La Galaxia que Elegimos

Trayectoria 1.0

Tras días que transcurrieron con lentitud, llegaron las primeras lluvias de mediados de septiembre. Los salones y ventanas del Centro Cultural se agitaban violentamente bajo corrientes de viento que pronosticaban una lluvia torrencial. El salón donde ensayaba «Claro de Luna» no estaba exento de la tempestad del clima.

A mitad de una canción, Iván dejó de tocar el bajo y levantó ambas manos.

—¡Alto! —gritó molesto—. Entre este ruido y los errores de Ulises, no sé cuál molesta más.

Los labios de Ulises se encogieron tras un pesado suspiro. Miró a sus amigos con vergüenza.

—Lo siento, no me he sentido bien estos días.

—¿’Tas enfermo o qué? —preguntó Leo.

—No, no es eso… —respondió indeciso de entrar en detalle.

—Creo que el problema es que cierta estrellita últimamente no ha estado revoloteando alrededor tuyo —intervino Sebas haciendo movimientos con el micrófono— ¿O me equivoco?

Ulises volvió a suspirar.

—Sí, así es. Sé que los asuntos personales no deben interferir con la banda, pero en verdad no puedo evitar que me afecte. A fin de cuentas, la última canción que he estado componiendo es sobre Lucas.

—Sabes qué puedes contarnos —mencionó Iván más calmado—. Quizás, te haga sentir mejor.

—No hay mucho que contar, actué como un tonto. Hay algo en el pasado de Lucas que aún le afecta y yo fui grosero al respecto.

—Ah, entonces sí la cagaste —añadió Leo, despreocupado.

—¡Cállate! —reprimió Sebas—. No sabemos todo el contexto. Además, no es como que tú seas un caballero con las chicas que sales.

—¿Por qué siempre me andas reprochando cosas?

—Porque te lo mereces. Como sea, ahorita no se trata de ti. ¿Ya has intentado hablar con él? —cuestionó Sebas observando a Ulises.

Ulises apretó la guitarra contra su pecho, desvió la mirada por un momento al piso.

—Sí, pero cada vez que quiero hablarle o buscarlo me acobardo… Siento que tengo mucho que perder, y la sola idea me aterra… —admitió en un tono apenas perceptible bajo el zumbido del viento y truenos lejanos.

La respuesta pareció resonar dentro de Sebas, quien apretó los labios antes de responder.

—Te entiendo… Pero en tu caso creo que las cosas pueden salir bien.

Ulises se encogió de brazos. Dio unos pasos hasta el estuche de guitarra y comenzó a guardar sus cosas.

—No lo sé, Sebas… Aunque, la verdad no es como podamos seguir evitándonos para siempre. En algún momento tendré que acercarme y hablar con él.

«Y tú deberías hacer lo mismo», pareció decirle con la mirada.

Las mejillas de Sebas se sonrojaron ligeramente, fingió revisar las partituras para disimular su reacción.

—Lo siento, no creo poder continuar sin echarlo a perder. Sigan ensayando sin mí —dijo colocando el estuche sobre sus hombros.

Los chicos lo despidieron con un movimiento de mano mientras lo veían salir por la puerta. En seguida, Iván se quitó y empezó a guardar su propio instrumento.

—En ese caso, será mejor dejarlo por hoy —sentenció serio—. Además, deberíamos irnos antes de que caiga el aguacero.

Como confirmando sus palabras, un fuerte trueno retumbó sobre el techo.

—Mmmh, ¿En verdad es eso o es que quieres llevar a tiempo a tu cita con Dina? —preguntó Leo con un descarado tono burlón.

El baterista volteó lentamente con una expresión severa.

—¿Y tú cómo sabes? —dijo con la mandíbula apretada.

—Oye, no es mi culpa que dejes tu celular a plena vista con la pantalla arriba cuando vas al baño —contestó divertido—. El mensaje de ella solo llegó y estaba dentro de mi campo de visión.

—Pinche chismoso —masculló entre dientes mientras seguía recogiendo sus cosas.

Soltando una pequeña risa, Sebas se colocó al lado de Leo.

—¿Qué pasó con eso de que no sales con fans, don perfecto? —añadió el cantante con su mejor voz.

—A diferencia de ustedes dos, yo no ando para ratos. Si alguien me interesa voy en serio —respondió con seriedad

—Uy, perdón —susurró Sebas medio ofendido.

—Como sea, ese es asunto suyo. Ahí nos vemos —dijo abandonando el salón.

Sin más opciones, Sebas y Leo también recogieron sus cosas y caminaron hacia la salida. Cuando llegaron a la puerta de calle del Centro Cultural ya llovía a cantaros. Resignado al ver las gruesas gotas de lluvia, Sebas se disponía a sacar un paraguas de su bolso cuando el brazo largo, claro y definido de Leo lo sostuvo por los hombros, acercándolos.

—Oye, güey. Ya que los otros nos abandonaron, ¿qué tal si vamos por una cheves a «Fuego»? —preguntó Leo muy cerca de su cara.

Sebas sonrió de lado, aunque con una ceja levantada.

—No es mala idea, pero ¿qué no tienes turno de noche en el restaurante?

—Sí, bueno… Me despidieron —comentó con casualidad.




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