El frío de diciembre resultaba la excusa perfecta para acurrucarse uno contra el otro en las sillas de la central. Lucas tenía la cabeza recargada sobre el hombro de Ulises mientras este lo sostenía por la espalda hasta colocar su mano sobre su cintura, firme, pero con tacto suave. El ser novios no estaba en sus planes previos al fin de semestre, por lo que, a pocas semanas de haber empezado a salir, debían separarse para volver a sus ciudades a pasar las vacaciones de invierno. Lucas sería el primero en irse.
Mientras esperaban el autobús, hablaban de las tradiciones familiares y las actividades que querían hacer, álbumes o libros de lanzamiento, pero sobre todo reían de los vídeos tontos que encontraban en internet. Aunque la incomodidad de las sillas empezaba a afectarles la espalda, se sentían tan a gusto estando juntos en esa pequeña parte del mundo. A ambos les costó levantarse ante la llegada de la unidad.
Sin otra alternativa, Ulises ayudó a Lucas a subir su equipaje al maletero. Al momento en que el chofer comenzó a recibir el pasaje se apartaron unos metros.
—Avísame cuando llegues a tu casa —pidió Ulises, sonriendo y tomando sus manos.
La fila al fondo comenzaba a avanzar.
—Sí —respondió Lucas con voz suave.
En medio del murmullo y ajetreo de la central, se besaron tiernamente y sin prisa. En algún lado, una señora inhaló de asombro, una ancianita que pasaba al lado se persignó y un padre dijo a su hijo «No mires» cubriéndole los ojos. Nada de eso importó.
Lucas subió al autobús sin contratiempos. Desde su asiento, junto a la ventana, despidió a Ulises agitando la mano. Sin haberlo perdido de vista ni un solo segundo, el músico le regresó el saludo.
El autobús emprendió la marcha a los pocos minutos. Cuando la unidad se integraba a la vialidad a Lucas le llegó un mensaje:
Uli🎸💕
«Buen viaje, estrellita 🙂↔️💖»
Con audífonos puestos, la música nunca le había parecido más mágica y encantadora.
*
Ulises subió corriendo las escaleras del Centro Cultural. Llegaba media hora tarde al ensayo. En cuanto abrió la puerta, casi de golpe, se permitió parar a tomar aire.
—¡Hasta que te apareces! ¿Dónde estabas? —le cuestionó Sebas al instante mientras le golpeaba el pecho con el dedo índice en forma de regaño.
—Nunca llegas tarde, ¿Todo bien? —preguntó Iván, serio.
—Pues yo andaba a gusto —comentó Leo sin levantar la vista de su celular.
Manteniéndose tranquilo, Ulises caminó al interior del salón. Bajó el estuche de su espalda y preparó la guitarra con absoluta calma. Sonreía ampliamente.
—Lo siento, no era mi intención —explicó afinando una cuerda—. Fui a dejar a mi novio a la Central y el camión llegó retrasado.
El énfasis con el que dijo «mi novio» creó un silencio atónito.
—¿Novio? —repitió el bajista, incrédulo.
—¿Quién? —preguntó Leo ladeando la cabeza.
El cantante, que se había llevado ambas manos a la boca, dio pequeños saltos de emoción. En seguida, sujetó a Ulises con fuerza y lo miró fijamente.
—¡Es Lucas!, ¿Verdad?
—Por supuesto —respondió Ulises orgulloso.
Sebas agitó un poco al guitarrista.
—¡Ay, ya era hora!, ¡Qué bonito!
—A chinga, ¿Y desde cuándo andan? —preguntó el baterista.
—Tiene poco —contestó con voz y mirada ilusionada—, apenas vamos por el mes.
—¿¡Y por qué no nos lo habías dicho!? —reprochó Sebas—. ¡O al menos a mí!
Sin evitarlo, Ulises soltó breves carcajadas.
—Perdón, esperaba un momento adecuado para presumir.
—¡Qué malo! —bramó Sebas dramatizando.
Iván también se acercó a Ulises.
—Felicidades —mencionó con una pequeña sonrisa que pocas veces mostraba.
—Gracias.
La felicidad de Ulises se reflejaba en la enorme sonrisa que acentuaba el sonrojo de su rostro.
—Pos, felicidades, supongo —murmuró Leo desde su asiento.
Al instante, Sebas se volteó hacia él con una mano en la cintura y una mirada afilada por un delineador perfecto.
—¿Es en serio?
Por el tono de voz, le quedó claro a Ulises que habían vuelto a discutir por cualquier tontería.
—No me lo tomes a mal, Ulises. Se nota que te gusta un buen, así que, está chingón que ya anden —aclaró el chico—. Es solo que para mí echarse la correa por alguien quita lo divertido a todo.
Acostumbrado a su personalidad, Ulises no tomó personal aquel comentario. Sin embargo, sabía que para Sebas era todo lo contrario. Una mirada fugaz bastó para notar el fuego agitándose en sus ojos.
—Lo bueno es que te preguntamos, pendejo —escupió furioso.
—¡Ora!, A ti qué.
De nuevo, estalló una pelea entre ambos. A Ulises e Iván solo les quedó suspirar e intervenir como siempre lo hacían. Mientras apartaba a Leo en una esquina, Ulises solo pudo pensar que aquella noche tendría mucho que contarle a Lucas.