La mañana en que los Ashbury recibieron las primeras condolencias, Eleanor descubrió que su abuela había muerto por segunda vez.
La primera había ocurrido un jueves, a las cuatro y diecisiete de la madrugada, en una habitación del segundo piso, bajo la vigilancia de una enfermera que llevaba dieciocho meses atendiendo a Evelyn Ashbury y que, sin embargo, no había conseguido acostumbrarse a que la anciana la llamara por el apellido de una mujer fallecida hacía más de cuarenta años.
La segunda muerte tuvo lugar nueve días después, cuando Eleanor encontró una fotografía de su abuela en la portada de un periódico.
Debajo del retrato, un periodista había escrito que Evelyn Ashbury dejaba tras de sí una fortuna considerable, una familia respetable y un legado de generosidad que difícilmente sería olvidado.
Eleanor leyó aquellas palabras mientras desayunaba.
No encontró ninguna falsedad evidente en ellas. Su abuela había sido rica, respetada y generosa. Había contribuido a la construcción de dos bibliotecas, financiado programas educativos y presidido durante veintisiete años una institución benéfica que llevaba su apellido. También había despedido a una cocinera por servir una cena fría, negado ayuda económica a una prima enferma y pasado los últimos ocho años de su vida sin dirigirle la palabra a su único hermano.
Nada de aquello aparecía en el periódico.
Eleanor consideró que era razonable.
No todos los acontecimientos de una vida merecían formar parte de su obituario.
Dobló el ejemplar por la mitad y lo dejó a un lado del plato. El café se había enfriado. Frente a ella, un pequeño recipiente de porcelana contenía tres fresas cortadas en mitades iguales, una disposición que le resultó innecesariamente cuidadosa para una mañana en la que nadie parecía dispuesto a comer.
La casa de Kensington llevaba nueve días funcionando con la diligencia de un establecimiento que esperaba una inspección.
Las flores se reemplazaban antes de marchitarse. Las alfombras habían sido limpiadas dos veces. La vajilla reservada para las grandes ocasiones descansaba sobre una mesa del comedor, protegida por paños blancos, y los empleados caminaban con aquella prudencia que adoptaban las personas cuando ignoraban si debían comportarse como si la vida continuara o como si la muerte de una anciana exigiera una suspensión indefinida de las costumbres.
Eleanor prefería lo primero.
—¿Ha desayunado su madre, señorita Ashbury?
La pregunta procedía de la puerta.
Mrs. Bennett, encargada de la casa desde hacía diecisiete años, permanecía junto al umbral con una libreta entre las manos. Tenía cincuenta y nueve años, el cabello recogido en un moño que jamás parecía aflojarse y la costumbre de formular preguntas cuya respuesta ya conocía.
—No —contestó Eleanor—. Ha pedido té.
—También ayer pidió té.
—Ayer no teníamos ciento dieciséis personas confirmadas para esta tarde.
Mrs. Bennett miró su libreta.
—Ciento dieciocho.
Eleanor alzó los ojos.
—¿Quiénes son los otros dos?
—Lord y Lady Pembroke.
—Lady Pembroke confirmó que se encontraba en Bath.
—Al parecer ha regresado.
—Qué oportuno.
Mrs. Bennett no sonrió, aunque Eleanor advirtió una leve alteración en la comisura de sus labios.
—¿Desea que preparemos otros dos lugares?
—Por supuesto. No podemos reprocharle a una mujer que haya decidido viajar para expresar sus condolencias.
—Naturalmente.
—Pero no la siente junto a mi madre.
—¿Junto a quién, entonces?
Eleanor reflexionó unos segundos.
—Junto a la señora Harcourt. Llevan quince años evitando coincidir. Quizá el luto consiga reconciliarlas.
Mrs. Bennett escribió algo.
—¿Y si no ocurre?
—Al menos tendrán de qué hablar.
La encargada abandonó la habitación con la misma discreción con que había entrado.
Eleanor volvió al periódico.
En la segunda página aparecía una fotografía de su padre estrechando la mano de un ministro durante la inauguración de un centro educativo. A su lado estaba Evelyn, considerablemente más joven, con un abrigo azul oscuro y una expresión que Eleanor conocía demasiado bien: la serenidad satisfecha de quien acababa de conseguir algo que los demás todavía no sabían que había deseado.
Su abuela nunca había sido una mujer hermosa en el sentido que atribuían a esa palabra las revistas. Tenía los ojos pequeños, la nariz ligeramente desviada y una mandíbula que endurecía sus facciones incluso cuando sonreía. Sin embargo, poseía una cualidad que Eleanor había admirado desde niña.
Era imposible imaginarla pidiendo permiso.
La fotografía había sido tomada en 1998.
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Editado: 22.10.2026