Valeria no durmió esa noche.
Se quedó sentada en la cocina con todas las luces encendidas mientras el reloj avanzaba lentamente hacia el amanecer.
Intentó convencerse de que alguien había entrado a la casa.
Tal vez un vecino.
Tal vez una broma cruel.
Pero en el fondo sabía la verdad.
Nadie en el pueblo se atrevería a entrar allí.
No después de lo ocurrido.
A las cinco de la mañana subió nuevamente al cuarto de Elena.
La puerta estaba abierta otra vez.
El mensaje del espejo había desaparecido.
Y la cinta roja ya no estaba.
Valeria sintió un vacío helado en el estómago.
—Estoy imaginando cosas…
Pero incluso mientras lo decía, recordó algo que llevaba años enterrando.
Cuando eran niñas, Elena siempre lograba hacerle creer a todos que Valeria era la mala.
Siempre.
Porque eran idénticas.
Mismo cabello oscuro.
Mismos ojos grises.
Misma voz.
Pero Elena tenía algo distinto.
Algo… roto.
A los ocho años encontraron muerto al perro del vecino detrás de la escuela.
Elena lloró frente a todos y señaló a Valeria.
Nadie dudó de ella.
Valeria pasó semanas castigada.
Después ocurrió lo del río.
Un niño llamado Tomás apareció casi ahogado.
Antes de desmayarse dijo:
—Fue una de las gemelas…
Y Elena volvió a culparla.
Desde entonces, el pueblo empezó a mirarla con miedo.
Pero la peor parte era que Elena disfrutaba verlo.
Le encantaba destruir vidas lentamente.
Y siempre sonreía después.
Valeria subió al ático buscando distraerse.
Necesitaba encontrar los documentos de la casa para venderla cuanto antes.
Abrió cajas antiguas cubiertas de polvo.
Ropa vieja.
Juguetes.
Fotografías.
Hasta que encontró una pequeña libreta negra.
El diario de Elena.
Las manos le temblaron al abrirlo.
Las primeras páginas estaban llenas de dibujos extraños.
Caras deformes.
Sombras.
Ojos.
Y luego encontró una frase escrita cientos de veces:
“Ella quiere quitarme mi lugar.”
Las páginas siguientes empeoraban.
“Papá prefiere a Valeria.”
“Mamá piensa que soy rara.”
“Pero pronto entenderán.”
“Pronto todos verán quién debe quedarse.”
Valeria cerró el diario de golpe.
Un ruido sonó detrás de ella.
Pasos.
Lentos.
Crujiendo sobre la madera del ático.
No estaba sola.
—¿Hola? —preguntó con voz temblorosa.
Silencio.
Luego…
Una respiración.
Justo detrás de su cuello.
Valeria se giró bruscamente.
No había nadie.
Pero en la pared, escrito con algo oscuro, apareció un nuevo mensaje:
“¿Por qué me dejaste morir?”