La Galaxia que Elegimos

Eclipse

Cerca del anochecer, el domingo previo al regreso a clases, Ulises esperaba a Lucas afuera de la casa donde rentaba un cuarto. A los minutos, apareció emanando energía y con una canasta en mano. Ulises sonrió al verlo. Ambos se saludaron como si hubieran pasado años de distancia. Quizá no con abrazos, pero sí con sonrisas amplias y frases cargadas de alegría.

Sin perder el tiempo, tomaron camino hacia la ladera.

Acostados bajo el manto nocturno, empezaron a intercambiar con mayor detalle sus historias del verano. Como las semanas que Lucas pasó armando junto a su padre una figura gigante de «La estrella de la muerte» hecha con bloques LEGO o cuando Ulises organizó la presentación final del curso de música donde estuvo dando clases. Poco a poco, a partir de breves comentarios, la conversación empezó a tomar rumbos diversos, hasta que llegó un punto en que Lucas hablaba sobre los cambios que hay en las estrellas con cada nueva estación. Ulises no sabía qué comentar al respecto, así que se limitaba a escucharlo atentamente.

De pronto, en el cielo, una estrella que parecía bailar y descender en su dirección llamó la atención de Lucas.

—¡Mira!, ¡Una luciérnaga! —dijo emocionado mientras señalaba el pequeño punto de luz.

Ulises encontró al insecto revoloteando a algunos centímetros de su cara.

—Hace mucho que no veía una —comentó en voz baja temiendo asustarla.

—Yo tampoco —añadió Lucas al mismo volumen—, ¿Crees que las luciérnagas piensan que las estrellas también son luciérnagas?

La pregunta, realizada con suma seriedad e ilusión, provocó que un suspiro reprimido de risa saliera de Ulises. A veces, las preguntas de Lucas le parecían lo más tierno del mundo.

—Podría ser —respondió buscando sonar igual de serio—, quizás por eso las luciérnagas vuelan, para intentar alcanzarlas.

—Mmmh, es una buena idea… Aunque se pondrían muy tristes de saber que la luz de las estrellas significa que ya están muertas —mencionó Lucas con sencillez.

En seguida, Ulises se vio envuelto en un ataque de tos buscando apaciguar una carcajada. No era burla, reía de gozo al sentirse afortunado de compartir con quien consideraba el ser más radiante de todos.

Se formó un silencio suave, acompasado por la brisa del viento. En ese momento, el asunto de la conversación sobre sus «límites» mermó en sus pensamientos. Sin embargo, imaginando que un tema que en su boca sabía tan amargo echaría a perder aquel ambiente exquisito, decidió aplazar el momento. «Será después», repitió día tras día.

*

Una semana después de la noche en la ladera, Ulises volvió a intentar sin éxito sacar el asunto a conversación. Estaban en su departamento escuchando algunas de las primeras canciones de la banda.

—Nunca había escuchado esa versión rock de «Bad Romance», ni mucho menos, un cover en español —mencionó Lucas pensativo—. Tu amigo Sebas en verdad que le puso sentimiento.

—Sí… la letra toca un tema muy personal para él —contestó, distraído.

Mientras la siguiente canción empezaba a reproducirse, Ulises miró cuidadosamente a Lucas de reojo, quien estaba absorto en la música. Sus labios temblorosos apenas se abrieron.

—Oye, Lu… —susurró.

—¿Sí? —preguntó el chico volteando a verlo.

«Hay algo de lo que quiero hablar», le hubiera gustado decir. En cambio, soltó algo completamente ajeno al tema.

—A Iván le gustaría tener el número de tu amiga, la que te acompañó a la Feria de Arte. ¿Crees que puedas dármelo?

«Cobarde», sus pensamientos lo regañaron a sí mismo.

Lucas no se molestó en ocultar una sonrisa cómplice, sin sospechar lo que en verdad se removía en su interior.

—¡Claro! —respondió animado—. Deja te lo envío de una vez, para que ya se lo pases a Iván.

—Sí, gracias… —dijo sacando su teléfono.

Nunca había tenido problemas para hablar franco y directo con otras personas sin importar el asunto, pero ahora se sentía paralizado. La sola idea de un rechazo definitivo por parte de Lucas le resultaba funesto. «Será después», volvió a repetirse una y otra vez sin pensar que no hablar a tiempo siempre traía consecuencias devastadoras, y que las descubriría pronto.

*

Los días de evasión continuaron hasta llegar la primera semana de septiembre. Era una tarde calurosa que en un espacio tan comprimido como el cuarto de Lucas, sin ventanas y con la necesidad de encender el foco para no estar a oscuras, acentuaba aún más el bochorno. Un solo y pequeño ventilador acarreaba todo el trabajo de intentar refrescar el lugar.

Ulises también estaba ahí, habían quedado para estudiar un rato y después comer helado artesanal que el abuelo de Lucas le había mandado.

Estaban sentados en el piso, uno junto al otro, apoyados contra la base de la cama. Los libros, libretas y cualquier otro material escolar quedaron de lado. Comían el helado directo del bote, cada uno con su propia cuchara.

La conversación no giraba en torno a un tema en particular, actividades que hicieron durante el día, planes próximos, asuntos de la escuela; cosas cotidianas. Pronto, comenzaron a ver videos en sus celulares para pasar el tiempo. Se reían y hacían comentarios tontos sobre lo que veían. Un momento que por simple que pareciera disfrutaban al máximo.




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