La Galaxia que Elegimos

Menguante

La misma noche de la visita al acuario, a varios kilómetros de distancia, en otra ciudad se llevaba a cabo una reunión familiar. La casa, de estilo colonial debido a su ubicación en el centro de la ciudad, no era muy extravagante, pero estaba bien conservada. El piso inferior era ocupado por un negocio de artesanías, perteneciente a la familia, a cuyo lado una puerta daba acceso al piso superior donde habitaban.

Dos mujeres, una detrás de la otra por lo angosto de las escaleras, entraban al hogar entre risas. Una mujer de tez morena apareció para recibirlas.

—¡Hania! Querida, ¿cómo estuvo la conferencia? —preguntó con entusiasmo a la vez que abrazaba a las recién llegadas.

—Bien, mamá. Creo que les interesó mi propuesta —respondió, educada.

—No seas modesta —intervino la acompañante—. Lo hizo increíble, suegra. La mejor de todos los ponentes.

—Selina… —murmuró Hania tímida, tenía las mejillas encendidas.

—No lo dudo —respondió la madre entre risas.

Del fondo, tras un arco de piedra, apareció un hombre caucásico alto y ligeramente robusto.

—¡Papito! —gritó Hania apresurándose a su encuentro.

El hombre la recibió con los brazos extendidos.

—¡Mi niña! —dijo dándole un beso en la frente—. Qué bueno que regresaron con bien, ¿qué tal la carretera, Selina?

—El viaje fue pesado, pero la autopista estaba muy tranquila —respondió con firmeza.

—Me alegro, ¿y cómo respondió la camioneta?

Una niña en patines atravesó a gran velocidad la sala, interrumpiendo la conversación.

—¡Hania!, ¡Selina!, ¿qué me trajeron? —preguntó ruidosamente.

—¡Ary! Se saluda primero —sentenció el padre.

—Ya te he dicho que no uses los patines dentro de la casa —añadió la madre.

—¡Ah! Sí, sí, ahorita me los quito —contestó la niña, despreocupada—. Hola, hermana y cuñada, ¿qué me trajeron?

Las mujeres solo rieron sacudiendo la cabeza en un gesto negativo.

—Bueno, ya que dijiste que en tu próximo cumple quieres una fiesta de té… —comenzó a decir Hania.

—¿Qué te parece esto? —continuó Selina mostrando un elegante juego de té hecho de talavera.

—¡Wow!, ¡Qué bonito!

La niña tomó rápidamente el regalo y se sentó en la mesa para abrirlo.

—Ary… —murmuró la madre, severa.

—¡Ah, sí!, ¡Muchas gracias!

—Ay, esta niña… —volvió a hablar el padre—. Selina, ¿me ayudas a servir el chocolate?

—Claro, suegro. Trajimos el pan que le gusta.

—Excelente.

Al momento en que ambos caminaron hacia la cocina, Hania se dirigió a su madre.

—¿Y Ulises y Togo?

—Están en la azotea… Sabes, últimamente he notado a tu hermano un poco raro.

—¿Raro cómo? —cuestionó intrigada.

—Descuida, no es nada malo —contestó sonriendo—. Raro de enamorado.

—Oooh, ya veo.

—A veces lo noto muy contento y otras muy serio absorto en sus pensamientos. No he querido preguntarle al respecto, siempre te ha tenido más confianza a ti para esos temas, ¿crees que puedas hablar con él?

—Sí, no te preocupes.

Sigilosamente, se dirigió a las escaleras exteriores.

*

La noche era fresca con cielo despejado; una brillante luna gibosa creciente era la única luz natural en el manto nocturno. Desde la azotea, a la lejanía, podía divisarse el oleaje terso de las hojas en los árboles del jardín principal, junto a los destellos de las farolas. El bullicio de la ciudad y las conversaciones de calle se mezclaban para crear una música singular.

Sentado en una silla de jardín, Ulises miraba hacia el paisaje sin verlo realmente. A sus pies dormía Togo, el husky de la familia. Sobre sus piernas tenía una libreta pautada con una composición dejada a medias, y en su mano sostenía un celular que parecía incrementar su peso a cada minuto. Sus pensamientos divagaban en otra sintonía, lejos de la ciudad.

«Dijo que hablaríamos en la noche, pero no ha mandado mensaje… ¿Quizás debería mandarlo yo? Mejor no, me vería muy intenso… No es que me moleste, me preocupa. A lo mejor su salida se alargó más de lo planeado o regresó muy cansado a casa… Una foto de Togo podría ser casual, para romper el hielo».

El ligero chirrido de una puerta abriéndose lo sacó de su abstracción. Una voz conocida lo hizo voltear a él y al perro.

—Holis —saludó Hania en un tono cantadito.

¡Guau!

Tras el ladrido, Togo corrió hasta ella y se le subió encima usando toda su fuerza. La cara de Hania fue atacada a lengüetazos.

—¡Tranquilo, Togo!, ¡Abajo, me vas a tirar! —ordenaba entre risas y caricias—. Yo también te extrañé, peludo.

Una vez que el perro estuvo calmado, Hania tomó otra silla y se colocó al lado de su hermano.




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