Con la mirada fija en las burbujas de jabón, Lucas lavaba los trastes de la cena sin prestar atención a los planes vacacionales que sus padres discutían en el comedor.
Su mente estaba enfrascada en el recuerdo de la conversación que había tenido con Ulises semanas atrás, poco antes de terminar el semestre, cuya conmoción aún agitaba sus sentidos como si hubiera ocurrido el día anterior.
Estaban recostados sobre la cama de su diminuto cuarto de estudiante foráneo, escuchando música. En aquel piso estudiantil, con ligeras tablas de madera como única división, era la mayor privacidad que podían permitirse.
No recordaba cómo había ocurrido exactamente, solo que de un momento a otro las risas disminuyeron junto al murmullo de sus voces. Y la expresión de Ulises se volvió más seria.
—Oye, Lu… —llamó con cierta vacilación.
—¿Sí?
Con sus rostros frente a frente, Ulises le acomodó un mechón de cabello.
—He estado pensando en algo.
—¿Qué cosa? —preguntó intrigado al notar su tono grave.
—Bueno… —tomó aire—. Ya casi llevamos 7 meses saliendo y quizás sea apresurado, pero… ¿Y si vivimos juntos?
En ese momento, Lucas sintió que su corazón se detuvo.
—Mi depa es un poco más grande —continuó Ulises aún inquieto— y solo seríamos nosotros, sin roomies desconocidos… Seguiremos compartiendo nuestras vidas, aunque a tiempo completo.
Las mejillas de Lucas ardían de un rojo intenso. La idea de vivir juntos provocaba en él una especie de energía que estremecía su cuerpo. Sin embargo, al mismo tiempo una nube de incertidumbre oscureció su mente.
—Yo… —consiguió balbucear.
—Tranquilo, piénsalo durante las vacaciones, ¿sí? —le dijo con una de sus características sonrisas.
—Okay…
Enseguida comenzaron a platicar de otras cosas a las que honestamente no prestó mucho interés. Desde ese momento, solo tenía cabeza para pensar en la propuesta: las ventajas y los cambios que podía representar en su relación.
La mayor parte del tiempo realizaba sus actividades de forma mecánica, tan distraído que llegó a provocar leves incidentes como dejar la llave del lavadero abierta hasta desbordarlo o usar sal en vez de azúcar para el agua fresca. Y durante las noches permanecía con los ojos bien abiertos mientras cientos de ideas daban vueltas por la cabeza.
En definitiva, el problema no eran sus sentimientos por Ulises, estaba profundamente enamorado, ni tampoco era la idea de vivir juntos. De hecho, ya pasaba noches en su departamento e incluso tenía varias de sus cosas ahí, algunas dejadas por descuido y otras de forma intencional con tal de tener una excusa para regresar. Lo que le angustiaba era lo que podía pasar después.
Conocía demasiadas parejas de adultos divorciados bajo la causa de «me cansó la rutina» y también había oído a muchos otros decir, aún estando juntos, «ya no lo soporto». Sus propios padres, tiempo antes del nacimiento de su hermano, tuvieron un grave problema por motivos similares. «¿Y si con el tiempo se cansa de mí?», era una pregunta que constantemente hacía eco en sus pensamientos.
La llamada «rutina» parecía ser el preámbulo de las rupturas más desastrosas. No obstante, si ambos realmente se querían y deseaban hacerlo funcionar, nunca permitirían que la rutina se convirtiera en un agujero negro que arrastrara al vacío el cariño que se tenían, ¿no?
Así transcurrieron las semanas con aquellas inquietudes instaladas en su interior como una molesta visita que negaba a irse.
*
Una noche, dos semanas antes del regreso a clases, en la casa de Lucas empezó a caer el silencio, siendo la televisión en el cuarto de sus padres el último rastro de ruido. Era el momento ideal para hacer una videollamada como Ulises.
Tras esperar unos segundos a que la llamada se conectara, el rostro de Ulises apareció cubierto de stickers y con un poco de maquillaje brilloso mal pintado. Al fondo se escuchaban voces infantiles cantando a todo pulmón. Lucas no pudo evitar reír.
—¿Tan intensa está la pijamada?
—Demasiado, si Ary ya parece un chihuahua hiperactivo, con mis primitas y un buen de dulces se aloca más —dijo encerrándose en su cuarto.
El ruido de fondo disminuyó un poco.
—¿Seguro que no te interrumpo? —preguntó Lucas bajando la voz.
—Para nada, al contrario, me salvaste.
—Okay… Es que debo hablar contigo… He estado pensando mucho en la propuesta.
Entendiendo al instante a qué se refería, Ulises se sentó en la orilla de su cama, atento. Sostenía el celular en alto, con las manos temblando ligeramente
—¿Sí? —podía sentir sus latidos retumbar en sus oídos.
Lucas lo miró fijo a través de la cámara. Tomó una profunda bocanada de aire que terminó en una sonrisa amplia.
—Sí quiero vivir juntos —declaró firme.
Ulises tampoco pudo evitar una sonrisa de oreja a oreja. El corazón parecía estar a punto de salirle del pecho.
—¡¿En serio?!
—¡Sí! Aunque tengo una pequeña petición… —Ulises volvió a concentrarse en lo que decía—. El cuarto extra, ¿está completamente vacío?
El joven músico parpadeó ante la pregunta.
—Ah, sí. Bueno, hay una cama y un par de cajas con cosas, pero no ocupan mucho espacio, ¿por?
Del otro lado, Lucas permaneció en silencio un momento, pensativo y respirando lentamente.
—Me gustaría tener mi propio cuarto… ¡No porque no quiera estar contigo! —se apresuró a aclarar—. Es solo que quizás sea bueno que tengas tu propio espacio, ya sabes, para tus proyectos musicales y así… Y, bueno, yo igual a veces necesito sumergirme en mi propio mundo… No te molesta, ¿verdad? —cuestionó inquieto.
Ulises exhaló aliviado. En ese momento habría dado cualquier cosa para poder abrazar a Lucas.
—Para nada, estrellita. Lo entiendo, sé lo mucho que aprecias tu cuartito.
Acostado en el sofá, Lucas se hizo bolita. En ocasiones, el cariño de Ulises lo sobrepasaba.