a luchar contra las sombras del Abismo, aprendieron a coexistir con ellas, a entender sus movimientos, a guiar a las personas por los caminos que esas sombras evitaban.
​La sociedad de Erion se transformó. La gente dejó de aferrarse a la idea de la juventud eterna. En cambio, abrazaron la sabiduría de la vejez, la belleza de las arrugas, la fuerza de las cicatrices. Celebraron cada amanecer y cada puesta de sol, cada nacimiento y cada despedida, sabiendo que cada momento era un eslabón en la cadena de la existencia. La ciudad de Vesta, que había sido construida como un monumento a la vida, ahora se sentía como un testamento al renacimiento.
​Kaelen y Liran se sentaron juntos en la base del Árbol, sus manos entrelazadas sobre la corteza que ahora brillaba con una luz renovada. No habían encontrado la inmortalidad, ni habían evitado la decadencia. En cambio, habían descubierto algo mucho más valioso: la belleza de la vida en su totalidad, con sus luces y sus sombras, con su crecimiento y su declive. La Fuente no era solo de la vida, sino de la existencia misma, un flujo constante de creación y disolución. Y sabían que, mientras Erion recordara esa lección, su mundo no solo sobreviviría, sino que florecería de una manera que sus ancestros jamás hubieran imaginado. Los siglos pasaron, y Erion, bajo la nueva filosofía de equilibrio, floreció de maneras inesperadas. La sociedad, ahora consciente de que el Árbol de la Vida no era una fuente inagotable, se había vuelto más consciente de sus recursos y del impacto de sus acciones. Los avances tecnológicos no buscaban dominar la naturaleza, sino trabajar en armonía con ella. Las máquinas se alimentaban de la energía del ciclo vital del Árbol, pero a una escala que permitía que la Fuente se regenerara por completo. La gente vivía vidas plenas y ricas, pero no temía a la muerte, sino que la veía como la fertilización de un nuevo comienzo. El conocimiento y la fuerza, encarnados en Kaelen y Liran, se convirtieron en las dos columnas de la nueva sociedad.
​Pero un día, un nuevo susurro comenzó a recorrer el aire de Erion, un susurro diferente al de la decadencia. Era el susurro de la estasis.
​El Árbol de la Vida, en su perfecta regeneración, había alcanzado un punto de equilibrio tan absoluto que ya no había espacio para el cambio. Las hojas eran siempre del mismo tono esmeralda, las ramas siempre crecían en la misma dirección, las criaturas del Abismo, privadas de su fuente de corrupción, habían desaparecido por completo. El ciclo se había vuelto tan predecible que la vida misma se había estancado. La gente de Erion, una vez que había abrazado la vejez y la muerte, ahora se sentía vacía. Los artistas no encontraban nueva inspiración, los biólogos no descubrían nuevas especies, y los guerreros no tenían nada que proteger. La perfección se había vuelto la peor de las prisiones.
​Los descendientes de Kaelen, ahora sabios y eruditos, se reunieron en la base del Árbol, consultando los antiguos textos. Recordaron la historia de la Fuente, y cómo la vida y la muerte debían estar en equilibrio. Pero ahora, la muerte no era un factor. El ciclo de vida-muerte se había convertido en un ciclo de vida-vida, una eterna y monótona repetición.
​Un joven biólogo, llamado Leoren, el último de la línea de Kaelen, sintió el mismo pánico que su antepasada había sentido siglos atrás. Pero esta vez, el problema no era la decadencia, sino la falta de ella. La perfección, había descubierto, era el verdadero fin de la vida.
​Decidido a encontrar una solución, Leoren se aventuró en la Cámara de la Fuente. La esfera de cristal brillaba con una luz pura y constante, sin el menor rastro de los fragmentos de oscuridad que una vez la habían roto. En el silencio de la cámara, Leoren se dio cuenta de la terrible verdad: para que el Árbol continuara su ciclo, la Fuente debía ser corrompida. La decadencia era necesaria.
​Pero, ¿cómo se corrompe la perfección? Y ¿quién sería el valiente (o el loco) que tomaría la decisión de reintroducir la oscuridad en un mundo que había luchado tanto por la luz?
​El dilema de Leoren era una paradoja existencial. Para salvar la vida de Erion, debía romper la armonía que sus ancestros habían construido con tanto esfuerzo. Debía ser el catalizador de una nueva decadencia, la chispa de una nueva lucha, el portador de la misma corrupción que una vez había amenazado con destruirlos. El futuro de Erion dependía de su decisión de traer de vuelta las sombras, sabiendo que, con ellas, también vendrían el miedo, el dolor y la incertidumbre.




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