La gente decente

Culpables

La secretaria de Richard Ashbury tenía la costumbre de ofrecer café a las personas que salían de su despacho, nunca a las que entraban.

Eleanor había observado aquella particularidad durante años sin concederle demasiada importancia. Su padre recibía a empresarios, abogados, directores de instituciones y, ocasionalmente, a personas que llegaban con la intención de reclamar algo. Algunos permanecían veinte minutos; otros, más de dos horas. Todos salían con una expresión distinta de la que habían llevado al entrar, y a casi todos la secretaria les ofrecía una bebida antes de que abandonaran el edificio.

Aquella mañana, sin embargo, Eleanor comprendió que no se trataba de una cortesía.

Era una manera de conseguir que permanecieran unos minutos más en la sala de espera, donde podían recuperar la compostura antes de enfrentarse a los empleados.

La mujer levantó la mirada cuando Eleanor apareció al final del pasillo.

—Su padre la está esperando, señorita Ashbury.

—Gracias, Helen.

—¿Desea que le lleve algo?

Eleanor observó la bandeja de plata que descansaba junto a la cafetera.

—Agua, por favor.

Helen asintió.

Eleanor se acercó a la puerta del despacho y llamó dos veces.

—Adelante.

Richard estaba de pie frente a una de las ventanas.

El despacho ocupaba una esquina del edificio y recibía una luz grisácea que hacía parecer más fríos los muebles de madera oscura. Sobre una pared colgaban fotografías de las antiguas instalaciones textiles de la familia. En otra había un cuadro de Evelyn junto a varios trabajadores, tomado durante una visita a una fábrica en los años ochenta.

Eleanor recordaba haber visto aquella fotografía en su infancia.

Su abuela aparecía sonriente, con un abrigo claro y un pañuelo de seda alrededor del cuello. A su lado, una mujer de cabello corto sostenía unas tijeras industriales.

Evelyn había explicado una vez que aquella trabajadora llevaba treinta años en la empresa.

Eleanor nunca había preguntado su nombre.

Ahora lo lamentaba.

—Cierra la puerta —dijo Richard.

Eleanor obedeció.

Su padre permaneció mirando la calle.

Desde la ventana podían verse los automóviles avanzando lentamente sobre el pavimento húmedo. Una mujer cruzaba la acera sosteniendo un paraguas amarillo que el viento inclinaba hacia atrás.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Richard.

Eleanor dejó su bolso sobre una silla.

—Buenos días, papá.

Él se volvió.

—Eleanor.

—Hemos encontrado correspondencia de 1992.

—¿Qué clase de correspondencia?

—Cartas relacionadas con la adquisición de un inmueble perteneciente a los Whitmore.

Richard se acercó al escritorio.

—¿Y?

—También una nota de la abuela.

—¿Qué nota?

Eleanor lo observó.

—Una en la que menciona que Julian quería compensar a Beatrice.

Su padre permaneció inmóvil.

Después se sentó.

—¿Charlotte la ha leído?

—Sí.

Richard cerró los ojos durante un instante.

—Te pedí que no compartieras información sin consultar primero con Fletcher.

Eleanor sintió una irritación inmediata.

—La nota estaba en un archivo al que Charlotte tenía acceso.

—Eso no significa que debiera examinarla sin asesoramiento.

—¿Qué habría cambiado si la hubiera leído un abogado antes?

Richard abrió los ojos.

—El contexto.

Eleanor permaneció de pie.

—¿Y cuál es el contexto?

Su padre miró hacia la puerta.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Eleanor.

Ella retiró una silla y se sentó frente al escritorio.

Richard entrelazó las manos.

Durante unos segundos permaneció observándolas, como si buscara en sus propios dedos una manera adecuada de comenzar.

—Mi madre tomó decisiones difíciles durante muchos años —dijo finalmente—. Algunas fueron impopulares. Otras, necesarias. La empresa no habría sobrevivido sin ella.

Eleanor escuchó en silencio.

—Julian no compartía su manera de administrar los negocios. Era impulsivo, cambiaba de opinión constantemente y tenía una tendencia extraordinaria a arrepentirse de decisiones que él mismo había aprobado.




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