La Fuga

ENTENDIENDO EL PASADO

Una ayuda no pedida

Cuando ve que el carro se aleja, Edgar suelta a Pablo. Este da unos pasos hacia atrás, pero pronto comprende que no sabe en qué dirección se dirige el automóvil que se llevó a su hermana. Con rabia, se vuelve hacia Edgar y lo empuja con fuerza. Edgar se sostiene firme, conteniendo el empujón de Pablo y entendiendo su ira mientras este le reclamaba con vehemencia:

—¿Por qué me detuvo? ¿No se dio cuenta de que también se llevaban a su amiga? Las hubiéramos podido ayudar.

—No, no hubiéramos podido. Conozco a Wilson, y ese hombre estuvo a punto de dispararle. Por eso lo detuve.

—¿Qué quiere decir? ¿Qué le debo la vida? ¡No sea ridículo! Si de verdad le importara su amiga, me hubiera ayudado y no detenido. ¡No se las da de muy valiente!

—Escúcheme, sé que no me cree por todo lo que ha sucedido, pero Wilson es muy peligroso. Lo conozco y sé que hubiera sido capaz de matarlo.

Cita doble

Cristina y Andrea van juntas, sentadas en la parte trasera del carro. Al lado extremo de cada una va uno de los hombres de Wilson, mientras este va al frente en el asiento al lado del conductor observando el camino. El hombre que maneja le asegura a Wilson

—Jefe los perdimos.

Wilson sonríe, levanta la mirada y observa a Andrea a través del espejo retrovisor.

—Nos volvemos a encontrar, siempre me he preguntado por qué me dejaste. ¿Acaso es que ya no te gustaba lo que hacíamos?

Andrea observa los ojos de Wilson por el espejo por un momento, pero rápidamente le quita la mirada ignorando lo que le dice.

—Ahora si es callada, cuando estaba conmigo hablaba como lora.

Cristina mueve el cuello confundido y le susurra a Andrea

—¿Lo conoce?

Andrea de nuevo prefiere no contestar. Wilson siente curiosidad por saber que dijo Cristina

—¿Que dijo la difícil?

Edwin le contesta mofándose de ella

—Qué está cansada, que cuando la soltamos.

—¿Usted que opina deberíamos soltarlas ahora mismo? Yo no sé, pero con Andrea no salimos hace tiempo. ¿Cierto mi amor? Creo que la he tenido muy descuidada. O no Edwin.

—Si creo que has estado un poco despechado, te toca atenderla un poco ahora que lleguemos.

—Bien, yo me podría entender con Andrea, pero y ¿qué dice de la difícil, la liberamos?

—No sé, me gustaría conocerla quién quita que nos enamoremos.

—Así que será una cita doble

Wilson y Edwin ríen.

Mejor que no hacer nada

Pablo y Jairo caminan por una cuadra del barrio. Jairo frunce el ceño, tratando de entender porque Pablo le pide que lo lleve a esa casa —Es aquí ¿Por qué crees que Edgar te puede ayudar?

Pablo responde a la vez que golpea en la puerta —Él me dijo que conocía bien al tal Wilson.

Uno de los jóvenes que entrena con Edgar abre la puerta extrañado al ver a ambos en el lugar.

—¿Está Edgar? Pregunta Jairo. El joven grita hacia dentro de la casa sin dejar de ver a la pareja que permanece en la puerta —¡Edgar lo necesitan!

Edgar llega a la puerta y se decepciona al ver al par que lo esperan.

—¿Que quiere?

—¿Podemos hablar?

Edgar lo piensa por un momento

—Sigan

Jairo y Pablo entran a la sala de la casa, Edgar les hace señas para que se sienten en alguno de los muebles mientras les habla —No sé de qué podamos hablar usted y yo. Pablo le contesta contenido —Pues no sé qué piense usted, pero yo no me puedo quedar con las manos cruzadas sin saber cómo está mi hermana y que le pueden hacer. Esperando que la policía traiga alguna noticia.

—Usted cree que para mí es fácil pero no es así, usted no sabe por lo que ha pasado Andrea y lo que menos me gustaría es que estuviera con ese desgraciado de Wilson.

—Si eso es cierto entonces ayúdeme a buscarlas.

—Usted me criticaba por dármelas de héroe y ahora que pretende ¿ir a rescatarlas?

—Por lo menos intentarlo. Mire si no quiere ir conmigo yo no lo voy a obligar, solo ayúdeme a ubicarlo. El resto es problema mío.

—No es así de fácil, por más que quisiera no podría usted solo, ni siquiera acompañado por su amiguito.

Edgar se queda pensándolo por un momento.

—Lo voy a ayudar, pero por Andrea, no por usted ni por su hermana. Eso sí, tendrá que esperar que juguemos esta partida de parques.

—¿Qué?

Edgar saca un juego de parques. Pablo se molesta y se va a levantar de la silla, sin embargo, Jairo lo jala de nuevo y le hace señales de que esperen.

Calabozo

Yesenia, integrante de la pandilla de Wilson, lleva una bandeja con alimentos. Uno de sus compañeros le abre la puerta para que pueda entrar.

Adentro están Cristina y Andrea, cada una en un extremo diferente. Ambas voltean a mirar hacia la puerta al escuchar a Yesenia, que las saluda:

—Hola, mis amores, ¿cómo están?

Ninguna contesta.

—Yo las veo bastante bien. Aquí les dejo… lo preparé especialmente para ustedes.

Entendiendo el pasado

Pablo y Jairo siguen sentados en la sala de la casa de Edgar, mientras este se queja de cómo va en el juego.

—No, todos a la cárcel… Este no fue mi juego. Voy por algo de tomar.

Sus cuatro amigos le piden que también les traiga algo de beber, casi al unísono.

Edgar se levanta y, detrás de él, Pablo también se pone de pie y lo sigue, molesto. Jairo intenta levantarse, pero los amigos de Edgar lo convencen, entre chanzas, de que se quede y entre al juego.

Edgar llega a la cocina, seguido por Pablo, que ya no aguanta más su rabia.
—Dígame de una vez por todas dónde las puedo encontrar.

Edgar, que presentía que Pablo vendría tras él, sonríe con sarcasmo y le responde:
—Lo veía mientras jugaba, y se le notaba que se iba a reventar.




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