La Galaxia que Elegimos

Retrógrado

Una tarde, a una semana del regreso a clases, en una casa algo pequeña y de un solo piso, una mujer estaba en la sala separando flores en jarrones cuando sonó el timbre. Al levantarse, sacudió su mandil y caminó hasta la puerta.

—Hola, señora Rosy —saludaron los visitantes al mismo tiempo.

—¡Mel, Eli! Adelante, pasen —invitó animada—. Cuánto tiempo sin verlos, se ven más grandes. Disculpen el amontonadero.

La sala-comedor había quedado enterrada entre cajas, espuma floral, jarrones y canastas de varios tamaños, y muchas flores. Era como si una florería hubiera explotado.

—No se preocupe, señora —respondió Melisa—. Mucho trabajo, ¿no?

—Muchísimo, hija, pero muy bendecido gracias a Dios. Son para una quinceañera el día de mañana.

—Pues le están quedando muy bonitos los arreglos —comentó Elías.

Al adentrarse un poco más en la casa, en una diminuta esquina despejada, se asomó la cabeza de un niño de unos siete años y la de un hombre sentado al lado.

—¡Hola, Mel!, ¡Hola, Eli! —gritó extendiendo los brazos.

—¿Qué onda, Carlitos?, ¿Estás haciendo tarea de refuerzo? —preguntó Eli.

—Sipi.

—Ay, que niño tan responsable —dijo Mel en tono dulce.

—Que no los engañe —comentó el hombre serio pero divertido—. Ahí como lo ven, nomás se anda distrayendo con todo y poniendo excusas para levantarse.

—¡No es cierto! —bramó el niño haciendo un puchero.

Los adultos solo rieron suavemente. Desde lo alto de la vitrina, el único lugar libre de la invasión de flores, un par de ojos amarillos se asomaron.

Miau.

—¡Oh! Perdón, Pancho, no te vimos. ¿Cómo estás? —se disculpó Eli mientras saludaba con la mano.

—Van al nuevo acuario, ¿verdad, chicos? —preguntó el hombre.

—Sí, señor Héctor. Saliendo nos vamos a quedar un rato en la plaza —respondió Melisa.

Okay, si necesitan que vaya por ustedes me llaman.

—Claro, muchas gracias —mencionó Eli, educado.

—¡Lucas, apúrate! —llamó la mujer en dirección al pasillo—, ¡Ya llegaron los muchachos!

—¡Voy! —respondió la voz de Lucas desde una habitación.

Estaba guardando algunas cosas dentro de una mochila: una cámara sencilla que le regaló su abuelo, un suéter por si llegaba a hacer frío dentro del acuario, su cartera y una botella de agua. Antes de cerrarla tomó su celular.

Sábado 10 de agosto

Lucas: Disculpa, ya me voy al acuario. Seguimos hablando en la noche😃

Ulises: Sí, no te preocupes. Diviértete 🔍🐟

De inmediato, salió de la habitación. Solo un par de pasos bastaron para llegar a la sala.

—Perdón, no había hecho mi mochila. ¿Listos?

—Obvi —respondió Eli—, pero hay que apurarnos para alcanzar el camión o tendremos que esperar al siguiente.

El grupo comenzó a avanzar hacia la puerta.

—¡Ahorita vuelvo! —se despidió Lucas dando media vuelta, sin detenerse.

—Con cuidado, chicos —pidió la madre.

—Sí, señora Rosy. Gracias —respondieron las visitas, rápido.

—¡Me traes un peluche de tiburón! —gritó Carlitos juntando las manos alrededor de la boca.

—¡Sí!

Lucas alcanzó a responder antes de que el cerrar de la puerta obstruyera cualquier ruido del exterior.

*

El acuario no era el más grande del mundo, ni siquiera del país, pero era el único en el Estado. Siendo una zona reducida dentro de un centro comercial aún más extenso. Sin embargo, eso no les importaba, estaban emocionados de no tener que viajar tan lejos para ver a las hermosas y curiosas criaturas del mar. El hábitat que Lucas más deseaba ver era el de los pingüinos que, a sabiendas de ser el principal interés de los visitantes, había sido colocado al final del recorrido. Después del acuario, tenían planeado pasar a una de sus librerías favoritas e ir a cenar a un nuevo restaurante de hamburguesas. La tarde, al igual que el clima soleado pero de brisa refrescante, apuntaba a ser perfecto.

Al entrar, lo primero que hicieron fue tomarse fotografías junto a estatuas de buzos, piratas, sirenas y tiburones que adornaban el recibidor. En seguida, los pasaron a un cuarto oscuro donde proyectaron un video de bienvenida que simulaba la incursión de un viaje en submarino, algo quizás un poco infantil pero que a Lucas le fascinó. Definitivamente debía llevar a su hermanito de visita.

Tras la presentación, finalmente pudieron sumergirse en las profundidades del océano. Siendo fin de semana, el acuario rebosaba de vida con familias o grupos murmurando y apuntando dentro de las peceras gigantes, así como, tomando fotografías. A pesar de la considerable marea de gente, había espacio suficiente para caminar cómodamente entre las exhibiciones.

Los chicos empezaron su recorrido. Caminaban despacio, tomándose el tiempo necesario para observar a detalle los animales dentro de cada pecera, leer las fichas descriptivas y tomar fotografías con las precauciones necesarias. A Melisa le fascinaban particularmente los peces cirujano; Lucas quedó cautivado por las estrellas de mar y el criadero de ajolotes; Elias admiró en especial el pequeño hábitat desértico para reptiles. Los tres coincidieron en que las anguilas eran lo más espeluznante, pues hasta los tiburones parecían más simpáticos.




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