La Fuerza De Mi Mama

Cuando se convirtió en el refugio de su familia

La vida de mi Mami Ángela estaba a punto de cambiar de una manera que quizás nunca imaginó. Su única hija, Yoshuyma, había crecido y comenzaba a escribir su propia historia.

Mi mamá conoció a mi padre durante la adolescencia. Se enamoró de él y, siendo todavía muy joven, quedó embarazada de su primera hija. Tenía apenas diecisiete años, casi dieciocho, cuando se convirtió en madre.

Para Ángela, aquella noticia fue un golpe difícil. Su hija era todavía una adolescente y ahora tenía por delante una responsabilidad enorme. Como madre, seguramente deseaba para Yoshuyma un camino distinto, uno en el que pudiera vivir su juventud con más tranquilidad. Pero la vida ya había tomado otro rumbo.

Yoshuyma decidió construir una familia con mi padre. Sin embargo, aquella relación estuvo lejos de ser fácil. Mi Mami Ángela sentía un profundo rechazo hacia él por la manera en que se comportaba y por las dificultades que veía en la relación de su hija. Ese resentimiento se fue convirtiendo en una parte importante de la dinámica familiar.

Poco tiempo después, mi mamá volvió a quedar embarazada. Así llegué yo, con aproximadamente un año de diferencia respecto a mi hermana.

Las cosas con mi padre no mejoraron. Cuando yo tenía un año, mi mamá tuvo que regresar a la casa de Mami Ángela junto a nosotras dos, sus pequeñas nietas.

Y fue entonces cuando Ángela tuvo que enfrentarse a una responsabilidad que cambiaría su vida cotidiana: cuidar de su hija y de dos niñas pequeñas, sostener el hogar y hacerlo prácticamente con un solo trabajo.

No era una tarea sencilla. Había dos niñas que necesitaban atención, alimentación, protección y cariño, además de una hija que también atravesaba sus propias dificultades. Pero Ángela asumió aquella responsabilidad y se hizo cargo de nosotras desde muy pequeñas.

Con el tiempo, mi mami Yoshuyma se volvió a casar, esta vez con un buen hombre que nos trataba con mucho cariño. Cuando yo tenía tres años, nació mi hermano.

Mi mamá comenzó entonces una nueva etapa junto a su pareja, y los viajes formaron parte de su vida. Mi hermana y yo nos quedábamos al cuidado de Mami Ángela mientras ellos viajaban.

Y así, casi sin que pudiéramos comprenderlo por nuestra corta edad, fue creciendo entre nosotras ese vínculo tan especial.

Para mi hermana y para mí, Ángela no era simplemente la abuela que nos cuidaba cuando nuestra mamá no estaba. Era la persona que estaba presente en nuestros días, quien asumía la responsabilidad de criarnos y quien se convirtió, poco a poco, en nuestra figura materna.

El cariño que sentíamos por ella fue creciendo con cada día compartido. La maternidad no siempre se define únicamente por quién nos trae al mundo, sino también por quién permanece, quién nos cuida y quién nos acompaña mientras aprendemos a vivir.

El esposo de Yoshuyma también tuvo un lugar cariñoso en nuestra infancia. Nos trataba con afecto y procuraba que no nos sintiéramos menos importantes que nuestro hermano. Si le compraba algo a él, también pensaba en nosotras. Cuando regresaban de sus viajes, nos buscaban para salir, pasear y compartir momentos en familia.

Entre esos recuerdos estaban las visitas al fundo que él tenía, una pequeña propiedad rural donde podíamos disfrutar de aquellos paseos.

Pero, mientras esos momentos llegaban, el cuidado de todos los días seguía recayendo sobre Mami Ángela.

Ella era quien se hacía cargo de nosotras, quien estaba presente en nuestra crianza y quien asumía la responsabilidad de atender nuestras necesidades. Con un solo trabajo y tres generaciones compartiendo una misma historia familiar, su vida exigía mucho de ella.

Aun así, fue en esa casa donde mi hermana y yo comenzamos a reconocer en Ángela algo que iba mucho más allá de la palabra abuela.

Allí estaba nuestra Mami Ángela.

La mujer que nos cuidaba, que nos daba amor y que fue ocupando ese lugar que, para nosotras, nunca necesitaría una explicación.

Mucho antes de que pudiéramos comprender los sacrificios que implicaba hacerse cargo de dos niñas pequeñas, ya estábamos construyendo con ella un vínculo que nos acompañaría durante toda la vida.

Una cosa comenzaba a quedar clara en nuestra historia: Ángela no solamente era parte de nuestra familia. Era uno de los pilares sobre los que se sostenía nuestra infancia.




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