La Galaxia que Elegimos

Vacío

Desde aquella tarde la dinámica entre Ulises y Lucas se transformó en una cuerda tensa a punto de quebrarse. Los mensajes de buenos días y noches, hasta entonces convertidos en un hábito, desaparecieron de súbito junto a cualquier otro tipo de contacto.

Aunque ambos intentaban ocultarlo, desde el primer momento la distancia les causó una herida profunda en el corazón y en los pensamientos.

Tanto en la universidad como en el trabajo fue evidente la distracción de Lucas. Confundía documentos, presentaciones e incluso horarios entre las dos actividades. A clases solo asistía en cuerpo, las imágenes del último encuentro con Ulises lo único que pasaba por su mente. Cuando le llamaban la atención o hacían preguntas volvía en sí desorientado, ajeno a lo qué sucedía a su alrededor. Por esos días, compañeros y amigos lo vieron suspirar constantemente pese a firmar que no tenía nada.

Para su madre, el cambio tampoco pasó desapercibido.

—Lucas, ¿te sientes mal? —preguntó una noche por videollamada—. Te ves pálido y ojeroso.

—Estoy bien, ma… Sólo cansado.

—Mmmh, yo sé que algo traes.

—Estoy bien, en serio —respondió cohibido, pero con un ligero toque de irritación.

—Bueno, si tú lo dices —contestó la madre poco convencida—. Pero si necesitas ir al médico me dices para enviarte dinero.

—Sí, gracias…

Sabía que la única forma de darle fin a su angustia era buscar a Ulises y explicarle su verdad, contarle aquella historia que tanto intentaba olvidar. Sin embargo, la sola idea lo aterraba, «¿cómo y por dónde empezar?», «¿qué pensaría Ulises de él después de oírla?», «¿qué le diría?». Cada noche se mantenía despierto con esas preguntas susurrando en su oído como un eco. Era un miedoso. Detestaba sentirse de ese modo.

Por otra parte, Ulises tampoco lo pasaba bien. Al volver al departamento después de clases o un ensayo se quedaba sentado con la mirada perdida. Ni siquiera tenía ánimo para escuchar música, mucho menos crearla. Estaba seguro de que al hacerlo encontraría el recuerdo de Lucas entre melodías y estrofas. Su corazón no sería capaz de soportar más añoranza.

El peor momento llegaba al anochecer. Al intentar dormir lo asaltaban terribles sueños donde parecía que Lucas le sonreía y miraba de esa manera tan brillante que le cautivaba. Pero cuando todo indicaba que se acercaba a él con brazos abiertos, Lucas pasaba de largo hasta sujetarse del brazo de una sombra rojiza. Entonces, despertaba con la sensación de tener algo clavado en el pecho. Quería pedir perdón, ¿pero cómo hacerlo después de haber actuado como un idiota?
A pesar de extrañarse mutuamente y, sin saberlo, intentar llamarse en varias ocasiones, tampoco podían evitar huir cada vez que las circunstancias los ponía en el mismo camino. Vivir en zonas cercanas no era de ayuda. Cuando llegaban a encontrarse en las calles fingían voltear distraídamente a otros lados o incluso cambiaban de banqueta.

Hubo un día en que ambos coincidieron en una pequeña tienda. Ulises ya estaba adentro al instante en que Lucas entró. Sus ojos se encontraron por unos segundos cargados de tensión. De no ser porque la vendedora ya lo había visto y saludado, Lucas hubiera salido corriendo. Evitando cualquier contacto, tomó lo que iba a comprar, pagó y salió con apuro. Ulises se quedó estático observando la escena, por más que un hormigueo en sus pies le exigiera moverse.

El aire, caminar en las calles, coexistir en el mismo universo… todo empezó a sentirse insoportablemente incómodo.




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