La Galaxia que Elegimos

Destellos

La tarde del viernes llegó tras lo que pareció una eternidad. Durante la semana, tanto Lucas como Ulises pasaron noches de desvelo entre tareas y presentaciones, ya fueran escolares o musicales. Casi no se habían visto, pero finalmente caminaban juntos hacia el Centro Cultural donde «Claro de Luna» rentaba un pequeño salón para ensayar.

Durante el camino Ulises le platicó sobre muchas cuestiones relacionadas a la banda. Como que originalmente rolaban los ensayos en sus departamentos hasta que cada uno de sus vecinos se quejaron del ruido, o sobre el arduo trabajo que fue encontrar un buen sitio para rentar.

—La mayoría de lugares estaban en la periferia y eran muy caros, además de descuidados —decía serio—. Y aunque el salón es pequeño para su precio, la ubicación lo compensa todo.

De igual forma, le contaba sobre los otros miembros de la banda como si lo quisiera preparar para enfrentar fuerzas armadas.

—Iván es muy serio, en especial con gente que apenas conoce, así que, no te tomes personal si casi no te dirige la palabra; ni te asustes si llega a gritar, es el único que en verdad puede poner orden. Leo en cambio es muy hablador y juguetón, no le hagas mucho caso si dice algo raro. Es posible que Sebas se te quede viendo demasiado, según él analiza a las personas para ver si cumplen con lo que llama «las tres bes»: bueno, bonito y bien vestido. Son bastante peculiares, pero son mis amigos desde hace años.

A Lucas le pareció divertido la manera tan precisa, y algo rigurosa, con la que Ulises se expresaba de ellos. Sin sospechar que el corazón de Ulises latía nervioso, deseando que esa tarde saliera perfecta.

Cuando llegaron al Centro Cultural, un antiguo mesón colonial con una explanada al centro, ya podían escucharse las voces de la banda discutiendo. Un ojo de Ulises parpadeó involuntariamente.

«Les dije que hoy debían comportarse», pensó mientras caminaba rápido a la puerta y la abriría casi de golpe.

Al hacerlo, la discusión se apaciguó. No por la intromisión de Ulises ni por el estruendo de la puerta, sino por el chico delgado y curioso que venía tras él.

Era habitual que cualquiera de ellos llevara gente a ver los ensayos, ya fueran amigos, ligues, alumnos de música o clientes interesados en contratarlos para eventos; estos últimos los más habituales. Por lo que, no resultaba extraño que Ulises avisara que llevaría a alguien, lo extraño fue la forma en que lo hizo.

«El viernes invité a un amigo al ensayo. Es muy importante que se comporten, quiero que lo disfrute y tenga una buena impresión», fueron sus palabras exactas.

—Buenas tardes —saludó Lucas con voz firme y una sonrisa amable.

Los tres chicos lo miraron con suma atención.

—Buenas tardes —respondió el bajista inexpresivo.

Quihubo —dijo el baterista alzando levemente la cabeza.

—Hey… —murmuró el cantante observándolo de pies a cabeza.

Ulises se acomodó a un lado de Lucas.

—Chicos, él es Lucas. Le gusta mucho nuestra música —se inclinó un poco sobre él—. Lucas, ellos son Iván, Leo y Sebas.

—Mucho gusto… —murmuraron varias voces a la vez.

Hechas las presentaciones, Ulises caminó a una esquina del salón. Agarró una silla acolchada, la sacudió con una toallita que guardaba en la funda de su guitarra y la acomodó en un punto medio.

—Ven, Lucas. Siéntate aquí.

Una vez que Lucas tomó asiento, le dio una botella de agua.

—¿Estás cómodo?

—Sí, gracias —dijo sonriente.

Iván y Sebas intercambiaron una mirada breve con las cejas levantadas. Leo estaba más concentrado en practicar al aire.

Tras afinar los instrumentos y acomodar el resto del equipo, empezaron a ensayar.

*

Contrario a sus propias palabras, el ensayo presentó complicaciones a causa de Ulises. Para alguien con poco conocimiento musical, los errores solo eran evidentes hasta que uno de ellos lo señalaba en voz alta; pues Lucas se movía con la música todo el tiempo. Entradas fuera de tiempo, acordes desincronizados y desafinados fueron los errores más frecuentes.

«Desde el inicio» o «Desde el coro» repetían una y otra vez hasta el cansancio.

Ulises solo se disculpaba en voz baja. Lo carcomía la vergüenza, había querido impresionar a Lucas, pero ahora que era consciente de sus sentimientos por él, tenerlo presente lo ponía nervioso. Sin embargo, en cada ocasión que dirigía una mirada a Lucas este los observaba maravillado con un brillo grande en sus ojos marrones, además de aplaudir cuando lograban terminar una canción. Aquello lo tranquilizaba.

Poco después de una hora y de un reducido repertorio, Lucas tuvo que irse. Tendría una sesión en línea con algunos compañeros para terminar un trabajo. Agradeció al grupo por dejarlo escuchar e hizo una despedida general. Ulises lo acompañó hasta la salida.

—Esas canciones no están en la USB que me diste, ¿verdad? No las había escuchado, me gustó mucho la que narra una historia —comentó entusiasmado.

—Sí, tiene pocas semanas que la estamos probando, la compuso Sebas… —comentó cohibido— Oye, perdón por hoy. Quería que lo disfrutaras y yo no paré de equivocarme, debe ser porque casi no he podido dormir —mintió parcialmente.




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