La Galaxia que Elegimos

Andrómeda

Una semana después de la tarde lluviosa en la que se reconciliaron, Ulises estaba sentado de nuevo en el sofá. Con la diferencia de que ahora su guitarra y libreta eran su única compañía. Sin embargo, no se sentía en absoluto solo o aburrido. Hacer arreglos a sus canciones siempre lo mantenía entretenido.

Tras mucho tiempo sentado, dejó a un lado sus cosas y alzó las manos para estirar la espalda; necesitaba un descanso. Miró por la ventana dando un profundo suspiro. Desde temprano caían ligeras gotas de lluvia pese a que el sol se asomaba, creando un definido arcoíris en el cielo. Aunque no podía verlos, escuchaba a algunos pájaros cantar a la distancia. Un día precioso sin duda.

Al regresar la vista al desastre de hojas y cuerdas sobre la mesa, puso especial atención al sticker de media luna y flores pegado en su estuche. Cuidadosamente, como si pudiera maltratarlo, lo acarició pensando en el chico que se lo regaló. Recordar los momentos juntos, incluso los complicados, le transmitían una calma por todo el cuerpo igual que un acorde bien afinado.

De pronto, como invocado por el pensamiento, su celular comenzó a vibrar con un nombre en letras grandes sobre la pantalla:

⭐Lucas⭐

Inmediatamente, aceptó la llamada.

—¡Uli!, ¿Ya viste la noticia?

La voz de Lucas sonó entusiasta desde el otro lado de la bocina.

—No, no he entrado a redes hoy. ¿Qué noticia? —preguntó contagiado de alegría.

—Van a colocar un observatorio temporal en el Parque Independencia.

Las palabras salían aceleradamente de su boca. Ulises podía asegurar que Lucas estaba dando vueltas en su cuarto mientras hablaba.

—¡Eso suena padre! —respondió emocionado—. ¿A partir de cuándo lo abrirán?

Hubo un silencio breve. El tono de Lucas cambió por uno más bajo y tímido.

—De eso quería hablar… La apertura es el primero de octubre.

Con esa información, Ulises entendió todo. Sonrió.

—Ah, primero de octubre… Tu cumpleaños —señaló con ligero galanteo.

—Sí… —tomó aire— ¿Te gustaría acompañarme?

Aprovechando la soledad, Ulises hizo un pequeño baile.

—Claro —respondió procurando sonar sereno—. Nos podemos ir en la moto.

—¿Seguro?

—Sí, no es mucho tramo de carretera el que hay que atravesar, ¿A qué hora vamos?

—Pues la inauguración es a las cinco y, por ser un observatorio, van a extender el horario hasta las once.

—Mmmh, ¿Qué te parece llegar a las 6?

Síp, está bien.

—Va, entonces paso por ti ese día.

Okay…

Por ambas partes, volvió a caer un silencio vacilante. Lucas fue el primero en romperlo.

—Disculpa, me tengo que ir al trabajo. Hablamos luego —dijo suavemente.

—Claro, Lu. Con cuidado.

Ulises dejó el celular a un lado suyo. Recargó todo su peso en el respaldo, con una sonrisa de oreja a oreja. Volvió la vista al arcoíris.

Reflexionó en sus propias palabras «No voy a esperar eternamente». Se aferró a ellas, pero por ese momento, decidió dejarse llevar por la ilusión.

*

El Parque Independencia, ubicado en un cerro a las afueras de la ciudad, era un gran recinto construido para celebrar, como su nombre indicaba, los doscientos años de la independencia de México. En su interior resguardaba diversos museos y zonas recreativas distribuidas a lo largo del terreno. Ocasionalmente, montaban exposiciones temporales o se realizaban conciertos en la explanada principal.

Siendo el sitio predilecto de los viajes escolares en las ciudades aledañas, no era la primera vez que Lucas visitaba aquella «fuente de conocimiento» como solía llamarle. Pese a saber casi de memoria el contenido de la mayoría de museos, siempre lo invadía la emoción en cada visita. Ese día no fue la excepción.

Desde la fila de la taquilla, resultó evidente su inquietud por entrar. Se asomaba y contaba varias veces a las personas delante de ellos. Jamás lo admitiría, pero deseaba que se dieran prisa. A Ulises le resultaba muy divertido verlo de ese modo.

En cuanto ingresaron al parque avanzaron hacia los recién instalados domos blancos que fungían como observatorio. Al tratarse de una nueva atracción, Lucas imaginó una cantidad masiva de gente llenando cada rincón. Sin embargo, quizás debido a ser un día entre semana, los caminos estaban lo suficientemente despejados para caminar con comodidad. La espera para el observatorio fue ágil.

Al llegar a la entrada el sol había empezado a descender. Antes de poner un pie dentro, Lucas respiró como si fuera un astronauta a punto de explorar un planeta desconocido.

Lo primero que los recibió fue una sala blanca y brillante. Ahí una miembro del staff les dio la bienvenida y las indicaciones necesarias para el recorrido. También, les dio a escoger un pin fosforescente para colocar en su ropa. Lucas eligió uno con forma de estrella y Ulises una media luna. De manera opcional, podían escribir sus nombres en el libro de visitas.

Ulises iba a tomar la pluma atada al cuaderno cuando Lucas lo detuvo.

—Usemos mi boli especial.

De su mochila, sacó el bolígrafo azul con llavero de estrella. Ulises no pudo evitar sonreír.

—Cierto, es un día especial. Me alegra saber que lo usas.

Lucas le devolvió la sonrisa.

—Sí, siempre lo traigo junto a una libretita. Y hoy pienso tomar muchas notas.

En el cuaderno de visitas quedó grabado:

Lucas Estrada Castañeda ☆

Ulises Javier Herrera González ☽

Al fondo de la sala, los esperaba un arco con una cortina que ocultaba el resto del camino. Por un momento, se quedaron de pie frente a ella. Lucas imaginó que era un portal a otro mundo igual a los que leía en sus historias. Intercambiaron miradas.

—¿Listo? —preguntó Ulises con aquella sonrisa tranquila.

—Sí —respondió decidido.




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