Olivia
Hay una calma extraña en el olor a tierra húmeda y tallos cortados. Durante doce horas al día, mi mundo se reducía a eso: la textura suave de los pétalos, el papel Kraft rasgándose sobre la mesa de trabajo y el aroma fresco de las flores que intentaba llenar cada rincón de mi pequeña tienda. Entre las cintas de satén y las tijeras de podar, yo era feliz a mi manera. O al menos, eso era lo que me había acostumbrado a repetir en voz alta frente al espejo todas las mañanas.
Trabajar hasta el agotamiento era mi mejor anestesia. Si mantenía las manos ocupadas armando arreglos y los pies cansados de correr de un lado a otro en el centro comercial, mi mente no tenía tiempo para hacerse preguntas difíciles. Preguntas como: ¿cuándo fue la última vez que alguien me miró con emoción? o ¿en qué momento me volví tan invisible para la persona con la que comparto mi vida?
Esa tarde, el cansancio me pesaba en los hombros más de lo normal. Miré el reloj de la pared; pasaban de las seis. Saqué el teléfono del bolsillo y vi la pantalla. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Mi pareja no preguntaba cómo me había ido ni si necesitaba ayuda con la carga de insumos. Sabía exactamente dónde encontrarlo: en su propio universo, ofreciéndome apenas las sobras de su tiempo cuando no tenía nada mejor que hacer.
Durante mucho tiempo pensé que eso era el amor. Un intercambio cansado de presencia a medias. Después de los errores que cometí en el pasado, una parte de mí se convenció de que no tenía derecho a exigir más. Me decía a mí misma que exigir poesía o prioridad era de ingenuas; que la vida real era esto: conformarse, no hacer ruido y aceptar las migajas antes de quedarse con las manos vacías. Era una cárcel cómoda. Yo misma me había puesto las esposas y tirado la llave.
—Se nos acabo el papel de empaque... —murmuro mi hermana, pasando la mano por la mesa vacía.
Suspiré, arreglé un poco mi cabello negro que caía mas abajo de mi cintura y me acomodé la ropa. Mi estilo siempre era el mismo: camisas oversize, monos o pantalones anchos que ocultaban por completo mi silueta. Me gustaba usar esa ropa holgada; era como llevar un escudo protector, una forma de envolverme y pasar desapercibida entre la gente, como si quisiera esconderme del mundo. Tenía que atravesar el pasillo principal del centro comercial para ir a la papelería grande de suministros. Un viaje rápido de cinco minutos para buscar más material antes de cerrar.
Al salir del local, el murmullo de la gente y las luces brillantes del centro comercial me recibieron. Caminé con la cabeza un poco baja, ajustando la camisa ancha sobre mi cuerpo delgado de 1.62 de estatura. Nadie volteaba a mirar a una chica que vestía para desaparecer.
Lo que yo no sabía, mientras avanzaba hacia la papelería sosteniendo mi libreta de notas, era que a pocos metros de distancia, parado con la espalda recta y las manos cruzadas al frente, alguien llevaba meses contando cada uno de mis pasos.
Ahí estaba él, como cada tarde. Un guardia de seguridad imponente, de más de un metro ochenta y cinco, vestido impecablemente de negro, con la corbata perfectamente ajustada y un aire de seriedad absoluta que hacía que la gente rodeara su espacio por respeto. Su fachada gritaba distancia: el corte de cabello moderno pero despeinado con cierto caos calculado, la pequeña raya en la ceja que le daba un aire peligroso de chico malo, y la firmeza con la que vigilaba el pasillo.
Para cualquiera que pasara a su lado, era solo el hombre de seguridad del lugar, frío e inalcanzable. Pero para él, la llegada de las seis de la tarde no significaba el cambio de turno... significaba el momento en que la chica de la ropa holgada y las manos llenas de flores salía de su tienda. Para él, debajo de esa camisa oversize que ella usaba para esconderse, no había alguien común; había la única mujer que quería mirar.
Pasé a su lado sin atreverme a mirarlo fijamente, sintiendo solo la sombra de su altura al cruzar la puerta de la papelería. No tenía idea de que, bajo la tela gruesa de su camisa manga larga negra, los tatuajes de flores de su brazo parecían cobrar vida, ni de que esos ojos café adictivos me habían seguido desde que salí de mi local hasta que crucé el umbral.
Entré a la papelería buscando un par de rollos de papel y unas cintas. Tenía prisa, pero el destino tenía preparado un pequeño error que cambiaría absolutamente todo.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 25.08.2026