Hacía horas que el sol había caído para dar paso a una brillante luna amarilla. Los sonidos del Festival Internacional no habían desaparecido por completo, pero ahora eran más tenues como un arrullo; señal de que, a pesar de su distinguida vida nocturna, la ciudad ya anunciaba la hora del descanso.
Sin embargo, en el pequeño departamento de Ulises, las luces seguían encendidas y no había lugar para el sueño. Permanecía sentado en el sofá, apretando un cojín sobre el estómago y la mirada fija en la pantalla del celular. No había tenido señales de Lucas en todo el día.
Las preguntas ansiosas y la imaginación de todo tipo de escenarios desbordaban su mente: «¿Qué habrá pasado con Adrián?», «¿Todavía estará hablando con él?», «¿Lucas estará bien o…?». Quería llamarlo, buscarlo y sacar todas sus dudas, pero la promesa de Lucas volvía a hacer eco: «Te contaré todo cuando regrese…». Ahora, la incógnita era el significado de «cuando». Quizás Lucas ni siquiera se había referido al mismo día de la conferencia.
Ulises continúo meciéndose en el sofá esperando acallar las palabras e imágenes de su cabeza, hasta que el silbido chirriante del timbre lo levantó de un salto. Con rapidez, se abalanzó sobre la puerta y la abrió.
De pie, frente a él, estaba Lucas.
No se veía molesto ni triste. Tampoco serio. Aquella expresión neutra, casi vacía, preocupó más a Ulises que cualquier emoción intensa.
—Disculpa venir tan tarde… ¿Puedo pasar? —preguntó con una voz apagada.
—Claro… —respondió con calma intentando ocultar la tormenta interna.
Cuidando sus movimientos, Ulises se hizo a un lado e invitó a Lucas a tomar asiento. No le quitó la vista de encima en ningún momento.
Tras sentarse, hubo un silencio expectante. Lucas mantenía la mirada baja fija en el vacío. Dudando cómo tomar la iniciativa entre todas sus dudas, Ulises solo preguntó lo que consideró correcto.
—¿Estás bien?
Los labios de Lucas se tensaron sutilmente en una sonrisa fugaz. Levantó la vista directo a los ojos de Ulises.
—Sí, es solo que… —su voz salió opaca—. He estado pensando mucho durante las últimas semanas y… —tomó aire—. Me di cuenta que había dejado de estar enamorado de Adrán desde hacía tiempo, pero el no entender lo sucedido entre nosotros me mantenía aferrado.
Ulises escuchaba atento, comprensivo, aunque sin poder evitar sentir cierto aliviado cargado de culpa. Sin decir palabra, le tendió a Lucas una taza de té tibio que yacía intacta sobre la mesa. Lucas tomó unos sorbos.
—Así que —prosiguió—, entendí que la única forma de soltar esos sentimientos confusos era hablando con él… No tengo dudas en mis sentimientos ni en mi decisión. Sin embargo, lo que dijo me descolocó un poco; entre todas las posibilidades, fue la que menos esperaba.
La pregunta hormigueaba en la garganta de Ulises. Tan evidente era su inquietud que Lucas pudo leer en su rostro: «¿Qué te dijo?».
—Dijo que he sido la única persona a la que en realidad ha amado —respondió tajante—. Y que todavía piensa en mí.
Por un instante, Ulises sintió que lo golpeaba un rayo. Empezó a respirar lentamente como si de pronto todo a su alrededor fuera frágil.
—Yo creí que iba a negar lo que tuvimos o iba a burlarse, por lo que, en verdad, me tomó desprevenido. La razón para terminar conmigo de la manera en que lo hizo fue que lo venció el miedo: hacia su familia y hacía sí mismo… Lo lamento mucho por él —añadió, adquiriendo un tono más suave—, pero, de cierta forma es un alivio.
Lágrimas ligeras y constantes empezaron a fluir por sus ojos.
—Todo este tiempo, creí que yo había hecho algo mal —explicó intentando regular su respiración—. Que mi forma de amar estaba mal o que había sido un intenso por pedir algo formal… Pero no es así, es solo que nuestras vidas no estaban ni están en la misma sintonía.
La voz de Lucas terminó por quebrarse. El llanto subió en intensidad y se cubrió la cara con ambas manos.
—Perdón.. Qué vergüenza… —murmuró.
Ulises observó la escena con un nudo en la garganta. La vulnerabilidad liberadora de Lucas golpeó sus propios temores. Se acercó más y tomó el atrevimiento de retirar las manos de su cara con delicadeza.
—Está bien, Lu. No hay de qué avergonzarse… —dijo en voz gentil y endeble.
Ambos se miraban directamente. Sin advertirlo, los ojos de Ulises también nadaban en lágrimas.
En Lucas, una sonrisa cálida iluminó su rostro pese a estar empapado.
—¿Qué tienes, Uli?
El joven música apretó los labios antes de responder.
—Nada, es solo que… —la voz le tembló un momento—. Todo el asunto con Adrián te afectaba profundamente y, aún así, tuviste el valor de ir a enfrentarlo… Mientras que yo solo estaba preocupado por lo que significaría para mí que lo aceptaras o rechazaras. Me siento egoísta —admitió, apenado.
Ahora fue Lucas quien le sostuvo las manos.
—No creo que seas egoísta… Es comprensible que te sientas de ese modo después de tener que soportar mi falta de decisión.
La mirada que le dirigió Lucas volvió a ser cristalina. En un movimiento rápido y sorpresivo, abrazó a Ulises con fuerza.
—Perdóname, Uli… —susurró—. No quise lastimarte.
Tras la impresión inicial, Ulises le devolvió el abrazo, cubriendo la espalda de Lucas por completo y acercándolo más hacia sí.
—Está bien, Lu —respondió sonriendo—. Por favor… Quédate.
El corazón de Lucas dio un brinco al escuchar la petición. Con las mejillas encendidas y los restos de lágrimas, ocultó más el rostro entre el cuello de Ulises.
—O-okay…
No dijeron nada más aquella noche. Siguieron abrazados hasta que el agotamiento de las emociones del día venció a Lucas, quedando dormido en los brazos de Ulises. Con cuidado, Ulises lo recostó junto a él en el sofá.
Admirar la expresión y respiración tranquila de Luca le devolvió su propia calma. Sintiendo una gran dicha extendiéndose desde el pecho a todo el cuerpo, sus párpados empezaron a cerrarse lentamente. En ningún momento soltó a Lucas.