Los días siguientes Lucas escuchó repetidas veces algunas de las canciones, quería dedicar el debido tiempo a cada una para hacer una interpretación precisa y compartirla con Ulises.
En el día del «Amor y la Amistad», por la tarde, se encontraba sentado en una de las mesas del patio central de su universidad. Tenía frente a él una pequeña laptop en la que había estado trabajando arduamente hasta quedarse en blanco, necesitaba un respiro. Conectó la USB plateada y sus audífonos de cable. La música empezó a fluir suavemente por su cuerpo, relajándolo.
Con la música como ambientador, contempló su entorno. Era un día bastante hermoso con nubes grandes iguales a algodón y un sol cálido que no molestaba en la piel. Los alumnos la mayoría en parejas, caminaban de un lado a otro cargando flores, chocolates, peluches o globos en forma de corazón con frases cursis; incluso había quien aún se atrevía a llevar carteles y bocinas para hacer confesiones de amor. Había sido un buen día, algunas de sus compañeras, y uno que otro compañero, le regalaron dulces o tarjetas; él también dio unos cuantos regalos. Siempre había sido una de sus celebraciones favoritas, aunque desde hace un tiempo también abría una grieta en la nostalgia y dejaba un nudo en su corazón.
Al seguir recorriendo la vista por el patio, vio, sorprendido, a Ulises a lo lejos. Estaba rodeado de varios paquetes y personas que se acercaban y alejaban constantemente, intercambiando un par de palabras y firmando algo antes de retirarse.
De forma impulsiva, Lucas guardó rápido sus cosas y caminó hasta él.
—¡Uli! —saludó animado, aunque cohibido por la gente alrededor.
Al instante, Ulises volteó a verlo.
—Hola, Lucas. Esperaba verte por aquí —dijo sonriente.
Una ligera risa escapó de los labios de Lucas.
—Y yo realmente no esperaba encontrarte en una escuela que no es la tuya. ¿Qué estás haciendo?
—Verás... —comenzó—. ¡Oh! Disculpa, aquí tienes —dijo a una chica mientras le entregaba un paquete. Enseguida regresó la mirada a Lucas—. Hoy mis clases terminaron temprano y, como es un buen día para el motoenvío, decidí trabajar un rato. Ya sabes, regalos de último minuto o comidas sorpresa.
—Claro, tiene sentido... —respondió Lucas bajando la voz.
Se quedó en silencio, observando cómo pedía firmas de recibido, aceptaba pagos y entregaba paquetes; todo con agilidad y amabilidad. Al poco tiempo sintió que empezaba a estorbar. Iba a despedirse cuando Ulises volvió a mirarlo.
—¿Ya terminaron tus clases?
—Ah, sí... De hecho, ya estaba por irme a mi depa —mencionó, acomodando la mochila sobre su hombro.
—Bueno, estas son las últimas entregas. También ya me voy a mi depa, ¿quieres que te dé raite? —preguntó con naturalidad.
Lucas parpadeó un par de veces.
—¿Irnos juntos...?, ¿En tu moto...? —enfatizó, aún incrédulo ante la propuesta.
—Claro —sonrió—. ¿O acaso nunca te has subido a una moto? —cuestionó, intrigado.
La mente de Lucas se nubló por completo. ¿Cómo rechazar la propuesta de un chico tan genial sin que fuera obvio que las motocicletas eran sinónimo de peligro o muerte para él? Pensaba la excusa adecuada cuando Ulises volvió a intervenir.
—Si no te sientes cómodo con la idea, no hay problema —aclaró sin dejar de sonreír.
—¡No, no es eso! —respondió de golpe—, ¡Claro que sí acepto! Gracias...
Por un momento, la expresión de Ulises pasó de desconcierto a soltar una breve carcajada.
—Eres muy divertido, Lucas. Solo dame unos minutos para terminar las entregas, ¿va?
—Va...
Sintiendo el corazón acelerado, Lucas fue a sentarse en una jardinera cercana. Dejó la mochila a un lado y cubrió su cara con ambas manos.
«¿Qué hice?» preguntó a sí mismo con la cara ardiendo.
*
Pasaron aproximadamente quince minutos cuando Ulises se acercó a Lucas, quien seguía sentado, pero ahora con la espalda muy recta y la mirada perdida, como si se estuviera preparando para una misión peligrosa.
—¿Listo? —preguntó Ulises con amabilidad.
Por su parte, Lucas asintió y se puso de pie con cierta rigidez.
—Sí.
Caminaron hasta el estacionamiento de la universidad. Ahí estaba la motocicleta negra con detalles celestes: sencilla y ligera, pero intimidante, como un animal indomable. Lucas tragó saliva. Sin embargo, antes de hacer o decir cualquier cosa, notó algo curioso. En el manillar había una gran bolsa colgada y repleta de cosas.
—Creí que ya no quedaban más paquetes —comentó, desconcertado.
—Ah, esos no son paquetes... Son regalos —respondió Ulises, ligeramente cohibido.
—¿Regalos de San Valentín?
—Sí... —Ulises se rascó detrás de la nuca—. Poco después de llegar, algunas chicas se acercaron a dármelos. Supongo que me conocen de la banda. Fueron amables, aunque en convivencias ya he dicho que no me gustan mucho los dulces ni que dejen notas con sus números de celular... Pero tampoco quería ser grosero, creo que se los llevaré a mi hermanita cuando vaya a casa.