La Galaxia que Elegimos

Big Bang

El ambiente del bar era todo lo que Lucas podía imaginar de una fiesta de bienvenida universitaria: luces parpadeantes, música alta, gritos, algunos saltos y olores curiosos. Nada terrible en realidad, quizás podría encontrar valor para integrarse si tan solo fuera la bienvenida de su facultad y no la de Elías. Verse rodeado de completos desconocidos era realmente intimidante.

Al entrar, Elías saludó a cualquiera que se le pusiera enfrente como si fueran los más íntimos amigos.

—¡Ten! —dijo colocando una michelada en su mano—. ¡Espérame tantito, ahorita regreso! —exclamó perdiéndose entre el oleaje.

Lucas observó a todos a su alrededor en grupos ya establecidos. La sensación de ser una diminuta estrella entre una inmensa oscuridad lo abrumó. Con los hombros encogidos se acercó a una silla libre cerca de la barra. Tomó un trago profundo.

Después de un rato, sacó el celular para distraerse. No podía escuchar nada debido a la música, pero aún así se sumergió en imágenes y videos sin prestar real atención. Deslizando rápidamente entre las historias de sus contactos, algo atrapó su interés, aunque no para bien. Pausó la historia en cuestión, mirándola ensimismado varios segundos. La imagen, una risa ajena, parecía temblar en sus pupilas. De inmediato, apagó el celular volviéndolo a guardar con prisa y una pesadez en el pecho.

«Qué pésima idea» murmuró para sí. Un trago más.

A los minutos, Elías regresó.

—¡¿Qué tal, te estás divirtien…?! —su sonrisa radiante se apagó al ver la cara ensombrecida.

—Perdón —murmuró Lucas.

—No tienes que disculparte —respondió suspirando—. La próxima lo intentaremos diferente. Solo, dame unos minutos.

Dio media vuelta perdiéndose de nuevo.

Otra salida fallida sobre la cual resignarse. Lucas bebió de un sorbo el resto de bebida, dejó el tarrito en la barra dispuesto a esperar a Elías afuera. Sin embargo, unas luces blancas muy brillantes lo hicieron voltear a un escenario del cual no se había percatado. Cuatro chicos con instrumentos salieron de uno de los costados a la vez que una voz anunciaba: ¡Con ustedes «Claro de luna»! Aquel nombre, como magia, lo congeló.

*

Momentos antes, un torbellino parecía azotar tras bambalinas. Empleados del bar arrastraban presurosos cables, amplificadores y todo tipo de indumentaria necesaria para una presentación musical; además de corroborar el buen funcionamiento de los mismos. A la par, los cuatro chicos supervisaban y apoyaban las maniobras.

Uno de ellos, bien vestido y con micrófono en mano, se dirigió a otro.

—¡Leo! ¿¡Dónde chingados dejaste mi maleta!? —preguntó con evidente molestia—. ¡Necesito un retoque!

El chico en cuestión, pálido y cabeza a rape, mantuvo un semblante despreocupado pese al regaño.

—Tranquilo, Sebas. Si te echas más maquillaje parecerás más payaso de lo que ya eres… Además, si ya saben como soy, ¿Para qué me encargan el equipaje? —respondió rascando su espalda con una baqueta.

—¡Ay, de veras que…!

—¡Ustedes dos ya dejen de pelear por estupideces!— gritó un chico alto de mohicano— ¡Y tú tómatelo en serio! —dijo al guitarrista apartado en una esquina.

—Eso hago, Iván… —murmuró con los ojos clavados en la guitarra que afinaba desinteresadamente.

La postura cabizbaja y los largos mechones de cabello negro cubriéndole el rostro acentuaban el aura indiferente, cansada.

—Pues no parece —contestó ajustando la correa de su bajo.

—¿Qué pasa contigo, Ulises? —preguntó el chico de las baquetas—, ¡Aún ni comienza el semestre y ya nos presentamos! ¿No te emociona?

—No lo sé… El primer semestre de universidad no fue como esperaba.

—¿¡Qué dices!? —continuó protestando Leo—. Si tener una banda y a muchas personas detrás de ti no es lo mejor del mundo, no sé que lo sea. Qué raro eres, güey.

El joven guitarrista solo alzó los hombros sin levantar la vista.

—Quizás por eso tus últimas canciones son malas —añadió el del micrófono.

—¡Oye!, No son malas —reprimió Iván a medio cigarro—, solo diferentes a lo usual.

Antes de poder decir algo más una mujer del equipo se acercó.

—Disculpen, ya es momento.

—Claro, muchas gracias —respondió el bajista—. Toquemos ahora, hablamos después. Anda, anímate —dijo levantando a Ulises y dándole una palmada fuerte en la espalda.

Las luces iluminaron el escenario, una voz sonora nombró a la banda «Claro de luna» y algunas personas chiflaron animosamente. Sin embargo, para Ulises todo aquello resultaba superfluo. Se colocó en su lugar por inercia, dedos sobre las cuerdas: una presentación más igual a otras, ¿Qué podría resultar diferente aquella noche?

*

Cuando la canción empezó, con un energético acorde de guitarra, el interior de Lucas se agitó igual que las cuerdas. De pie, tembloroso, la melodía del instrumento y la letra lo cautivaron como un hechizo de otro universo. Su mirada se enfocó en el guitarrista, pero no era su apariencia lo que observaba, apenas si podía distinguir rasgos evidentes: piel morena, perforaciones y pequeños tatuajes a lo largo del brazo; lo tenía atrapado algo que iba más allá.




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