La escasa luz que se filtraba desde el pasillo anunciaba, en el pequeño cuarto oscuro, el amanecer de un nuevo día. Sin embargo, bajo la percepción de Lucas, el tiempo no había avanzado. Llevaba horas despierto, acostado boca arriba, con una mirada soñadora perdida en el techo.
Sobre sus labios permanecía intacta la sensación de los besos de Ulises como un bálsamo de vainilla: sabor suave y cremoso. En las manos aún hormigueaban las caricias; el calor dejado al momento de despedirse seguía presente. El vívido recuerdo de aquellos instantes dibujaba una sonrisa absurda en su rostro sonrojado.
Solo el ligero tono de mensajería de su celular pudo sacarlo de su enamoramiento. Pero, en cuanto leyó el nombre del remitente, la emoción volvió con más intensidad:
Uli🎸✨
«Buenos días, estrellita. La Tierra dice “hola” 🙂↔️. Perdona si te desperté, es importante: ¿te parece hacer un picnic hoy por la tarde, en Pastizales?».
Sonriendo al aparato, Lucas apretó las teclas rápidamente:
«Claro 🥰, ¿Qué llevo?».
«Tranquilo, yo me encargo de la comida. Tu bella presencia es más que suficiente😘. Paso por ti a las 4».
Lucas exhaló una pequeña risa.
—Qué cursi… —murmuró con ternura.
*
Poco antes de la hora acordada, Lucas ya esperaba sentado en una banca de la placita cercana a sus departamentos. Pese a que Ulises mencionó que no debía preocuparse por llevar comida, no quería llegar con las manos vacías. Sobre las piernas apoyaba una bolsa que contenía pan y un recipiente lleno de arroz con leche que preparó esa mañana.
Lo invadía una mezcla de emoción y nervios; por momentos, incluso creía que la gente lo miraba raro por estar tan sonrojado y sonreir sin motivo aparente. En su mente releía el mensaje de Ulises una y otra vez.
Para distraerse, sacó el celular. El contenido era el habitual: memes, recomendaciones de libros y una que otra publicación académica. Continuó desplazando la pantalla distraídamente hasta que apareció una fotografía de Adrián junto a una chica distinta a la de la conferencia. En la descripción solo había un corazón.
Lucas observó la imagen unos instantes, llegando a sentir una ligera lástima por él. Tranquilamente, siguió revisando redes y respondió algunos mensajes de su mamá. Calmado, volvió a guardar el celular cuando reconoció el sonido de un claxon a la distancia.
A paso veloz, Lucas caminó hasta el punto donde Ulises había orillado la motocicleta, mientras lo esperaba se quitó el casco. Estando frente a frente, quedó inmóvil, con las mejillas ardiendo, debatiéndose entre mostrar calma o saltarle encima.
—Ho-hola… — consiguió decir torpemente.
—Hola —respondió Ulises con galantería, pese al sonrojo que también teñía su rostro.
Al final, fue Ulises quien lo recibió con un beso en la mejilla.
—¿Listo? —preguntó, tendiéndole el casco.
—Sí.
Hábilmente, Lucas se colocó el casco y subió detrás de Ulises. Por costumbre, se sujetó de los laterales. Ahora, viajar juntos en motocicleta tenía una sensación tan íntima que aceleraba el corazón de Lucas más que cualquier motor.
*
El lugar del picnic consistía en un área verde lo suficientemente extensa para albergar una trotapista y canchas deportivas. Aquella tarde en particular rebosaba de vida, con familias y grupos numerosos haciendo todo tipo de actividades, desde deportes hasta manualidades. Incluso, era uno de los pocos días en los que activaban la fuente danzante, la atracción principal de la zona. Antes de comer, se tomaron una fotografía junto a unas estatuas de ranas, el animal representativo del Estado.
Tuvieron la suerte de encontrar un espacio bajo la sombra de un árbol. Sin perder el tiempo, se acomodaron antes de que alguien más ocupara el lugar.
Ulises había preparado quesadillas de carne asada como plato fuerte, acompañadas de papas fritas y fruta picada. Conforme empezaron a comer y platicar los nervios de Luca fueron disminuyendo. Sin embargo, deseaba sacar a la conversación lo sucedido la noche anterior.
Era un día hermoso. El sol de noviembre calentaba la piel de forma agradable. Las burbujas que soplaban algunos niños parecían crear arcoíris en el cielo. Lucas sentía una inmensa paz en el pecho.
—Traté de no hacerlo muy dulce, porque sé que casi no te gustan las cosas dulces —comentó Lucas al llegar al postre.
Ulises le sonrió mientras llevaba el primer bocado a su boca. Sus ojos brillaron de gusto.
—¡Está delicioso, Lu!
Las mejillas de Lucas volvieron a adquirir un tono rojo.
—¿De verdad?
—Sí, no está empalagoso ni desabrido; tiene el sabor perfecto… Y lo que más me gusta es que lo hayas preparado pensando en mí —dijo sonriendo ampliamente.
Lucas no respondió, le sostuvo la mirada con la misma expresión suave. Ulises se acercó más, acortando la distancia. Entonces, buscaron los labios del otro en un beso largo. Ambos comprendieron lo mucho que habían deseado volver a encontrarse.