La gente decente

Conservación

El olor de las flores había comenzado a pudrirse antes de que los últimos invitados abandonaran la residencia Ashbury.

No era un olor desagradable, todavía. Se mezclaba con el perfume de las mujeres, la cera de los muebles y la humedad que entraba por las ventanas cada vez que alguien abría la puerta principal. Sin embargo, Eleanor podía distinguirlo. Procedía de los tallos sumergidos en los jarrones de cristal, donde el agua había adquirido un tono ligeramente verdoso y algunas hojas comenzaban a desprenderse de sus ramas.

En el salón, las conversaciones continuaban con aquella lentitud que adquirían las despedidas cuando nadie deseaba parecer demasiado interesado en marcharse. Un hombre de cabello blanco hablaba junto a la chimenea con Richard. Dos mujeres discutían en voz baja sobre una exposición de pintura que tendría lugar la semana siguiente. Margaret permanecía sentada cerca del retrato de Evelyn, escuchando a una antigua conocida que le relataba, por tercera vez aquella tarde, lo mucho que había admirado a su suegra.

Eleanor observaba todo desde la entrada de la biblioteca.

Tenía entre los dedos la carta de 1994.

La había doblado siguiendo los pliegues originales, procurando no añadir otros nuevos. El papel, más grueso que el utilizado en la correspondencia moderna, ofrecía una resistencia particular al tacto. Una de sus esquinas estaba amarillenta y ligeramente curvada, como si hubiera permanecido muchos años expuesta a la luz.

Charlotte seguía junto al escritorio.

—No deberías doblarla tantas veces —dijo.

Eleanor miró el papel.

—Ya estaba doblada.

—Eso no significa que debamos seguir haciéndolo.

—No voy a romperla.

Charlotte extendió una mano.

—Dámela.

Su hermana tardó un instante en obedecer.

No había razón para negarse. La carta no le pertenecía y Charlotte había sido quien la recibió de Lucy. Aun así, Eleanor experimentó una resistencia tan inmediata que se sorprendió de sí misma.

Charlotte colocó el documento sobre la mesa, alisó los bordes con las yemas de los dedos y volvió a introducirlo en el sobre.

—Quiero hacer una copia.

—¿Para qué?

—Para conservarla.

—Podemos escanearla mañana en la oficina.

—Prefiero hacerlo hoy.

Eleanor observó el rostro de su hermana.

—¿Temes que desaparezca durante la noche?

Charlotte levantó los ojos.

—No.

—Entonces...

—Eleanor, no todas mis decisiones necesitan una explicación.

La frase quedó suspendida entre ellas.

Desde el salón llegó el sonido de una copa al ser colocada sobre una bandeja. Después se oyó la voz de Thomas, que parecía contar algo divertido a uno de los invitados. Su risa se elevó por encima de las demás y desapareció casi inmediatamente.

Eleanor apartó la mirada.

—Hay un escáner en el despacho de papá.

—Lo sé.

Charlotte tomó el sobre.

—¿Vienes?

—Tengo que despedir a los Harcourt.

—Entonces nos vemos abajo.

Su hermana se dirigió hacia la puerta.

Eleanor la siguió con los ojos.

—Charlotte.

La mujer se detuvo.

—¿Sí?

Eleanor había pensado preguntarle si recordaba algo de Julian, si sabía quién era Beatrice Whitmore o si había escuchado a su padre mencionar aquella operación inmobiliaria. También había considerado contarle la frase que recordaba de Evelyn.

Pero Charlotte sostenía el sobre contra el pecho y parecía esperar una pregunta sencilla.

—No dejes el original en la bandeja del escáner —dijo finalmente—. Papá suele olvidar allí sus documentos.

Charlotte sonrió apenas.

—Tendré cuidado.

Y salió.

Eleanor permaneció sola en la biblioteca.

Durante unos segundos observó el espacio que su hermana había ocupado junto al escritorio. Después se acercó a la ventana.

El jardín trasero estaba cubierto por una humedad oscura que hacía brillar las piedras del sendero. Los rosales, podados a finales del verano, conservaban algunas flores tardías, de pétalos pesados y bordes oscurecidos por el frío. Más allá se alzaba un muro de ladrillo cubierto de hiedra. Entre sus hojas había pequeñas gotas de agua que, al desprenderse, caían sobre las ramas inferiores y desaparecían.

Evelyn había detestado aquel jardín.

No por las flores ni por el tamaño, sino porque las casas vecinas podían verlo desde sus ventanas.

—Un jardín que otros pueden observar no es verdaderamente tuyo —había dicho una vez.




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