La gemela malvada

Capitulo 4

—Eso no tiene sentido… —susurró Valeria.
Sus piernas apenas podían sostenerla.
Gabriel arrancó la fotografía de la pared y la observó con el rostro tenso.
—¿Quién hizo esto?
Valeria negó lentamente con la cabeza.
Pero en el fondo ya conocía la respuesta.
Elena.
Solo Elena escribía así.
Con letras grandes.
Violentas.
Como si quisiera arrancar el papel.
Gabriel recorrió la habitación con la linterna.
—Tu madre sabía algo.
Había diarios abiertos sobre la cama.
Cartas rotas.
Recortes de periódicos sobre las desapariciones del pueblo.
Y en todas las páginas aparecía el mismo nombre repetido una y otra vez:
Valeria Navarro.
—Mi madre pensaba que yo era la culpable… —murmuró ella.
Gabriel abrió uno de los cajones del armario.
Dentro encontró una grabadora antigua.
—Tal vez esto explique algo.
Presionó el botón de reproducción.
Al principio solo se escuchó estática.
Luego…
La voz de la madre de Valeria.
Temblorosa.
Asustada.
“Si alguien encuentra esto… significa que ya es tarde.”
Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
“Cometí un error terrible aquella noche.”
Gabriel y Valeria se miraron en silencio.
La grabación continuó:
“Las niñas discutieron en el sótano… escuché los gritos… luego el golpe.”
“Cuando bajé, una de ellas estaba muerta.”
Valeria comenzó a respirar agitadamente.
No quería escuchar el resto.
Pero no podía detenerse.
“La otra estaba cubierta de sangre… llorando… diciendo que había sido un accidente.”
La voz de su madre se quebró.
“Pero no supe cuál de las dos sobrevivió.”
El mundo pareció detenerse.
Valeria sintió náuseas.
Gabriel apagó lentamente la grabadora.
Ninguno habló durante varios segundos.
Finalmente él susurró:
—¿Y si… tú no eres Valeria?
Ella retrocedió horrorizada.
—No.
—Las gemelas eran idénticas.
—¡NO!
Pero los recuerdos comenzaron a romperse dentro de su cabeza.
Fragmentos.
Sombras.
Gritos.
Una mano empujando.
Una caída.
Sangre.
Y una voz…
La voz de Elena susurrando:
—Podemos cambiar lugares. Nadie lo notará.
Valeria cayó de rodillas.
No podía respirar.
Porque de pronto recordó algo imposible.
La noche de la muerte…
Ella llevaba puesta la cinta roja.
La cinta de Elena.
Un golpe violentísimo sacudió la casa.
Las ventanas explotaron.
Gabriel tomó a Valeria del brazo.
—Tenemos que salir de aquí.
Entonces las luces volvieron.
Y una figura apareció parada al final del pasillo.
Cabello mojado.
Vestido blanco manchado de tierra.
El cuello roto.
Sonriendo lentamente.
Gabriel palideció.
Porque él también podía verla.
—Dios mío… —susurró.
La figura inclinó la cabeza.
Y habló con una voz suave y monstruosa:
—Te dije que la equivocada murió.




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