La Galaxia que Elegimos

Resonancia

Dos semanas después, el Día de Flores llegó como un regaderazo de agua fresca en medio del desierto para los estudiantes. No solo marcaba el inicio de las vacaciones de semana santa, sino también el último respiro antes de enfrentar la recta final del semestre.

Era un día bastante soleado, de esos donde los rayos del sol ya queman la piel y abochornan con tan solo salir a la intemperie. Sin embargo, el espíritu festivo abundaba en el centro de la ciudad. Los puestos de comida, los adornos florales y los juegos de azar habían tomado posesión de las calles. Además, las bocinas con música popular y el repicar de las campanas en las distintas iglesias cargaba aquella gran kermes de energía.

Apenas se podía caminar debido a la estrechez de las avenidas, pero contemplar el espectáculo primaveral hacía que todo valiera la pena.

Ulises estaba recargado a la sombra de la basílica de la ciudad a la espera de Lucas y sus amigos. Aunque lo educaron bajo la idea de que ser uno mismo ante los demás siempre era lo correcto, no podía evitar la ansiedad de agradarle a los mejores amigos de su enamorado.

A los minutos, vio la figura de Lucas acercarse junto a otras dos siguiéndole detrás. No obstante, su atención se centró únicamente en él al notar que llevaba puesto un cubrebocas. Rápidamente, caminó al encuentro.

—Hola, Uli —saludó Lucas de buen humor.

—Hola… ¿Te sientes bien?, ¿Estás enfermo? —preguntó con urgencia.

Lucas tocó el cubrebocas como si lo hubiera olvidado por completo.

—¡Oh! No, no es eso. Es que soy un poco alérgico al polen —contestó naturalmente—. Ya tomé medicina, así que, estaré bien. No te preocupes.

Desconcertado, Ulises inclinó un poco la cabeza.

—¿No me habías dicho que tu mamá es florista y le ayudabas?

—Sí, es cierto… Ella prefería que no lo hiciera, pero a veces era la única opción, irónico ¿no crees? —dijo rascando detrás de su oreja mientras reía.

Al percibir su tranquilidad, suspiró aliviado. Le fue inevitable no dejarse contagiar por la sonrisa. Las otras dos figuras los alcanzaron para ese punto.

Dentro de lo que cabe, Ulises ya conocía a una de ellas: Elias. Un muchacho alto de cabello alborotado y piel clara con pecas, estudiante de artes. Solía acompañar a Lucas a ver las presentaciones, donde sus ojos dorados solían recorrer el entorno con despreocupación. Ahora, en cambio, parecían estar atentos a cada detalle.

Por otra parte, sólo conocía de nombre a la chica al lado suyo: Melisa. Estudiaba medicina en la ciudad de la que eran originarios, tenía piel oscura y precioso cabello largo. Lo que más llamaba la atención era su mirada serena y profunda que daba la impresión de poder ver a través del cuerpo.

—Uli —llamó Lucas, entusiasmado—. Ellos son Elías y Melisa, mis amigos de prepa. Chicos, él es Ulises —presentó con orgullo.

—¿Qué onda? —saludó Eli amable, pero cauteloso.

—Hola, un gusto conocerte. Lucas nos ha hablado mucho de ti —dijo Mel extendiendo la mano que relucía con anillos y pulseras.

El comentario hizo sonreír a Ulises y enrojecer a Lucas.

—Espero que cosas buenas —respondió mientras correspondía el saludo.

—¡Mel! —reclamó Lucas tirando ligeramente de su manga—. Claro que han sido cosas buenas… —murmuró.

Todos soltaron una risa pequeña.

—Bien, ¿Qué les gustaría hacer primero? —preguntó Elías.

—Uy, yo traigo muchísimo antojo de una capirotada —mencionó Melisa— ¿Les parece si comemos algo y después damos una vuelta?

—Claro —respondieron los demás a la par.

Cuando dieron unos pasos, Melisa se acercó a Lucas sujetándolo del brazo con gentileza.

—Oye, Lu. Déjame guardar tu celular —habló cerca de su oído.

—¿Eh?, ¿Por qué? —preguntó confundido.

—Hoy quiero que la pases bien, sin distracciones —sentenció manteniendo el tono bajo.

—Pero, mi mamá me pidió tomar fotos de los arreglos.

—Yo lo haré —respondió animada—. Ándale, que luego no quiero verte achicopalado.

Lucas la miró serio, dudando en acceder a la petición. Observó por un momento el entorno colorido y alegre, un escenario que deseaba mantener de ese modo. Resignado, le entregó el aparato.

—Te lo regreso al terminar la salida —dijo sonriente a la vez que guardaba el celular en su bolsa.

Por distancia y discreción, Ulises apenas pudo captar unas cuantas palabras de lo que murmuraban. Sin embargo, la entrega del celular no le resultó inadvertida.

*

Al caminar entre los diferentes puestos de comida Ulises le iba preguntando a Lucas si había algo que quisiera comer. Aunque el aire estaba impregnado de olores deliciosos, Lucas no tenía mucha hambre; solo se le antojaba algo ligero y dulce. De inmediato, Ulises se apartó unos minutos y regresó con un gran bote de fruta con chamoy para compartir. Y pese a las insistencias de Lucas en pagar la mitad, él no aceptó la oferta.

«Bueno, pero a la próxima yo invito», contestó resignado.




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