La lluvia caía sobre el parabrisas mientras Valeria conducía por la carretera vacía hacia San Jerónimo, el pueblo que había jurado no volver a pisar jamás.
Diez años.
Diez años evitando recuerdos.
Diez años intentando olvidar el rostro de su hermana.
Apretó el volante con fuerza cuando vio el viejo letrero oxidado:
“Bienvenidos a San Jerónimo”
Sintió un escalofrío inmediato.
Nada había cambiado.
Las mismas calles estrechas.
Las mismas casas antiguas.
La misma sensación de que alguien la observaba desde las ventanas.
El funeral de su madre había terminado hacía horas, pero Valeria no soportó quedarse en el cementerio escuchando murmullos.
Porque aún la miraban igual.
Como si fuera un monstruo.
Como si recordaran lo que pasó aquella noche.
La casa apareció al final de la colina.
Oscura.
Enorme.
Silenciosa.
Parecía abandonada… aunque todas las luces del segundo piso estaban encendidas.
Valeria frunció el ceño.
Estaba segura de haberlas apagado antes de irse al funeral.
Bajó del auto lentamente.
El viento helado movía los árboles secos alrededor de la propiedad.
Y entonces lo escuchó.
Una risa.
Suave.
Lejana.
Femenina.
Valeria quedó inmóvil.
No.
No podía ser.
Se obligó a caminar hasta la puerta principal y entró rápidamente.
La casa olía a humedad y polvo viejo.
Todo seguía exactamente igual desde su infancia:
El reloj detenido en las 3:17.
Las fotografías familiares torcidas.
Las marcas en la pared del pasillo…
Las marcas que Elena hacía con las uñas cuando se enojaba.
Valeria tragó saliva.
—Solo son recuerdos —susurró.
Subió las escaleras intentando ignorar la sensación de que alguien caminaba detrás de ella.
Cuando pasó frente al cuarto de Elena, se detuvo.
La puerta estaba abierta.
Eso era imposible.
Ella misma la había cerrado con llave hacía diez años.
El corazón comenzó a latirle con violencia.
Empujó la puerta lentamente.
El cuarto estaba intacto.
La cama perfectamente tendida.
Los juguetes alineados.
El espejo antiguo frente a la ventana.
Como si Elena fuera a regresar en cualquier momento.
Entonces vio algo sobre la almohada.
Una cinta roja.
Valeria palideció.
Era imposible confundirla.
Era la cinta que Elena llevaba puesta la noche que murió.
Temblando, la tomó entre los dedos.
Seguía húmeda.
Como si alguien acabara de dejarla allí.
De pronto…
El espejo se empañó solo.
Y unas palabras comenzaron a dibujarse lentamente sobre el vidrio:
“Te extrañé, hermana.”
Valeria retrocedió aterrada.
La puerta se cerró de golpe detrás de ella.
Y una voz idéntica a la suya susurró en la oscuridad:
—Yo nunca me fui.