En nuestra casa había dos habitaciones. Mami Ángela había convertido una de ellas en el dormitorio donde dormíamos todos juntos: mi mamá Yoshuyma, Mami Ángela, mi hermana y yo. También había un baño, una cocina que anteriormente parecía una habitación más y una sala grande, donde teníamos unos muebles de madera y una mesa de seis sillas, también de madera. Mi casa era humilde pero la mejor
Pero, más allá de cómo era nuestra casa, lo que recuerdo con más cariño es lo que vivía cada noche en aquella habitación. Dormíamos en chinchorros, que quizás muchos conozcan como hamacas, y yo dormía junto a Mami Ángela. Para mí, estar a su lado era parte de lo que necesitaba para sentirme tranquila.
Antes de dormir, ella nos contaba cuentos. A veces era uno, pero nosotras siempre queríamos muchos más. Le pedíamos que nos contara Caperucita Roja, Los tres cerditos, Ricitos de Oro y tantos otros que nunca nos cansábamos de escuchar. Podíamos pedirle una y otra vez que continuara, porque aquellas historias se habían convertido en parte de nuestras noches.
Además de los cuentos, Mami Ángela nos cantaba canciones de cuna. Mi favorita era Perrito de terciopelo. Me gustaba tanto que ella tenía que repetirla hasta que finalmente me quedaba dormida.
Mi apego hacia ella era tan grande que incluso durante la madrugada, si me daban ganas de ir al baño, la despertaba para que me acompañara porque me daba miedo ir sola. Ella se levantaba y me llevaba sin reprocharme nada. Si tenía una pesadilla y me asustaba, le pedía que me pasara a su chinchorro para dormir con ella.
Pero no siempre tenía que pedirlo. Si Mami Ángela notaba que me movía mucho mientras dormía, me preguntaba qué me pasaba y si no podía conciliar el sueño. Si veía que algo me inquietaba, me ofrecía pasarme con ella. Estaba pendiente de mí incluso cuando yo no encontraba la manera de explicarle lo que sentía.
Entonces me acomodaba a su lado y me mecía hasta que volvía a dormirme. Yo no podía dormir si ella no me mecía. Aquel movimiento, su compañía y su manera de cuidarme formaban parte de mis noches y de la seguridad que sentía estando con ella.
Al recordar aquellos momentos, vuelvo a verme como esa niña que necesitaba a Mami Ángela cerca para dormir tranquila, que le pedía cuentos sin cansarse y que encontraba en sus brazos el consuelo después de una pesadilla. Ella estaba allí, dispuesta a despertarse, a acompañarme al baño, a cantarme una vez más mi canción favorita o a mecerme hasta que cerrara los ojos.
Son recuerdos de una infancia en la que su presencia estaba en las cosas más sencillas: en los cuentos antes de dormir, en las canciones de cuna, en las noches compartidas y en cada ocasión en que necesitaba sentirla cerca. Esos momentos forman parte de la historia del amor que viví junto a ella, un amor que todavía puedo recordar a través de cada detalle de aquellas noches.
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Editado: 23.10.2026