Igual que el descenso de una estrella fugaz, transcurrieron los primeros meses del semestre. Y con ello, regresaron las vacaciones de Semana Santa y el Día de Flores.
Aprovechando las celebraciones, Lucas y Ulises decidieron tener una cita en la feria instalada en una de las presas más famosas de la ciudad, ubicada casi a las afueras del centro histórico.
Tomados de la mano caminaban entre los puestos observando los premios disponibles y aspirando profundamente el aroma de la comida.
—¿Qué te gustaría hacer primero? —preguntó Ulises mientras paseaban por los jardines aledaños a las cortinas de la presa.
—No estoy seguro, hay tantas cosas por hacer… —comentó Lucas pensativo.
—Bueno, podemos comer algo mientras pensamos. Yo te invito.
—¡No, yo lo hago! —sentenció Lucas, firme—. Tú invitaste la última vez, déjame hacerlo… —Añadió en un tono más suave.
Ulises sonrió ante aquella petición hecha con actitudes completamente diferentes.
—Va.
Momentos después, estaban sentados en una banca. Ulises sostenía una bolsa de gorditas de nata con chocolate y Lucas un vaso grande de fresas con crema, juntaron todos los ingredientes en un gran plato de unicel.
Durante unos segundos permanecieron en silencio compartiendo el platillo improvisado. A su alrededor sonaban juegos mecánicos, gritos de niños, música de banda y vendedores anunciando promociones a todo pulmón.
—¿Sabías que se llama “Presa del Cazo” porque antes aquí era un rancho llamado “El Cazo Grande”? —soltó Lucas de pronto.
La sonrisa de Ulises incrementó.
—No, no tenía idea… Oye, ¿sabes por qué hay un faro ahí? Siempre me ha parecido raro. Digo, aquí es puro cerro.
Lucas volteó a verlo con los ojos bien abiertos y brillantes.
—¡Precisamente! Hay muchas versiones de su origen, pero todas tienen sentido. Una dice que fue construido para orientar a las tripulaciones aéreas entre las rocas; otra que era para orientar a los arrieros en sus recorridos por la sierra, y otra menciona a un marinero que…
Poco a poco Lucas se quedó callado, dejando la historia inconclusa. Su interés se dirigió a un punto entre la vendimia. Extrañado, Ulises miró en la misma dirección.
Un puesto de coronas de flores artificiales era lo que llamaba su atención. Ulises volvió a mirar a Lucas, tenía ese destello de fascinación brillando en toda la cara. Lo entendió de inmediato.
—¿Quieres una? —preguntó en un ligero tono galante.
La voz de su novio lo sacó de su abstracción. Dio un pequeño brinco en la banca, tenía las mejillas sonrojadas.
—¡No-o! Bueno, sí, pero… —se encogió de hombros—. Sería lindo si ambos usamos unas a juego… ¡Aunque no tienes que hacerlo si te parece ridículo!
Ulises parpadeó desconcertado.
—Lu, ¿por qué sería ridículo?
Por un instante, Lucas se quedó completamente quieto como si se hubiera descubierto algún secreto universal. Desvió la mirada un momento, apenado.
—Lo siento… Es solo que alguien me dijo eso alguna vez.
Respirando profundo, Ulises le tomó la mano dando caricias suaves.
—Pues estaba muy equivocado. Anda, vamos —dijo sonriendo.
Durante el resto de la tarde caminaron con coronas de flores azules y lilas adornando sus cabellos.
*
Cerca del anochecer, se acercaron a la zona de juegos de azar.
Ulises dio todo de sí con el mazo para ganar una lámpara de gatita bailarina para su hermana menor. Por su parte, Lucas se volvió todo un experto en canicas para conseguir una figura de serpiente hecha de madera que seguramente su hermano adoraría
Adentrándose más entre las carpas, Lucas se detuvo abruptamente frente a un puesto de globos y dardos.
—¡Uli, mira! —indicó señalando un peluche—. Es la vaca que sale en los comerciales de leche, y está vestida de tractor. Qué linda.
Para ese punto de su relación, Ulises sabía cuánto le gustaban a Lucas las cosas tiernas y graciosas. Decidido, se arremangó la playera y se dirigió al vendedor.
Algunos intentos después, Lucas cargaba consigo el peluche.
—¿Cómo la llamarás? —preguntó mientras sostenía a Lucas por los hombros y caminaban de regreso al estacionamiento.
—Mmmh… —Lucas observó las estrellas, pensativo—. Paquita.
Ulises soltó una risa diminuta.
—Es un gran nombre.
Llegando a la entrada de la presa, cuando ya estaban dispuestos a marcharse, Ulises se percató de un puesto que no estaba ahí al llegar: una cabina de fotografías para colocar en llaveros.
—Lu, ¿Te gustaría una foto?
Lucas miró el puesto ilusionado.
—¡Sí!
Tras esperar unos minutos en la fila, finalmente llegó su turno. Dentro de la cabina se arreglaron un poco antes de iniciar la sesión. Estaban sentados tan cerca uno del otro que parecían golosinas unidas por azúcar derretida.