La Fuerza de la Vulnerabilidad

Capítulo 5: El Último Paseo

Elena despertó con una extraña sensación de ligereza, la habitación seguía en penumbras, pero el amanecer comenzaba a colarse por las cortinas, sabía que no le quedaba mucho tiempo, su cuerpo estaba agotado cada respiro le costaba más y el dolor, aunque adormecido seguía presente como un recordatorio de que el final estaba cerca, sin embargo, en ese instante, no sentía miedo. Solo quedaba la certeza de que pronto todo cesaría.

Giró la cabeza lentamente observando la habitación, las paredes blancas el aroma a desinfectante, el sonido lejano de pasos y voces de enfermeras en el pasillo, no era el lugar donde imaginó que pasaría sus últimos momentos pero ya no importaba, Había una última cosa que quería hacer.

Cerró los ojos y permitió que su mente la transportara lejos de ahí, quiso imaginar la vida que nunca tendría… Se vio a sí misma en otro tiempo, en otra realidad donde el destino no la había condenado tan temprano, se imaginó enamorándose, sintiendo la calidez de unas manos entrelazadas con las suyas, riendo bajo la lluvia, besando con urgencia y con ternura. En su mente, hubo bodas, promesas de amor eterno, noches de insomnio planeando el futuro, se imaginó sosteniendo a su hijo por primera vez, acariciando su pequeña cabeza con los dedos temblorosos de emoción, cantándole una nana mientras el sol de la tarde bañaba la habitación con su resplandor dorado.

Vio a ese niño crecer, llamarla ‘mamá’ con su vocecita quebrada por la risa. Se imaginó enseñándole a andar en bicicleta, consolándolo cuando lloraba, abrazándolo con toda la fuerza de su amor. Se vio a sí misma envejeciendo, su cabello tornándose plateado, su piel marcada por los años, pero con los ojos aún brillantes de vida. Se imaginó sentada en un porche, sosteniendo la mano de alguien que la había amado hasta el final de los tiempos, contemplando juntos el atardecer, agradeciendo cada día vivido. Una vida entera que nunca sucedería. Un futuro que jamás llegaría.

Una lágrima resbaló por su mejilla. No por miedo, ni por rabia, sino por la tristeza silenciosa de lo que no pudo ser. Sus manos, ya débiles, descansaban sobre la sábana blanca. Se permitió otro respiro profundo antes de dejarse envolver por otro recuerdo, uno real. Regresó a su infancia, a aquella playa donde corrió descalza tantas vecen, sintió la arena tibia bajo sus pies el agua salada salpicando su piel, el viento alborotando su cabello. Escuchó la risa de su madre, el silbido de su hermano llamándola desde la orilla. Su corazón se llenó de una paz infinita.

Su respiración se volvió cada vez más pausada, su último suspiro fue un susurro de despedida, una rendición tranquila ante lo inevitable y en su último pensamiento, en su última imagen, se vio a sí misma corriendo hacia el mar, dejando huellas en la arena, riendo con el viento a su favor.

Elena ya no estaba en la habitación. Había partido en su último paseo, aquel que siempre había imaginado.



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En el texto hay: cancer, paz, dolor

Editado: 02.03.2025

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