La lluvia caía suavemente sobre San Jerónimo.
Valeria observaba el pueblo desde la ventana de una pequeña cafetería.
Había pasado un año.
Un año desde la noche en que la casa se derrumbó.
Un año desde que Elena desapareció.
Las cosas habían cambiado.
Las desapariciones cesaron.
Las pesadillas del pueblo terminaron.
Y poco a poco, la gente comenzó a sanar.
Pero para Valeria no era tan sencillo.
Algunas heridas no desaparecen.
Solo aprendes a vivir con ellas.
Frente a ella descansaba una caja de madera.
Dentro guardaba las pocas cosas que sobrevivieron al incendio:
Una fotografía de las gemelas cuando tenían ocho años.
Un collar de su madre.
Y una cinta roja.
La cinta de Elena.
Valeria la tomó entre sus dedos.
Todavía no entendía cómo había aparecido entre los escombros.
Nadie la había encontrado allí.
Simplemente estaba en su habitación la mañana siguiente.
Como si alguien la hubiera dejado.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Te sigo extrañando.
El viento golpeó suavemente la ventana.
Y por un instante, sintió aquel perfume que Elena usaba cuando eran adolescentes.
El mismo.
Exactamente el mismo.
Valeria se quedó inmóvil.
Pero cuando volvió a mirar alrededor, no había nadie.
Aquella noche regresó a casa.
La lluvia se había convertido en tormenta.
Algo que antes la habría aterrorizado.
Pero ya no.
Porque recordaba la última conversación con su hermana.
"Ya no tengo miedo de las tormentas."
Antes de dormir, colocó la fotografía de ambas sobre la mesa de noche.
Y apagó la luz.
La habitación quedó en silencio.
Entonces ocurrió algo extraño.
Muy extraño.
La fotografía cayó sola al suelo.
Valeria se levantó para recogerla.
Y se quedó paralizada.
En la imagen, las dos niñas seguían sonriendo.
Pero ahora había algo diferente.
Algo imposible.
Elena parecía estar mirando directamente hacia afuera de la fotografía.
Hacia ella.
Y debajo de la imagen, escrito con una letra que Valeria conocía demasiado bien, aparecieron unas palabras que nunca habían estado allí:
"Las promesas entre hermanas nunca terminan."
La luz parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Y una risa suave resonó en la habitación.
No era una risa cruel.
No era una risa monstruosa.
Era la risa de una niña feliz.
La risa de Elena.
Valeria cerró los ojos.
Y por primera vez en muchos años...
Sonrió.
Porque algunas personas se van.
Pero el amor que dejan detrás nunca desaparece.