La gemela malvada

Prólogo

La lluvia golpeaba las ventanas de la vieja casa mientras Valeria desempacaba las últimas cajas.
Habían pasado diez años desde que abandonó aquel pueblo… diez años desde la muerte de su hermana gemela.
O eso decía todo el mundo.
La casa seguía igual: oscura, silenciosa y con ese olor a madera húmeda que le revolvía el estómago.
Su madre había muerto hacía una semana, dejándole la propiedad como única herencia.
—No deberías quedarte aquí sola —le advirtió la vecina antes de marcharse—. Algunas cosas… nunca se fueron.
Valeria fingió no escuchar.
Aquella noche encontró una caja escondida bajo las escaleras.
Dentro había fotografías antiguas.
En todas aparecía ella… y Elena.
Su hermana gemela.
Idénticas por fuera.
Completamente diferentes por dentro.
Valeria era tranquila y amable.
Elena disfrutaba haciendo sufrir a los demás.
De niñas, Elena encerraba animales en cajas para oírlos arañar desesperados.
Le susurraba cosas horribles a la gente solo para verlos llorar.
Y siempre culpaba a Valeria.
Nadie podía diferenciarlas.
Una vez, Elena empujó a un niño al río.
Cuando lo rescataron, señaló a Valeria.
Desde entonces, el pueblo comenzó a mirarla con miedo.
Pero lo peor ocurrió una noche de invierno.
Valeria despertó y encontró a Elena parada frente a su cama, cubierta de sangre.
—Mamá ya no volverá a gritarnos —susurró sonriendo.
En la cocina estaba su padre… muerto.
Elena quería huir.
Quería que fingieran ser una sola persona y escaparan juntas.
Valeria se negó.
Discutieron.
Gritaron.
Y Elena cayó por las escaleras del sótano.
Su cuello se rompió al instante.
O al menos… eso creyó Valeria.
Un golpe seco la sacó de sus recuerdos.
Toc.
Toc.
Toc.
Venía del piso de arriba.
El corazón le latió con fuerza.
La casa estaba vacía.
Subió lentamente las escaleras.
El sonido continuó.
Toc.
Toc.
Toc.
La puerta del antiguo cuarto de Elena estaba entreabierta.
Valeria sintió un frío horrible.
Empujó la puerta.
Vacío.
Pero en el espejo alguien había escrito con letras rojas:
“¿Me extrañaste?”
Valeria retrocedió aterrada.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
Su misma voz.
—Te tardaste mucho en volver.
Se giró lentamente.
Y allí estaba Elena.
Pálida.
Con el cuello torcido.
Sonriendo.
Exactamente igual a ella.




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