La Galaxia que Elegimos

Cometa 2

Los días de invierno continuaron con calma y cotidianidad. La rutina entre ambos chicos se había definido de manera implícita: por las mañanas atendían asuntos familiares y por las noches se contaban todo a lujo de detalle, aunque bajo cierta regla.

El padre de Lucas, al poco tiempo de regresar de su viaje de trabajo, junto a su esposa, hablaron con el joven. No se oponían a la relación con Ulises, siempre y cuando fuera honesto con ellos sobre cómo evolucionaban las cosas. Además, las videollamadas no debían pasar de las 12:00 a.m. Ninguno tuvo problemas en aceptar las condiciones.

Sin embargo, sin desearlo, la segunda regla cayó en desuso a los días. Ulises y su familia se habían ido a pasar las fiestas decembrinas con los familiares maternos en una comunidad algo lejana con problemas de conexión. Aun así, procuraban hablar aunque fueran un par de minutos cada noche.

Por esa razón, la Nochebuena y Navidad la celebraron a base de mensajes, fotografías y tarjetas digitales. A pesar de disfrutar de la comida, las posadas y la convivencia familiar, los dos sentían que algo muy grande y preciado hacía falta: la presencia del otro.

Como la larga espera de un cometa, finalmente llegó el Año Nuevo. En las calles podían oírse estruendosos fuegos artificiales, la música a todo volumen de algún vecino y una que otra abundancia lejana.

Tras comer las 12 uvas y brindar por buenos deseos a su pequeña familia, Lucas aprovechó que su abuelo iba a contar su famosa anécdota del año nuevo de 1965 para escabullirse a su cuarto. Llevó consigo a Pancho, no le gustaba el ruido de los cuetes.

Rápidamente, se colocó los audífonos

—Por favor, conecta —, suplicó sujetando con fuerza el celular.

Los segundos transcurrieron como una eternidad hasta que, del otro lado de la pantalla, apareció una imagen borrosa acompañada de audio distorsionado.

—Uli… ¿Me escuchas?

—Ho-ola…

La voz de Ulises salió entrecortada y robótica

Esperametantito —las palabras se amontonaron en una sola exhalación.

Lucas esperó en silencio mientras acariciaba al gato, que ronroneaba tranquilamente. Por fin, pudo ver con mayor claridad la cara de su novio. Todavía podía escuchar la música alta y risas escandalosas de fondo. Un ambiente completamente distinto al de su hogar.

—Lu, ¿Ya me oyes?

Al oír su voz clara y melodiosa, la sonrisa de Lucas fue inevitable.

—¡Feliz cumpleaños! —exclamó entusiasmado.

Una sonrisa también invadió el rostro del guitarrista.

—Gracias, Lu.

Lucas guardó silencio un momento. Lo que estaba a punto de decir coloreaba intensamente sus mejillas.

—Yo… agradezco mucho que la vida nos haya juntado. Deseo una larga vida llena de felicidad y prosperidad para ti… y que puedas compartirla conmigo. Te quiero mucho, Uli.

Ulises, desprevenido, se quedó callado. En seguida, soltó una pequeña risa, fascinado por el chico que aparecía en la pantalla.

—Dios, Lu. Quiero besarte ahora mismo.

Contra toda posibilidad, las mejillas de Lucas enrojecieron todavía más.

—Bueno… Ya falta poco para volver a clases —señaló Lucas, ligeramente cohibido.

—Nunca había estado tan entusiasmado por regresar a la universidad.

Lucas rio ampliamente.

—Yo… tengo algunos regalos para ti. Espero que te gusten.

—Lu, en otra situación diría «no te hubieras molestado», pero la verdad yo también tengo cosas para ti. ¿Y si, cuando regresemos, hacemos un intercambio?

—Me parece una gran idea.

En ese instante, la señal se perdió por varios minutos.

—¿Uli?

Lucas suspiró resignado. Cuando la poca conexión volvió, lo hizo de manera inestable.

—Perdón, Lu…

—No te preocupes, no es nuestra culpa.

—Hablamos… —la voz se cortó unos segundos— después. Estoy ansio-oso por verte.

—Yo también —contestó con una sonrisa ligera—. Feliz año nuevo.

—Fe-… Feliz año

Conexión lenta.

—T-e quiero.

Lucas cortó la llamada sintiendo un hueco en el pecho. Quería seguir hablando el resto de la noche. Sin embargo, pensar en los pocos días que quedaban para verse le devolvía el ánimo.

Los contaría uno por uno, igual que quien espera descubrir la siguiente sorpresa de un calendario de adviento.

*

Como todo ciclo, volvieron las frías noches de enero, anunciando consigo la llegada de un nuevo semestre. La central de autobuses parecía al borde del colapso sumergida en ruido y movimiento. Por todos lados se arrastraban maletas de distintos tamaños, algunas tan grandes que cuyos propietarios apenas eran capaces de cargar.

Durante ese primer fin de semana, todo era un caos: empujones, sudor y gente apretada intentando subir al camión rumbo al centro. En ocasiones anteriores, aquella situación fatigaba a Lucas al extremo, pero ahora tanto sus ojos como sus pensamientos se centraban en un solo objetivo al momento de descender de la unidad: Ulises.




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